Un trabajo de investigación que hice hace algunos años me llevó a leer prácticamente todos los mensajes presidenciales del siglo XIX. Uno de los aspectos que me llamó positivamente la atención de esas lecturas era el tono de los discursos, que partían agradeciendo a la Divina Providencia y a la oposición por todo lo positivo que había ocurrido en el país. Es cierto, era otra época, pero un elemento común en todos los casos de países exitosos es la existencia de amistad cívica entre gobierno y oposición. Un nivel mínimo de civismo, de búsqueda de acuerdos es, sin duda, una condición necesaria para el desarrollo, aspecto que en Chile se ha deteriorado en forma significativa, y que es indispensable rescatar.

Por esa razón, un primer aspecto destacable de la primera Cuenta Pública del Presidente Kast fue el tono. En un clima político que lleva más de una década marcado por la crispación, la descalificación y el encasillamiento ideológico, escuchar a un Presidente convocar a construir juntos —sin renunciar a sus convicciones, pero sin convertir al adversario en enemigo— es alentador. Kast apeló explícitamente a todas las fuerzas políticas representadas en el Congreso, las invitó a poner al país por delante en las grandes causas nacionales y recordó que «la crítica es legítima y el debate fortalece la democracia». Buscar ese clima de mayor amistad cívica es también un paso para recuperar la senda de desarrollo extraviada.

Lo segundo que merece destacarse es la prioridad otorgada a la seguridad pública y, en particular, la condena explícita a las incivilidades. El discurso no se limitó al crimen organizado, al narcotráfico o a los atentados a carabineros. Mencionó los rayados, la destrucción de equipamiento comunitario, el consumo de drogas en la vía pública, todas conductas que deterioran la convivencia y la cohesión social. Hemos construido durante décadas una cultura exacerbada de los derechos, olvidando que los derechos no existen sin los deberes que los sostienen. El patrimonio público destruido, los monumentos vandalizados, el transporte paralizado por grupos que actúan en la impunidad, tiene un costo muy elevado, medido en confianza erosionada y en espacios comunes vandalizados. La cultura de los deberes es finalmente una condición de la convivencia democrática.

En tercer lugar, es destacable el objetivo de una reforma gradual del Estado. El Presidente anunció una Comisión de Expertos para proponer una nueva arquitectura institucional, la fusión de ministerios, la modernización del Sistema de Alta Dirección Pública y medidas concretas de contención del gasto. Todo ello enmarcado en un reconocimiento explícito de la gravedad fiscal heredada: un déficit estructural de 3,7% del PIB, más del doble de lo comprometido. Este enfoque gradual es en la práctica el único camino posible para ir transitando desde un Estado que es actualmente la principal traba del proceso de desarrollo a un Estado impulsor del mismo.

Cuarto, y quizás lo más diferenciador del discurso en el contexto de la política chilena reciente, es haber puesto a la familia al centro, como el fundamento que guía su gobierno, señalando que «es en la familia donde se cultivan el respeto, la justicia, la empatía y la generosidad». La preocupación parte del diagnóstico, certero a mi juicio, de que el debilitamiento familiar está en la raíz de muchos de nuestros problemas. La creación de la Secretaría del Plan Chile Renace, la discusión del proyecto de sala cuna, el Plan Crecer en Familia para desinstitucionalizar a los niños más pequeños, son todas políticas que apuntan al rol del Estado en fortalecer a la familia, sin reemplazarla.

Por último, si tuviera que señalar un déficit, casi no se mencionó en la Cuenta uno de los principales desafíos país: el envejecimiento de la población. Chile tiene hoy menos de un hijo por mujer en edad fértil, y esa cifra tiene consecuencias fiscales y de política pública. El financiamiento de las pensiones, la presión sobre el sistema de salud, el cuidado de los adultos mayores, la sostenibilidad del gasto social en el largo plazo depende de cómo Chile enfrente su transición demográfica. Es correcto decir que se trata de una «crisis silenciosa», pero que exigirá respuestas concretas, que aún están pendientes.

En resumen: una Cuenta Pública que señaló claramente las prioridades, en un tono que el país necesitaba hace rato, reconociendo con honestidad la magnitud de los problemas heredados. El desafío, como siempre, estará en la ejecución.

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