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Quedarse con el voto prestado

La crítica de improvisación que ha recibido el gobierno que Kast está conformando yerra en lo principal. Desde luego, un equipo en rodaje comete errores mientras logra su afianzamiento. Eso no tiene nada de particular. La novedad es otra.

Lo que debiera llamar la atención y va a producir las más fuertes reacciones es el distanciamiento de los partidos, el decidido propósito de disminuir su influencia colectiva y su negativa a conformar coalición.

Claudio Alvarado dijo que la nueva administración quiere ser juzgada por sus acciones, saldrá a enfrentar problemas, nada parecido a un gobierno de rutina: “No es un gabinete para administrar la normalidad, el equilibrio político no es el eje principal, hoy lo que prima es la capacidad de acción, de decisión y de ejecución”.

La normalidad efectiva, lo contrario de estar en emergencia, es un objetivo que alcanzar que no se consigue haciendo más de lo mismo.

Las primeras señales dadas por Alvarado muestran que la propuesta de enfrentar la muy mencionada emergencia está quedando en el trasfondo. El primer plano es ocupado por la recuperación de la vida tranquila, con un gobierno firme y responsable que priorice el orden, enfrente la violencia, respete y haga respetar la Constitución. Es para esto para lo que se pide colaboración a todos los sectores.

Es sorprendente que las fórmulas habituales de comportamiento de la derecha tradicional no se consideren garantía suficiente de resolución de problemas y que, el equilibrio político no se encuentre en el primero ni en el segundo plano de las preocupaciones. Se quiere conseguir resultados mejores de los que se han tenido en las dos oportunidades anteriores en las que se ha estado en el poder.

El tono no es retórico ni apela a ninguna teoría de cambio profundo y, sin embargo es en su estilo un enunciado radical dicho con palabras exentas de agresividad, pero que no dejan de ser claras.

En contraste con el gobierno que termina, hay una aguda percepción de la importancia que tienen los primeros meses de gobierno, que es cuando más se quiere hacer la diferencia y destacar. Sin duda, el anuncio más importante que se ha hecho es que, en fecha cercana, cada ministro recibirá la parte del plan “90 días”, incluyendo iniciativas legales, medidas administrativas y de gestión ordenadas en las áreas de seguridad, economía y social con las que serán evaluados.

La diferencia de votantes que apoyan a una opción presidencial en segunda vuelta en comparación con la que se obtuvo en la primera ocasión es siempre un voto prestado que se esfuma rápido ante las primeras desilusiones. El intento es quedarse con el votante obligado que tuvo que optar entre dos opciones y volverlo un fiel adherente. Se quiere enfrentar a la oposición como mayoría consolidada.

A la memoria de Chile Vamos, que en paz descanse

La constitución del gabinete fue frustrante para la centroderecha. En su defensa, los representantes del nuevo gobierno observan que, si bien la presencia de militantes de los partidos tiene un espacio más reducido de lo que podían esperar, no menos cierto es que esta circunstancia afecta a republicanos en igual medida que a los demás. No debiera considerarse una muestra de favoritismo. Pero esa no es la manera más adecuada de calibrar lo sucedido.

Republicanos es un partido único, con una estrategia de crecimiento y de influencia que coincide y se ve favorecida con las decisiones que se están tomando.

El espacio que podrían ocupar sus militantes lo han llenado independientes, y están siguiendo los mismos lineamientos que los interpretan, sin necesidad de responder a críticas por la hegemonía que han establecido, pero que no se nota.

Al revés, Chile Vamos tiene pocos representantes en el gobierno, actúan con autonomía de sus partidos y para nada en representación de una alianza.

La derecha llegó al poder desplazando de esa posición a la centroizquierda, pero la repartición de ese poder está siendo muy desigual.

La idea de que la derecha tradicional acepte esta situación subordinada y las decisiones que se están tomando para hacerla permanente, no resulta creíble, pero de momento nada pueden hacer. Usando el modo de expresarse de Rodrigo Galilea, la participación de su partido en el gobierno es de “baja intensidad política”.

Esta evolución tan drástica de cambio de la hegemonía va acompañada de las mejores relaciones formales, no hay un trato provocador que la acompañe. En eso se recuerda el comportamiento de republicanos en el Consejo Constitucional donde la impecable urbanidad en el trato de sus representantes se combinaba con la inflexibilidad en sus posiciones públicas.

Es un modo de proceder engañador porque combina un predominio de la gestión técnica, algo muy pragmático, junto al intento de consolidar un cambio permanente a favor de los recién llegados, que no tienen intenciones de irse pronto.

Poco político para tanto técnico

Republicanos se prepara para jugar sus cartas por completo. Hay una gran coherencia entre lo que dicen y lo que hacen. Eso tiene que ser reconocido pese a los problemas que puedan causar.

Están en mejores condiciones que los últimos gobiernos como para desplegar un programa a su gusto. Las recetas que aplicarán no tienen la pretensión de ser originales, más bien quieren ser efectivas. No tienen mayoría en ambas cámaras, pero están tan cerca de alcanzarla que es como si la tuvieran.

La oposición tardará un tiempo en rearmarse, pero, según confesión propia, las diferencias no le permitirán siempre actuar unida. Kast tiene el terreno despejado.

Lo que siga depende de las bondades que tenga el proyecto que se le ofrece al país, que es bastante más de lo que se haga en materia de seguridad y migración.

También dependerá de la capacidad de conducción que le entregue Kast y su primera línea, ya no únicamente a su sector, sino al conjunto de un sistema democrático abierto acostumbrado al diálogo y a la negociación.

Si el molde que se le quiere aplicar a Chile se ajusta a la realidad de un país diverso, tolerante y pluralista, no habrá problema, pero si es demasiado estrecho el traje que se le quiere imponer, la incomodidad de la mayoría se hará evidente al poco andar.

Un cambio profundo será intentado por un reducido equipo político, junto a una amplia compañía tecnocrática que aterriza recién en el Estado. Los ingredientes parecen muy descompensados para la tarea. Se verá.

Lo irónico del asunto es que un intento de restaurar un orden conservador adaptado a los nuevos tiempos puede hacer que se despierte en su contra la valoración de la tradición democrática y de un pluralismo dialogante del que gozábamos sin creer que fuera necesario cuidarlo.

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