educación

Una de las mayores alegrías de mi vida ha sido ser y seguir siendo profesor. Es una vocación que, recibida tempranamente, se ha ido alimentando año a año junto con la pasión por la historia. Como suele ocurrir con las experiencias vitales, esta definición estuvo marcada por la influencia de profesores notables y personas valiosas, cuya entrega, sabiduría y transmisión de conocimientos fueron una gran motivación en mis años de colegio y ciertamente en la universidad. 

Comienza el segundo semestre y es un buen momento para pensar nuevamente en la educación, en la misión del profesor y en la importancia del estudio. Sin embargo, en lo personal tengo otra razón para volver a pensar en este tema: el 11 de agosto de 2014 –hace exactamente diez años– falleció el actor Robin Williams, quien participó en numerosas películas. Lo recuerdo especialmente por “La sociedad de los poetas muertos” (de 1989, dirigida por Peter Weir) en la que representa a John Keating, un profesor del tradicional colegio Welton, establecimiento cuyas máximas eran “Tradición, honor, disciplina y excelencia”. Funcionaba en el marco de una enseñanza tradicional, bastante rutinaria en algunos sentidos y que no gustaba de los cambios, pero donde se cumplía con el trabajo y una rigurosa repetición en los métodos. 

A este prestigioso colegio –al que asistían solo hombres– llegó míster Keating, como un disruptivo profesor, que a su vez fue exalumno de Welton, donde había participado precisamente en una “Sociedad de los poetas muertos”, donde los jóvenes se reunían a disfrutar la poesía, a leerla con deleite. Keating me maravilló: no por su estilo que podría parecer contestatario (cada uno tiene el suyo); tampoco por su creatividad (aunque era admirable al respecto); ni siquiera por su profunda cultura literaria (aunque me fascina la poesía y la literatura en general). El profesor me fascinó por otras razones que quiero recordar y agradecer. 

Primero, precisamente por su vocación. En una ocasión uno de sus alumnos, llamado Neil (de final triste y dramático), fue a visitar al profesor para plantearle un problema con su padre, que no quería que fuera actor, aunque la actuación era su pasión. En parte de la conversación Neil le preguntó a Keating por qué estaba en Welton, cuando podría estar donde quisiera, a lo que el profesor respondió: “Me encanta enseñar. No quiero estar en ninguna otra parte”. Era el fiel reflejo de una vocación profunda y una decisión libre. Respuesta perenne y definitiva. 

Segundo, porque buscaba sacar lo mejor de cada alumno, como ilustra otra famosa escena con Tod, estudiante al que le pidió expresarse en voz alta, sabiendo de sus temores y dificultades. El resultado fue que este joven no solo pensó y escribió una poesía, sino que también se expresó, recibió aplausos y reconocimiento, manifestó su gratitud hacia el maestro y empezó a desarrollar su propia personalidad. Sin embargo, la explicación era más profunda, y aparece al comienzo de la película: “Carpe Diem”, les dijo a sus estudiantes. Esa máxima se puede traducir como un simple “Aprovecha el día”, pero también con una fórmula más profunda, que el propio Keating resumió de la siguiente manera: “Hagan que sus vidas sean extraordinarias”. Sin duda un cambio de paradigma y una hermosa manera de vivir. 

Tercero, porque Keating animaba a mirar el mundo desde ángulos distintos, a apreciar la realidad con mayor profundidad, a buscar posibilidades insospechadas. Al respecto podemos mencionar dos escenas o momentos de “La sociedad de los poetas muertos”, que sigo recordando con emoción. En una oportunidad el profesor se subió a su mesa en la sala de clases, y luego los alumnos fueron pasando también por ahí. ¿Cuál era el sentido del ejercicio? “Se ve distinto el mundo desde arriba”, era la conclusión. Es importante tener distintas perspectivas de las cosas y es preciso observar la realidad con los ojos abiertos y la inteligencia despierta. A ello podemos añadir el recuerdo de algunos poemas, como unos versos de Robert Frost: “Dos caminos se abrieron ante mí. Tomé el menos transitado: eso marcó la diferencia”. Por cierto, tenemos libertad y ante dos opciones podemos elegir la que nos parezca. Pero no deja de ser interesante la posibilidad de no seguir la decisión de la masa y ser capaz tomar caminos alternativos, especialmente valioso cuando se trata de seguir una vocación. 

Por último, míster Keating enfrentó la adversidad con entereza, con la fortaleza que se requiere en las circunstancias desfavorables. En parte esto se debe a los cambios que comenzaron a producirse en Welton, fruto de la rebeldía inmadura de algunos estudiantes, a los que el profesor representó directamente sus errores. En muchos análisis de la película –no de parte de especialistas, sino de simples espectadores como uno– se culpa al profesor Keating por el suicidio del estudiante Neil Perry o por instar a los jóvenes a pensar por sí mismos cuando ellos eran impresionables. Me parece que no va por ahí la discusión, aunque requeriría otra reflexión más larga. Finalmente, el colegio inició una investigación rigurosa, en la cual el maestro resultó ser el chivo expiatorio y terminó despedido de Welton, que no podía tolerar ser afectado por un escándalo. Es verdad que emociona el reconocimiento que recibió Keating por parte de sus alumnos: “Oh, capitán, mi capitán”, le dijeron de pie sobre sus pupitres en la despedida, repitiendo los versos de Walt Whitman en su homenaje a Abraham Lincoln. Pero no es eso lo más relevante: Keating se marcha con la conciencia del deber cumplido, la certeza de haber despertado en los jóvenes algunas vocaciones y el dolor de dejar a sus queridos alumnos. Por cierto, también sufrió la muerte de Neil y no fue inmune frente a la persecución. Sin perjuicio de ello, me parece que sus palabras finales –“Gracias muchachos”– también son un agradecimiento por la vocación que abrazó porque le encantaba enseñar, y no quería estar en ninguna otra parte. 

Debo haber visto esta película por primera vez en 1990, y desde entonces la he repetido en numerosas ocasiones. La volví a ver hace solo una semana. Fue decisiva en mis años de juventud, cuando estaba decidiendo abandonar mis estudios de Derecho, sin vocación, y vuelve a serlo en otra etapa de la vida, cuando solo puedo agradecer el camino elegido y perseverar en la formación de jóvenes, a través de la historia. El comienzo de este nuevo semestre puede permitir a los profesores repensar su tarea y profundizar en su vocación, así como reafirmar la decisión de dedicarse a la enseñanza.  

Siempre habrá problemas y dificultades, errores y desagrados, pero también alegrías y nuevos jóvenes que nos permiten seguir el camino, mirar el mundo desde distintas perspectivas y procurar vivir, en medio de las cosas más normales, unas vidas que pueden ser extraordinarias. 

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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2 Comments

  1. He sido profesor por 50 años, formando Ingenieros y Técnicos. Esta columna o más bien reflexión,,, es una JOYA.

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