AGENCIAUNO

La pequeña historia ya está clara. Luego de una decena de días en que su gobierno fue zarandeado, el Presidente Gabriel Boric recordó que, en algún momento de la conversación telefónica que había sostenido con José Antonio Kast para convenir el temario de la reunión que habrían de sostener el martes 3 de marzo, entre otros temas había mencionado un cable submarino que podría vincular a Chile con China. Es posible que la mención se haya debido a las advertencias efectuadas por el gobierno de Estados Unidos por intermedio de su embajada en Santiago o porque quiso rellenar el temario de la reunión con otros asuntos, pero la mención existió y eso fue lo que finalmente pudo recordar el Presidente durante su largo viaje a la Isla Juan Fernández.

El “cable chino” había sido su principal preocupación durante los días precedentes. Días en que, cotidianamente, ministros, subsecretarios, voceros oficiosos y todo aquel a quien se le aproximara un micrófono, habían estado ofreciendo versiones contradictorias y algunas francamente risibles de aquel episodio (usted debe estar recordando el “error de tipeo”). Período, también, durante el cual él había guardado un hermético silencio, como si la cosa no le concerniera. Pero, quizás en medio del ancho mar o ya en la tierra firme de la isla, finalmente recordó aquella mención y, como tenía al alcance a una periodista destacada, se hizo entrevistar para desmentir a sus ministros, subsecretarios y voceros al decir que él había estado detrás de todo, que todas las decisiones habían sido suyas y, lo más importante, que él había “informado” de todo al Presidente electo.

Con ello acusó implícitamente a éste de mentiroso y con él a todos sus futuros ministros que habían declarado desconocer los detalles del episodio más allá de lo que había mostrado la prensa.

La entrevista insular fue trasmitida al público en la víspera de la reunión que ambos presidentes habían acordado una decena de días antes. Entrevista que, probablemente, el Presidente Boric esperaba terminar con una foto de ambos estrechándose cordialmente la mano frente a las cámaras, mientras uno de los dos quedaba como mentiroso o a lo menos como “distraído” ante la opinión pública. Pero no ocurrió así. Lo primero que hizo el Presidente electo al llegar a esa reunión aquella mañana fue pedirle que aclarara públicamente sus dichos: que no había existido tal “informe”, solamente una mención como tema de una futura reunión y que ninguno de sus futuros ministros había sido informado en las reuniones supuestamente informativas que habían tenido con los ministros en funciones. El Presidente Boric no aceptó hacer esa aclaración -que, puesto que era una aclaración no lo dejaba a él como mentiroso- y a José Antonio Kast no le quedó más que suspender el diálogo entre ambos, así como cancelar las reuniones bilaterales de sus futuros ministros con los ministros en funciones y reemplazarlas por auditorías que ellos mismos harán a cada ministerio.

O sea, el resultado de la pequeña historia fue el peor de todos los imaginables y sus consecuencias deben ser analizadas y tratadas con el máximo de inteligencia y prudencia para que no lleven a enrarecer aún más el ya enrarecido panorama político nacional. Porque, si desde La Moneda se deslizó la idea de que el Presidente electo no dijo la verdad o, si después de la explicación de éste queda la impresión de que el Presidente saliente distorsionó los hechos, el resultado es el mismo: ante la opinión pública queda instalada la sospecha de que uno de los dos miente.

Y eso tiene un costo político e institucional demasiado alto.

En cualquier democracia madura, pero en Chile en particular, la transición entre un gobierno y otro es un rito cívico delicado. No es una simple transferencia administrativa: es la puesta en escena de la continuidad del Estado en el marco de una aceptación transversal de la voluntad popular. En ese momento, el país necesita ver que, más allá de las diferencias ideológicas, existe una comunidad básica de responsabilidad. Y la acusación implícita de mentira destruye esa escena. Introduce una cuña corrosiva en la confianza pública.

Es un precio excesivo por una polémica que debió ser menor… a menos que lo buscaba Gabriel Boric al crear la situación desde una isla en medio del Océano Pacífico fuese algo más que salvar su cara y la de su gobierno ante el nuevo embrollo con el que parecía que iba a terminar su mandato. Y si no fue una fría maquinación, habrá que admitir que lo que cayó en su regazo fue un regalo de la diosa fortuna porque lo que puede terminar por ocurrir es que acabe ese mandato erigiéndose postreramente como el líder que hasta ahora no ha sabido ser.

Y es que, en la última semana de su gobierno, Boric, que hasta hace sólo unos días se dedicaba a recorrer el país aparentemente sin tener nada que hacer y sin tener certezas acerca de su futuro, logró reunir en La Moneda a los presidentes del hasta ahora oficialismo en un “Comité Político ampliado” y convocar a un “cónclave” de ese oficialismo casi como la ceremonia de constitución de una futura oposición que hasta hace una semana parecía en proceso de dispersión. Cierto es que se trata de una noticia en desarrollo con un final incierto, porque no obstante el despliegue pirotécnico con el que fue anunciado originalmente, el cónclave resultó sólo a medias pues primero debió ser trasladado desde la sala de plenarios del ex Congreso Nacional al mucho más pequeño salón Montt-Varas de La Moneda, cambió de nombre pasando de Cónclave a sólo un “Comité Político super ampliado” y se restaron ostensiblemente de participar la Democracia Cristiana, el Partido Radical,  la Federación Regionalista Verde Social y Acción Humanista, que decidieron no ser parte de la postrera “operación Boric”.

Pero como quiera que haya sido, el Cónclave o Comité Político super ampliado demostró una capacidad de convocatoria y un espíritu de unidad que no existía  antes del viernes pasado y del que no es ajeno, sino probablemente detonante principal, el conflicto con el Presidente que llega. Una suerte de bautismo de fuego para una oposición que se intenta ejercer desde el minuto uno y que tendrá como articulador al héroe del enfrentamiento directo con el nuevo Presidente, al que valientemente le impuso el estigma de mentiroso.

Por cierto que no hay nada ilegítimo en la aspiración del todavía Presidente de buscar generar un nuevo liderazgo que lo favorezca; lo discutible y repudiable es el instrumento que escogió para ello. Porque si el precio de la cohesión de la futura oposición es instalar en la opinión pública la sospecha de que uno de los dos presidentes de la República -el saliente o el entrante- falta a la verdad, entonces la ganancia política obtenida será ruin ante el daño causado. Y Gabriel Boric habrá hecho pagar a Chile un costo demasiado alto por su liderazgo político.

Economista y escritor. Exsubsecretario de Economía y exembajador de Chile

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