La elección del presidente del Senado ha tenido circunstancias impensadas y tendrá consecuencias importantes en la política chilena. A esta altura importa muy poco si la razón del incumplimiento del acuerdo de las comisiones y la mesa de la Cámara Alta: el tema más relevante es que el acuerdo se quebró y hoy la situación política es diferente a la de hace una semana.
En lo esencial, tras las elecciones parlamentarias de 2021 el Senado quedó compuesto por 25 parlamentarios de izquierda y centroizquierda y otros 25 de derecha y centroderecha, en un empate inédito e interesante, que obligaba a buscar acuerdos para la definición de sus autoridades. La situación hoy es distinta: se puede decir que hay 27 senadores de oposición y sólo 23 de gobierno, proceso que se inició cuando los falangistas Matías Walker y Ximena Rincón renunciaron a la Democracia Cristiana y comenzaron un nuevo proyecto político, llamado Demócratas.
El cambio comenzó a verificarse por una cuestión curiosa e impensada: fue el proceso constituyente, promovido por la izquierda pero que hoy le rebota en su contra. En el plebiscito de salida del primer proceso, de la Convención Constitucional, hubo muchas personas de centro y de centroizquierda que cruzaron el Rubicón y se alinearon con la posición que mantenía la oposición al gobierno del Presidente Gabriel Boric. De esta manera, votaron Rechazo el 4 de septiembre de 2022, que permitió lograr no sólo una mayoría electoral, sino también sociológica, que se ha mantenido durante esta administración, cuyo respaldo popular oscila entre el 27% y el 35% en diferentes momentos, pero en general estabilizado en torno al 30%.
La situación coyuntural de entonces hoy se ve un poco más clara, al menos en tres sentidos. Primero, que se ha creado una sintonía creciente entre el centro -que incluye a Demócratas y Amarillos- y la centroderecha agrupada en Chile Vamos. Segundo, que eso ha tenido expresiones políticas en acuerdos puntuales, tanto en los dos procesos constituyentes como en la definición de la presidencia del Senado. Tercero, que existe una clara proyección política de esa asociación informal, que podría expresarse -tal como lo hizo en la definición por la presidencia del Senado- en las elecciones municipales de este 2024 y en las parlamentarias, e incluso en las presidenciales, de 2025.
Por cierto, nada de esto se dará por casualidad ni estará exento de problemas, sino que requerirá mucho trabajo y talento político. Por lo demás, no se trata de acuerdos de cualquier forma, sino que muchas veces incluye bases programáticas o exigencias de lado y lado, como quedó reflejado en las reformas a la Constitución vigente -que la debilitaron, por lo demás- que precedieron al plebiscito del 4 de septiembre. A ello se suma una condición expresada por Demócratas, que exige excluir a Republicanos de un acuerdo político con Chile Vamos, lo que es una propuesta bastante obvia en su caso, pero que se opone, por ejemplo, a la postura expresada por el Presidente Sebastián Piñera en su momento, aunque es consistente con la postura de los propios Republicanos, que no desean un acuerdo con los centristas, sino que tienen trazado un camino y un programa, así como un liderazgo que los encarna.
A todo lo anterior hay que agregar una variable que no siempre aparece en los análisis: se trata de la irrupción de una derecha que estuvo en contra de las dos propuestas constitucionales, que se desligó de Republicanos o se sumó a otros grupos que desde antes estaban en una posición que no estaba abierta a medias tintas ni claudicaciones (ojo, que algo similar ocurre en las izquierdas). Esta postura tiene una condición similar a la de Amarillos y Demócratas en dos aspectos: hoy tienen relevancia política y comunicacional, pero la tarea por hacer es mostrar su auténtica capacidad electoral, tanto en las elecciones municipales de este año como en las parlamentarias del 2025.
Tras la elección de la presidencia del Senado, el gobierno ha quedado en una mala posición y ha sufrido una derrota emblemática, que ha provocado acusaciones cruzadas. Muchos han señalado a algunos ministros como responsables por inacción, en tanto los partidos tampoco estuvieron a la altura y dejaron escapar el pez gordo por preocuparse de una comisión, por relevante que fuera y aunque la interpretación al respecto fuera una de las posibles. El tema de fondo es otro: políticamente el oficialismo fue por lana y salió trasquilado. Además, mostró una vez más una cara imprevisible hace sólo unos años: si los problemas de gestión, o ejecutivos, se pudieron advertir desde el primer momento, no parecía posible que el gobierno del Frente Amplio y el Partido Comunista fallaría precisamente en eso en que parecían expertos, considerando el talento político que habían mostrado en la última década en que pavimentaron su camino al gobierno de Chile.
Vale la pena reproducir una declaración del Presidente Boric tras las fallidas negociaciones del Senado, y por cierto tras la derrota oficialista: “Cuando se rompen las confianzas como lo hizo ayer la derecha en el Senado, las instituciones se debilitan”. El tema, por cierto, es mucho más profundo, como bien debe comprender la primera autoridad del país. Las instituciones del Estado, en este plano, se debilitaron cuando fue proclamado el “parlamentarismo de facto” contra el gobierno del Presidente Sebastián Piñera. Adicionalmente, la senadora Ximena Rincón ha sostenido que el Presidente Boric debería estar mejor informado sobre la génesis de los problemas durante la elección al interior de la Cámara Alta.
Me parece que el problema suscitado en el Senado no debe ser mirado simplemente como una pelea política más, sino que debe ser analizada con mayor profundidad. Lo que se ha producido es un debate que ha transparentado la nueva correlación de fuerzas en el país, mostrando el carácter minoritario del gobierno, que ya estaba claro en las encuestas. Hay que ver si esa situación se reproduce en la Cámara de Diputados, así como también en algunos proyectos de ley pendientes, como el aumento de los impuestos en los dos proyectos que interesan al Ejecutivo. Sin embargo, la medición verdadera de las fuerzas políticas se dará en el plano electoral. Y para eso quedan algunos meses para la primera definición, de carácter municipal, y un año ocho meses para las elecciones parlamentarias y la presidencial, que definirán el futuro de Chile, por la continuidad o por el cambio de rumbo.
