Se acerca el 18 de septiembre y qué mejor manera de empezar a celebrarlo que destacar algo de lo nuestro. Sacándolos por un par de minutos de la omnipresente contingencia nacional, quisiera hablarles de un perrito que puede verse hasta en los más apartados rincones de esta largo y estrecho terruño, y que, como buen chileno, se adapta a todo, tanto en el campo como en la ciudad.
Ustedes de seguro ubican a Washington, el perro de Condorito. El típico quiltro chileno, me dirán. Pero no, fíjense que Washington tiene pedigrí, y uno bastante interesante. Les cuento. Cuando los europeos venían a América, no lo hacían solos. Con ellos traían sus costumbres, y algunas veces a sus mujeres. También venían con ellos semillas y animales que poblaron nuestro continente. Entre los europeos que llegaron a Chile, se colaron unos cuantos bodegueros andaluces y unos pocos fox terriers de pelo liso, que mezclados en suelo nacional dieron lugar, con el paso del tiempo, al perrito que inmortalizara Pepo. Desde el 2013, el terrier chileno es una raza reconocida por el Kennel Club de Chile, la única organización que tiene un registro genealógico-perruno oficial en el país. Quien no ha tenido uno de estos terrier, o al menos conoce a alguien que haya tenido uno. Hablo de ese perro chico y más bien flaco, blanco con manchas negras y algo de café en la cara. Ese que es ágil, valiente, muy gregario, pero independiente a la vez, leal a ultranza con los suyos y desconfiado del resto, vivaz y súper inteligente, con el que todos de seguro hemos interactuado alguna vez.
OK, y ¿por qué debiera interesarme esto?, se preguntarán ustedes; sobre todo, en estos días de desmesura política, en los que todo lo chileno ha pasado a ser sospechoso. Cuesta, estoy de acuerdo, pero hay que recordar que nuestro lindo país esquina con vista al mar va más allá de su contingencia, por compleja que esta sea. Por eso es que les planteo el asunto al revés. ¿Cómo es que hasta ahora no les ha interesado esto? Pero para hablar con propiedad de nuestro caniche, hay que destinar unas palabras a la asombrosa historia del perro, y de sus razas. Su nombre científico lo dice todo: canis familiaris. El perro es la primera especie en ser domesticada por el hombre, y qué no ha hecho desde entonces. Nos ha ayudado a cazar, a pastorear, a cuidar de nuestras cosas, a protegernos de delincuentes, terroristas y otros antisociales, y a superar nuestras discapacidades. En todo este tiempo, además nos ha acompañado en las buenas y en las malas. Por algo es el mejor amigo del hombre. Probablemente todos hemos repetido alguna vez, aunque sea mentalmente, la frase “mientras más conozco a los hombres, más quiero a mi perro», que se le atribuye a Alphonse de Lamartine, pero que de seguro es anterior a él.
La selección artificial de los perros comenzó hace miles de años, y ha dado lugar a más de 450 razas. Criadas para los más diversos propósitos, estas se han transformado en verdaderos símbolos nacionales. Como tales, quizás los más conocidos sean el bulldog inglés y el terrier escocés. Ahora nosotros también tenemos a nuestro propio terrier que protege y acompaña, ganándose un lugar en nuestras casas y departamentos, aun en los escenarios más adversos, es algo más que probado. Al respecto, un ejemplo de mi propia cosecha. Hace algún tiempo, a mis sobrinos les dio con que querían un perro. Siendo una casa de población eminentemente masculina, las razas que se mencionaban oscilaban entre el boxer y el rottweiler, cuando no entre el mastín napolitano y el gran danés. Mi hermana no le hizo caso a ninguno y partió un día a un criadero, de donde trajo una terrier chilena minúscula. La vi llegar a esa casa. Puesta en la alfombra de entrada, parecía una basurita que había caído en el suelo. Mis sobrinos la rodeaban, observándola con una expresión que mezclaba el asombro y el desprecio en porciones equivalentes.
Cuando me fui ese día de vuelta a mi casa, lo hice convencido que la perrita de marras iba a durar menos que la independencia de Cataluña. Para mi sorpresa, en las semanas siguientes se las arregló para estar siempre en los brazos de alguien, para no dormir nunca sola, y para ganarse un poco de comida extra por aquí y por allá. Cuando logró que mi cuñado le manifieste un evidente cariño, el mismo que siempre ha presumido de no gustarle perros ni gatos, confirmé que esa perrita era un exponente digno de su raza. Así es que la próxima vez que busquen un perro, prefieran el producto nacional. Adopten un quiltro, o consíganse un terrier chileno. Háganlo con orgullo. No se van a equivocar.
