En una entrevista reciente de la BBC, nuestro presidente electo declaró: “No espero que las elites estén de acuerdo conmigo, pero sí que dejen de tenernos miedo”. Poco después, apareció por un golpeado local de la zona cero, de polera metalera, short, camisa leñadora, botines de cuero, calcetines negros y jockey oscuro. Flanqueado por su guardaespaldas, compró unos sánguches y se los llevó en cajitas de plumavit, en una bolsa transparente de plástico. Por Twitter explicó: “Es que la mayo casera de La Terraza es insuperable”. En estos días, el presidente entrante descartó irse a vivir a San Miguel, como era su intención, por razones de seguridad. Como había señalado anteriormente, no quiere mudarse al sector oriente de Santiago, como los otros presidentes chilenos elegidos en democracia. Claro, porque él no pertenece a la elite.

¿No? Pero si Gabriel Boric estudió en uno de los mejores colegios privados de Punta Arenas, vivió ahí junto con su familia, en una linda casa cercana al Estrecho de Magallanes, estudió derecho en la Universidad de Chile, a la que acceden solo unos pocos, como a toda buena institución de educación superior nacional, de donde egresó 8 años después, y si no se graduó no fue precisamente por problemas socio-económicos, sino porque estaba más interesado en la política que en los estudios. Más tarde, fue diputado por otros 8 años, con un sueldo con el que solo puede soñar la inmensa mayoría de los chilenos. Quienes rodean a Boric tampoco son muy proletas, que digamos. De hecho, muchos de los dirigentes de su izquierda frenteamplista han pasado buena parte de su vida en los mejores barrios, y provienen de colegios privados y universidades de prestigio, tanto chilenas como extranjeras; antecedentes que no pueden ocultar por más cuidadamente descuidado que sea su estilo y radical su discurso. No es casualidad que solo cinco de los miembros del gabinete de Boric hayan estudiado en establecimientos escolares públicos.

Escuchando y viendo a nuestra nueva elite, en permanente estado de negación, me vino a la memoria una gran canción de Pulp. En esta, una estudiante griega de arte se acerca a Jarvis Cocker, el vocalista del grupo, le cuenta que su papá tiene plata y le transmite su interés por vivir con “gente común” como él; expresión que en el Reino Unido, y en el contexto de la canción, se refiere más a los pobres que a otra cosa. “Common People” comienza lento y va agarrando vuelo a medida que Cocker nos cuenta lo que significa ser gente común, algo que la griega con lucas desconoce por completo, pero que quiere experimentar alegre y temporalmente, haciendo lo que los mismos británicos llaman slumming, o turismo na favela, como dicen los brasileños. Con fuerza, no exenta de rabia, el cantante inglés monologa que ella jamás entenderá lo que se siente vivir sin sentido ni control, sin tener donde ir. Podrá la griega reír con la gente común, pero en verdad es esta quien se ríe de la turista de clase. Como agrega Cocker: “Y de las cosas estúpidas que haces / porque piensas que lo pobre es cool”. 

Que no se entienda mal lo que estoy diciendo. Como persona, Gabriel Boric me resulta simpático. Me recuerda esos estudiantes capaces, con inquietudes y buenas intenciones, que por desgracia se transforman con el tiempo en cabilderos eternos, infructuosamente tratando de mimetizarse con un mítico pueblo al que nunca han pertenecido, ni pertenecerán. Sería bueno que él, y su entorno, asuman lo antes posible que, como nos recuerda Pulp, nunca van a vivir como la gente común, que sus fracasos no serán los de esta, y que sus opciones siempre van a exceder el simplemente bailar, beber y otras alternativas asequibles con poco o nada de dinero. Estamos hablando de hombres y mujeres que ya superaron la barrera de los 30 años hace rato, que tuvieron la suerte de aprender idiomas, viajar y reunir experiencias que la mayoría de los chilenos jamás tendrá. Todo ese acervo requiere ser utilizado en favor de la gente común, de quienes no forman parte, pero a los que sí se deben. Porque, quiéranlo o no, también la representan. Esa gente común, que tanto los inspira, los necesita. Y mucho.

Ojalá el Peter Pan revolucionario al que se aferra nuestro presidente, hoy aparentemente de chaqueta (sin corbata, obvio), se restrinja a su sempiterna barba y ajados botines. Se nos vienen años de un complicado trayecto nacional y necesitamos un conductor con la madurez suficiente para estar a la altura del encargo. Por mi parte, no puedo menos que ofrecerle, con toda modestia, el beneficio de la duda.

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