Comprender la diferencia entre táctica y estrategia no es fácil. Benedetti la puede tener clara, pero para el resto de nosotros son conceptos que se asemejan, se confunden y muchas veces se contraponen. Una estrategia obedece a un objetivo de largo plazo, y las tácticas en cambio son acciones de corto plazo funcionales a la estrategia; sin embargo, a la hora de la ejecución, se nos olvida esta máxima, y a veces actuamos con tácticas perjudiciales para la estrategia.
Sobre todo en política.
Es lo que al parecer le ha sucedido a la UDI, con su torpe carta, divulgada el viernes pasado, que exigía la salida del ministro Jackson, como una forma de hacer presión por el caso “robo de computadores”. Es entendible que, para cualquier partido de oposición, el acusar la falta de mano dura de la administración Boric constituya una estrategia sensata, y por ello, podría ser atractivo promover una táctica agresiva. Pero en los hechos, esta táctica terminó siendo obtusa, ineficaz y contraproducente, ya que contenía varias piezas que habría convenido examinar dos o tres veces antes de mandar a la imprenta.
Para empezar, la misiva trata al ministro Jackson como “directamente responsable del robo”, cuando hasta hoy no hay certeza de aquello. Además, se imputa al ministro de haber orquestado él -personalmente- “un esquema de defraudación a través de fundaciones políticas” (de nuevo, es posible, pero aún no hay pruebas). Y aún más: la carta le da un plazo de 48 horas al Presidente Boric para sacarlo del gabinete. ¿Amenazando con qué? Con retirarse de la mesa de pensiones (política pública que, además, no depende de su cartera). Papelón, con todas sus letras.
La bravata cayó tan mal que hasta El Mercurio (no El Desconcierto ni el The Clinic, sino el diario de don Agustín) le dedicó una editorial el día domingo, señalando que “es inadmisible el paso que ha dado la UDI al condicionar el diálogo político con La Moneda a la salida de Jackson (…). La pretensión de un partido de establecer vetos sobre un miembro del gabinete y exigir su salida, amenazando con paralizar todo diálogo, no sólo es irresponsable, sino que erosiona la institucionalidad”.
Lo peor de todo, sin embargo, es haberle dado al ministro Jackson la oportunidad para redimirse y acusar persecución política en su contra. Hasta el minuto en que la carta se hizo pública, se estaba formando un clima de opinión que podía hacer inviable la permanencia del ministro -es cosa de ver los memes que se empezaron a viralizar- pero la táctica de la UDI, paradójicamente, terminó por fortalecer a Jackson dentro del gabinete.
En efecto, en apenas 72 horas, la UDI le entregó a Jackson todo lo que necesitaba: pudo victimizarse, conseguir apoyos, y lo más importante, armarse un relato. Es cosa de ver la performance del ministro en la Cámara de Diputados, hace un par de días. En vez de referirse al fondo del asunto, el líder de RD logró centrar el debate en el aprovechamiento de parte de la oposición, y lo nefasto de restarse de un debate clave como el de las pensiones.
¿Qué le pasó a la UDI? Creo que dos cosas: por un lado, pisaron el palito del mote de “derechita cobarde” que una y otra vez ha intentado poner Republicanos. Entonces, vieron en este caso una oportunidad para reivindicarse y mostrarse “más momios que el resto”. Pero se pasaron dos pueblos. De hecho, ni siquiera el partido de Kast los siguió.
Y por otro, creo que para cierta parte de la derecha, el driver sigue siendo “demostrar proactividad”, sin entender cómo maduran los procesos, lo que implica un tajante desprecio por la narrativa. Al promover la carta, los dirigentes de derecha demostraron nula comprensión sobre cómo se van estructurando los relatos. Y eso, a esta altura del partido, es bastante preocupante.
Son varias las lecciones que se pueden sacar de este caso. No sólo para la UDI, sino para toda la oposición. La primera es: calma y tiza. Si un caso tiene al oficialismo enredado y atravesado, con Fideles Espinoza actuando como si fueran oposición, es mejor tomar palco. La segunda: hay que comprender las velocidades de los escándalos. La comunicación política avanza más rápido que las acciones legales. Por eso, es mejor dejar estas últimas para después; apurarlas sólo logrará desconcentrar a la opinión pública. Y la tercera, a veces es bueno atacar, pero el ataque debe ser proporcional al vicio. De lo contrario, puede pasar -como ahora- que la táctica termine por pulverizar la estrategia.
