Venezuela

En una galaxia muy, muy cercana…

Una cierta ambigüedad en política puede ser tolerada a condición de que se trate de un tema lateral y lejano al centro de la escena. Lo que ha ocurrido en Venezuela es todo lo contrario y, por lo mismo, sólo deja espacio para toma de posiciones rotundas.

Hasta ahora, cuando se hacía referencia a la calificación del régimen de Maduro como dictadura y la diferencias entre Boric y el PC eran marcadas, el Mandatario ha dicho: “la política internacional del país la dirige el Presidente de la República y eso todos los partidos lo entienden”. Ahora lo que importa no es sólo quien decide, sino la opinión política que se tenga al respecto.

No se trata de saber quién dirige las relaciones exteriores, sino si hay coherencia en las relaciones interiores del oficialismo porque un gobierno no puede apoyar y rechazar un mismo asunto de importancia.

Venezuela, para todos los efectos prácticos, ha dejado de ser un tema de política exterior para pasar a dividir aguas en política interna. Son muchos los aspectos y valoraciones en nuestra política cotidiana que han pasado a ser afectados.

De momento, todos los actores han marcado nítidamente su posición. El Presidente Boric ha hecho de la transparencia y la verificación de resultados la condición para reconocer el ganador; Paulina Vodanovic considera lo acontecido como un fraude y le parece grave que alguien defienda el régimen de Maduro; Vlado Mirosevic estima que el PC se debe comportar como parte del gobierno de Chile, no de Venezuela; Ricardo Lagos Weber confiesa que le incomoda estar en una coalición con quienes apoyan a Maduro.

Mientras, el diputado Boris Barrera (PC), quien estuvo en Venezuela, señala que no hay forma que el gobierno haya hecho un fraude electoral, que la oposición siempre hace en ese país esa acusación y que le preocupa que Gabriel Boric no reconozca el resultado cuando deberíamos afianzar las relaciones con el régimen de Maduro.

Lo que empieza con fraude, termina con represión

Para que un tema sea pasado por alto se requiere que los directamente involucrados consientan en dejarlo pasar, que nada los obligue a hacerse cargo de las consecuencias derivadas de sus diferencias. Eso ha dejado de ser posible, nadie quiere ni puede en las coaliciones de gobierno mirar para el techo.

Como el conflicto se cuela por varias rendijas al mismo tiempo y toca varias fibras sensibles en medio de un período electoral, no habrá forma de detener el conflicto en la sala de espera del oficialismo. Saldrá a la calle y con fuerza.

Los chilenos tenemos alguna experiencia al respecto y muchos recordarán las horas de angustiosa incertidumbre que antecedieron al reconocimiento del triunfo del NO en el plebiscito de 1988.

Por eso nadie nos tiene que explicar que una dictadura no tiene otro camino que la represión para afirmar un resultado cuestionado y cuestionable de una elección de primera importancia.

En realidad, sabíamos del callejón sin salida al que nos podía llevar una falta de reconocimiento del triunfo opositor en Chile. ¿Qué conclusión práctica hubiera sacado el PC en el caso que Pinochet no reconociera el triunfo?

Por muchos motivos esto no hace otra cosa que dar comienzo a un conflicto no regulado en que la comunidad internacional se mostrará activa y en la cual Chile tomará parte. Hay conciencia de que lo que se deje pasar en Venezuela no se detendrá en Venezuela.

La elección presidencial instaló a los acontecimientos de esa nación dentro de Chile. Nuestro país se hubiera adaptado rápidamente a cualquier desenlace democráticamente incuestionable. Un resultado como el que vimos no puede ser impuesto dentro de Venezuela sin represión y fuera de sus fronteras sin aislamiento. A lo primero la coalición de gobierno se pudo adaptar, a lo segundo será mucho más difícil.

Empezando a vivir en la cornisa

Si la pregunta es si este debate terminará con la salida del PC del gobierno, la respuesta inmediata es que no. No lo desea La Moneda ni las coaliciones que lo respaldan, tampoco el PC.

El entramado oficialista es bastante sólido, tanto en el gobierno como en la relación entre partidos. Sin ir más lejos, los pactos electorales recién alcanzados, incluso considerando lo parcial que terminaron siendo al existir competencias reguladas, dan cuenta de la dinámica de entendimientos que se ha logrado.

En apariencia, nada parecerá haberse alterado en lo inmediato, pero los efectos se empezarán a sentir a poco andar.

La relación entre partidos aliados quedó en una cornisa, propensa a la desestabilización si a esta diferencia se agregan otras que se siguen produciendo en diferentes áreas, porque ellas serán vividas a partir de ahora con mucha más intensidad que en cualquier otra circunstancia.

¿En que punto nos encontramos hoy? Allí donde lo dejó el senador Ricardo Lagos Weber (PPD): “Uno tiene que optar”, “yo no quiero estar en una coalición con alguien que cree que lo de Maduro está bien hecho”.

¿Estamos ante una ruptura? No, pero estamos ante el reconocimiento de una diferencia sobre lo que entendemos por democracia, dictadura y a quiénes queremos como aliados. Es el ánimo de estar juntos lo que se pondrá en cuestión, causado por una noticia en desarrollo que sólo puede evolucionar de mal a peor, y que seguirá produciendo repercusiones directas en nuestro país.

Lo que espera el Socialismo Democrático es que el PC reconsidere y se ajuste claramente a las posiciones del gobierno. No lo hará, nunca ha abandonado a un aliado y Maduro lo es. El partido presidido por Carmona aspira a liderar a la izquierda y cambiando de posición no lo va a conseguir.

Para muchos efectos políticos, la frontera norte de Chile está colindando con Venezuela y así será por largo tiempo. No sabemos qué pasará con nuestro “vecino”, pero sí sabemos que, al interior del oficialismo, el inicio de la bifurcación de caminos se habrá iniciado de no cambiar la posición de quien ha quedado aislado del resto.

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