Tras dos procesos constituyentes fracasados y medio período de un gobierno que no parece hacer más que observar, el panorama político actual no es demasiado alentador. La sensación de estancamiento político se instaló en Chile: por mucho que diversos actores sean capaces de identificar ciertos nudos críticos de nuestra vida social -en educación, pensiones, seguridad, etc.- no es posible acordar planes de acción para hacer frente a estas cuestiones. Hace tiempo que se diluyó la llamada “política de los acuerdos”, que no suprimía el conflicto -intrínseco a la vida política- pero lograba canalizar la tensión partidaria de un modo constructivo y capaz de responder con cierta eficacia a las demandas ciudadanas. La situación actual, en cambio, está marcada por la inoperancia y la dificultad para gobernar.

Los factores que configuran este nuevo escenario son varios. El primero y más evidente es un sistema político y electoral que favorece la fragmentación partidaria en el Congreso, donde hay pocos incentivos para alcanzar acuerdos, en lugar de seguir lógicas identitarias y alimentar cada uno las expectativas de su pequeño nicho de electores. El denostado sistema binominal tenía sus propios problemas, pero este esquema carente de toda articulación ha trabado tanto la deliberación al interior del Congreso como la relación de éste con el Ejecutivo. “Gobernar” se ha despojado de significado y parece haberse transformado en “contemplar”.

Una segunda cuestión que influye en la inmovilidad que vivimos es la actitud de no pocos parlamentarios y otras autoridades de despreciar abiertamente la idea misma de alcanzar acuerdos. Aunque Boric ha dado un vuelco importante en este aspecto, en el corazón del Frente Amplio está la política de la confrontación, el recurso al choque agonista, y esa ambivalencia irresoluble entre el Presidente y su mundo ha paralizado al oficialismo.

Por lo demás, la exacerbación del conflicto y el desprecio por los consensos no se encuentran solamente en la nueva izquierda. Hace pocas semanas, una diputada de derecha criticaba a un dirigente político de su sector porque “le gusta esta cosa como de negociar, de los grandes acuerdos, y ponerse de acuerdo con el gobierno”. El ex candidato presidencial de la derecha, por su parte, se ha referido recientemente de modo ofensivo al Presidente de la República desde el extranjero, sin calibrar las dinámicas que alimenta. ¿Qué política es posible impulsar desde estas lógicas?

En tercer lugar, un factor que parece contribuir a este escenario de estancamiento es el raquitismo doctrinal de los partidos. Su brutal distanciamiento respecto de la ciudadanía no parece independiente del hecho de que se hayan transformado en meras máquinas de poder y su identidad se haya prácticamente diluido. ¿Qué capacidad tendrían de sintonizar con los problemas e incertidumbres de los chilenos si han renunciado casi por completo a una visión del país, de lo que es y podría ser, y sólo buscan responder ansiosamente a preferencias cambiantes de cara a las siguientes elecciones? Si es cierto que los partidos son imprescindibles para el sistema democrático, también lo es que esta ausencia de sustancia difícilmente podría promover acuerdos que se hagan cargo de los auténticos dolores de Chile. Cuidar la democracia es también cuidar que no se vuelva estéril, vacía de todo significado.   

Es claro que esta trama compuesta por muchas hebras no se arreglará con el simple paso del tiempo, con la supresión mental de lo vivido los últimos cinco años, ni con un gobierno de otro signo político. Harían falta al menos cambios sustantivos a nivel de diseño institucional, de disposiciones cívicas de la clase política y de consistencia de los partidos. Las conversaciones actuales entre distintos sectores para reformar el sistema político y reducir la fragmentación pueden parecer un esfuerzo demasiado acotado -y de hecho lo es-, ¿pero no es mejor hacer algo que no hacer nada, empezar por algún lado, dar algún paso hacia adelante?

Hay quien ha visto en esta reforma el eventual legado de Boric. La actitud del Presidente ha sido ambivalente, pero quizás aún es tiempo de que el mutismo no sea el único legado de un gobierno que se habrá alejado radicalmente de lo que soñó.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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