Una de las discusiones más importantes de este verano -en que se viven los últimos días de gobierno del Presidente Gabriel Boric- se manifiesta en la posibilidad de ayudar a Cuba en medio de la situación de pobreza agravada que enfrenta este 2026.
El tema no es nuevo, pero se ha recreado este año por algunas circunstancias específicas, que involucran tanto a Cuba como a Chile. La primera es la caída de Nicolás Maduro y la intervención norteamericana en Venezuela, que ha significado que el régimen cubano deje de recibir el apoyo de la Revolución Bolivariana, especialmente el petróleo. Esta nueva realidad ha provocado una crisis en la isla, donde la pobreza se ha agudizado, aunque es preciso entender que esta ha sido una situación tradicional en Cuba desde tiempos de la Revolución, considerando la incapacidad de generar un desarrollo adecuado y la necesidad de contar siempre con apoyo internacional, como una especie de subsidio indispensable para la subsistencia del proyecto.
Un segundo aspecto es la reciente visita del presidente del Partido Comunista de Chile, Lautaro Carmona, a La Habana, acompañado del dirigente Juan Andrés Lagos. Allá sostuvieron reuniones importantes, entre ellas una con el gobernante cubano, Miguel Díaz-Canel. El periódico comunista El Siglo informó al respecto: “Según afirmó Carmona, de la visita quedó, entre otras cosas, el objetivo de reforzar el vínculo y la coordinación entre los partidos comunistas de ambos países y fortalecer la solidaridad con el pueblo cubano. Precisó que la gira se produjo en el marco del protocolo de trabajo, colaboración mutua e intercambio político entre el PC y el PCC” (28 de enero de 2026).
Es interesante revisar el “Informe político de Lautaro Carmona sobre Cuba, la solidaridad y el contexto nacional e internacional”, donde destaca que la isla vive “el momento más complejo de la historia de la Revolución”, asegurando que “Cuba tiene su propia democracia y su propia institucionalidad”. Destaca especialmente la amenaza que significa Estados Unidos, el imperialismo, así como la idea de que el régimen de la isla otorga gran importancia a “la solidaridad internacional”.
En esa misma línea, Carmona resumió: “Como país, como izquierda y como Partido, tenemos que dar un salto en calidad y en cantidad en la solidaridad internacional, en todas las dimensiones que esta puede asumir. Es necesario que los desafíos de Cuba estén más presentes que nunca en la opinión pública nacional». Por lo mismo, estimaba que «la solidaridad debe incrementarse mucho más»… El documento reitera en la parte final: «Expresamos nuestra histórica y profunda solidaridad con Cuba. Nuestros lazos son largos y éticos, forjados desde los primeros movimientos independentistas de nuestros pueblos». Carmona concluye con una especie de Declaración de Principios: «Para el Partido Comunista de Chile, Cuba es una nación agredida por el imperialismo, que desarrolla un proyecto democrático, popular y socialista, con una participación y un protagonismo muy profundos del pueblo cubano. Esa es su principal fortaleza, y para nosotros es fundamental la defensa de ese proceso”.
Esta relación -entre Cuba revolucionaria y el Partido Comunista de Chile- tiene una larga historia. En realidad, podríamos decir que se trata de una relación de recíproco apoyo y comprensión que se extiende al conjunto de la izquierda chilena. La declaración de amor aparece tempranamente en el libro Canción de Gesta, de Pablo Neruda, cuyo compromiso aparece muy nítido en el poema «A Fidel Castro»:
«Y si se atreven a tocar la frente
de Cuba por tus manos libertada
encontrarán los puños de los pueblos,
sacaremos las armas enterradas:
la sangre y el orgullo acudirán
a defender a Cuba bienamada».
En la coyuntura propia de la década de 1960, Fidel Castro expresó en una ocasión que hizo historia: «Y vamos a tener con nosotros la solidaridad de todos los pueblos liberados del mundo, y vamos a tener con nosotros la solidaridad de todos los hombres y mujeres dignos del mundo» (Discurso de la Segunda Declaración de la Habana, 1962). Ese discurso, casi un manual de la revolución continental, interpretó la historia y fijó un camino, según las convicciones de los revolucionarios de América Latina, cuyo deber era simple y claro: «Hacer la revolución».
No es casualidad que la gran reunión de los revolucionarios del continente en 1967 haya adoptado incluso el nombre de Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS). El documento de ocasión expresaba: “Por primera vez en la historia de América Latina, se congregan los representantes genuinos de sus masas explotadas, hambreadas y oprimidas para discutir, organizar e impulsar la solidaridad revolucionaria, intercambiar sus experiencias, unificar sus acciones sobre una firme base ideológica y a la luz de las enseñanzas de su pasado revolucionario y de las condiciones presentes, enfrentarse los pueblos a la estrategia global contrarrevolucionario del imperialismo y las oligarquías nacionales” (OLAS, 1967).
Entre las proclamaciones más relevantes de la Declaración de la OLAS, el punto 13 afirmaba: “Que la solidaridad con Cuba y la colaboración y cooperación con el movimiento revolucionario en armas constituyen un deber insoslayable de tipo internacional de todas las organizaciones antiimperialistas del continente”. Con ello quedan claramente expresadas dos ideas claves: primero, la necesaria solidaridad con Cuba; segundo, la lucha contra el imperialismo, es decir, los Estados Unidos de Norteamérica.
