Desde hace décadas se ha ido registrando en el mundo entero una espectacularización en el modo de hacer política. Los más puristas sindican el inicio de esto en el primer debate televisivo, entre Richard Nixon y John Kennedy, en 1960; otros, menos delicados, ven como punto de inflexión cuando Bill Clinton deslumbró con el saxofón en el show de Arsenio Hall, en 1992.

Sea cual sea el inicio, con el pasar del tiempo la lógica del espectáculo se ha ido tomando espacios, generalmente en desmedro del ejercicio auténtico de la política. Además, con la llegada de las nuevas tecnologías y la falaz democratización de la información, el show ya no es exclusivo de los sets de televisión, estudios de radio o salas de redacción, sino que el espectáculo ha entrado a los despachos y espacios de trabajo de los propios políticos.

Chile, obviamente, no está ajeno a esto y, si bien es evidente la necesidad de acercar el trabajo político a la ciudadanía para intentar revertir la desafección o rendir cuentas del desempeño para procurar tener algo de credibilidad frente al electorado, no puede ser a costa del respeto al cargo que se desempeña, ni al impacto a mediano o largo plazo que tendrá en la ciudadanía tanta cosmética circense.

En el último tiempo, el hemiciclo de la Cámara de Diputados ha sido el que más ha concentrado esta lógica del espectáculo. Y no vale la pena buscar si el germen de esto está en los bordados en sala de María Victoria Toyita Ovalle en los 90, en la túnica de Raúl Florcita Motuda Alarcón o, dirán los más puntillosos, en la no-corbata del diputado Gabriel Boric. Da igual, pues la urgencia está en que hoy muchos diputados hacen de su trabajo legislativo un reality comandado por likes, visualizaciones y lógicas propias de un meme.

Al menos tres tipos de acciones se han visto en los últimos meses que deberían, a mi juicio, considerarse como obstáculos a un ejercicio legislativo de mayor altura y que signifique un aporte real al clima social.

En primer lugar, existe un tránsito demasiado fluido –y en ambos sentidos– entre el hemiciclo y el panel de programas donde los decibeles y la pachotada eclipsan el debate auténtico. Este flujo tiene a panelistas legislando en el Congreso y a legisladores infamando “sin filtro” en un set. Así, hay un puñado de diputados que confunden ambos escenarios y, era que no, abrazan la labia lúdica, estridente y acelerada, abandonando el trabajo reflexivo y el debate pausado.

Luego, proliferan los honorables que lanzan apresuradamente piezas audiovisuales de factura esmerada, pero en las que figuran ellos sentenciando sin más argumento que slogans coloridos, iniciativas legislativas que aún no han pasado por sus ojos y menos por sus cerebros. Antes de que los proyectos se presenten si quiera, ya hay legisladores que emiten su voto en TikTok.

Finalmente, cada vez son más los diputados que graban en directo sus intervenciones en el hemiciclo, en plena faena legislativa, entregándose a un discurso pensado en la lógica de un reel con buena tracción algorítmica, antes que en sumar una reflexión cuyo objeto sea mejorar el proyecto en cuestión. Además, graban en secreto cada votación de sus adversarios acusándolos de estar fomentando el delito, asesinando especies en peligro o lisa y llanamente vendiendo la patria a los súper ricos.

El escenario es preocupante, porque los diputados que incurren en alguna –o todas– las acciones anteriores, piensan que estas críticas son exageraciones que se opacan bajo montañas de likes.

Es evidente que el teléfono móvil, las redes sociales y (casi) todas las herramientas digitales pueden convertirse en un aporte al día a día de un legislador, pero cuando esto interfiere en la altura del trabajo encomendado estamos frente a una pendiente que basta con mirar al hemisferio norte para avizorar la bajeza a la que se puede llegar.

Si ya se limitó el acceso a celulares y redes en las salas de clases porque los niños se distraen en tonteras, se obsesionan con las redes sociales para validarse y finalmente no cumplen con las consignas entregadas, quizás valga la pena preguntarse si no será urgente hacer lo propio en la sala de la Cámara Baja.       

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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