El programa de gobierno de la Unidad Popular se refería claramente a este mismo tema y con igual orientación, al referirse a los temas de las relaciones internacionales: «Del mismo modo se solidarizará en forma efectiva con la Revolución Cubana, avanzada de la revolución y de la construcción del socialismo en el continente latinoamericano». Ese afecto y compromiso lo expresó claramente el gobierno de la Unidad Popular con ocasión del viaje de Fidel Castro a Chile, entre el 10 de noviembre y el 4 de diciembre de 1971. En esa ocasión hubo una Declaración conjunta cubano-chilena, que sostiene que la visita «marca un paso decisivo, no solo en la bancarrota de la política de aislamiento de Cuba, sino fundamentalmente en el proceso de entendimiento, compresión y solidaridad de los pueblos de América Latina».
Podríamos decir que ese es el telón de fondo de la situación actual de Cuba y la perspectiva de la izquierda chilena al respecto. En el debate y las decisiones actuales no solo hay consideraciones políticas y humanitarias, sino también históricas y profundamente ideológicas. Quizá por eso el origen de la toma de posición del gobierno está en la visita de los dirigentes del Partido Comunista de Chile a Cuba, desde donde emana el sentido de urgencia de la situación de la isla y el compromiso político. ¿Se trata de una mera coyuntura humanitaria y solidaria? Es evidente que no: detrás de eso existe una tradición política, un compromiso que no se expresa en otras miserias o situaciones humanitarias, una solidaridad nacida al calor de la revolución de 1959 y proyectada para las décadas siguientes.
El fracaso de la Revolución Cubana, la larga dictadura establecida en la isla y la miseria del pueblo tienen más una explicación en un régimen fallido y en ideas que no han funcionado, más que en culpas imperialistas, burguesas o latifundistas. Por cierto, los temas de fines del siglo XX y comienzos del siglo XXI exceden el marco de estas líneas, pero vale la pena considerar que se trata de un problema de largo plazo y que siguen vigentes en la discusión actual.
¿Por qué la izquierda chilena, el Partido Comunista y finalmente el gobierno del Presidente Boric se han sumado en los últimos días a la necesidad de apoyar «a Cuba» en esta coyuntura histórica? La prensa y muchos observadores han visto un tema claro en la génesis de la postura oficialista: la fuerte presión del Partido Comunista ha provocado la reacción del gobierno: Hay un antes y un después. Primero el viaje de Carmona a Cuba, segundo la presión comunista, tercero la toma de posición del gobierno de Boric.
Las reacciones y explicaciones de parte de las autoridades del Ejecutivo han sido interesantes y permiten clarificar el sentido de la toma de posiciones y las eventuales acciones. Camila Vallejo, la ministra vocera de Gobierno, sostuvo que el gobierno “siempre ha estado dispuesto a ir en ayuda por razones humanitarias de pueblos que han necesitado, por situaciones de guerra, de invasiones, o incluso, en este caso, de bloqueos económicos que afectan, al final, no al sistema político, a quien dirige los sistemas políticos de esos gobiernos, sino que a las personas, y en eso hay siempre una evaluación”. Es un buen resumen de la postura oficial.
En la misma línea se han manifestado otros actores políticos: “Ante la grave situación humanitaria que atraviesa Cuba, hemos decidido enviar ayuda al pueblo cubano» (Álvaro Elizalde, ministro del Interior); “La solidaridad con el pueblo cubano debe ser total, así como la ayuda humanitaria es necesaria y urgente… Saludamos el anuncio del gobierno del Presidente Boric de enviar ayuda humanitaria a Cuba como gesto concreto de solidaridad y de compromiso con el derecho internacional» (Declaración del Frente Amplio); «La dramática situación que está viviendo Cuba hoy, es un tema de interés humanitario, más allá de las características políticas que pueda tener su régimen» (Alberto van Klaveren, ministro de Relaciones Exteriores).
Por su parte, el Presidente Gabriel Boric escribió en su cuenta de X: «El bloqueo que Estados Unidos ha impuesto a Cuba y que ha agudizado en las últimas semanas es criminal y un atentado a los derechos humanos de todo un pueblo. Se pueden tener diferencias con Cuba, pero nada justifica el daño que se le está haciendo a niños, niñas y ciudadanos inocentes«.
La decisión de apoyar «a Cuba» ha tenido repercusiones: divisiones en la izquierda, acusaciones al gobierno por dejarse pautear por el PC. El tema de fondo es más profundo todavía. Es evidente que muchos partidarios del gobierno -pero que miran con distancia a la dictadura cubana- saben que el tema tiene otras connotaciones. No creen las explicaciones pueriles o derechamente falsas que pretenden explicar la «solidaridad con Cuba» como un mero gesto humanitario. Suponen, o derechamente saben, que el tema de fondo es el compromiso ideológico y político, que la solidaridad es revolucionaria y no meramente una muestra de «humanidad» detrás de las donaciones. Adicionalmente, comprenden que esta «obsesión» con Cuba tiene costos políticos, porque asociarse a una dictadura -de Fidel Castro, Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel- hoy no tiene la magia de los años 60. La revolución, que para muchos fue una esperanza, se transformó pronto en tragedia.
Por lo mismo, la mayor solidaridad y el mejor compromiso humanitario con Cuba debería ser el fin de la dictadura, y no solamente unos recursos económicos que, probablemente, se perderán en medio de la burocracia y no llegarán a la vida cotidiana de quienes sufren. Es necesario entender el proceso político chileno-cubano, que tiene historia y presente, aunque seguramente también un futuro abierto y contradictorio. Hoy la gran discusión es el apoyo humanitario que será enviado a Cuba y a su dictadura: la tarea del futuro y la discusión de fondo es cómo ayudar a los sufridos cubanos y, sobre todo, cómo ellos pueden crecer y surgir en un régimen de libertad y progreso. No es poca cosa.

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La conclusión es simple, lo que ha empobrecido a Cuba es el comunismo.