Me hago zancadillas de puro aburrido
La centroderecha tiene todas las posibilidades de ganarle a sus adversarios la próxima contienda presidencial. Lo que no está claro es que esté demostrando que tenga la capacidad de superar sus propios defectos.
De partida, debiera reconocer que durante lo que va de esta administración, ha tenido la ayuda constante y sistemática de sus contendores para darle la mayor ventaja posible. La centroizquierda no tiene abanderado, ni coalición disciplinada, ni estrategia común, ni programa de gobierno. Vota constantemente dividida los proyectos de ley de La Moneda y no piensa disciplinarse.
En las elecciones recientes el oficialismo fue superado como se quiera mirarlas, excepto en las disputas emblemáticas por las gobernaciones de la Región Metropolitana y Valparaíso. No hay adivino de fin de año que se haya atrevido, hasta ahora, a augurar quién será el candidato de la centroizquierda, lo que demuestra que hasta los astros están un tanto desconcertados.
Así que la oposición no tiene de qué quejarse. Tiene cuanta ayuda externa como sería deseable solicitar. En el papel está definido el desenlace. Tiene una candidata indiscutida en las encuestas, coalición victoriosa, una estrategia de tranquila progresión y empieza a destacar sus propuestas programáticas por área.
Sin embargo, este mismo exceso de facilidades está poniendo nervioso a muchos y con razón. Los problemas de la derecha no provienen de su base (que es fiel y es mucha), sino de su cúpula. La dificultad principal no es electoral, sino política.
Dentro de las maldiciones nacionales está aquella que, cuando no se tiene una bestia negra que vencer al frente, asoman los fantasmas de la casa. Las críticas más duras a Matthei provienen de la oposición, y desde la conducción partidaria aparecen también debilidades ante las embestidas de Republicanos.
El serrucho como bandera partidaria
Cada sector político tiene un grupo más radicalizado que no tiene interés en los acuerdos amplios. Y sólo quedan dos opciones en cada decisión importante: se constituyen mayorías transversales y se controla a los más polarizados del propio sector, o ellos toman la batuta. Es cuando la mayoría claudica ante la minoría por temor a contradecirla, porque se teme su agresividad o por incapacidad de optar.
Carlos Larraín, recordando una disputa presidencial de hace una década, se opone a Matthei, diciendo que no tiene el “derecho adquirido” para ser candidata, recuerda su derrota ante Bachelet e insinúa que lo que ya pasó una vez, puede pasar de nuevo. Por si alguien no entendió, agrega que “las cosas no son gratis y la historia política de las personas pesa”.
Y si el oficialismo tuviera todavía dudas sobre dónde hay que apuntar, Larraín indica que “ella es hija de un integrante de la Junta de Gobierno Militar, sumamente parecida a su papá físicamente”, lo que ya es un tanto excesivo.
La razón de por qué ningún partido o coalición ha escogido como símbolo dos serruchos cruzados, es porque las querellas entre dirigentes importan a pocos y no inspiran a nadie. Nunca se va a poder entender por qué la derecha se da tantos permisos para cultivar sus rencores, pero es indudable que les dedica tiempo.
Si hay algo peor a tomar una opción equivocada es oscilar entre dos posibilidades, decantándose por el que grita más fuerte. Es un asunto de falta de prestancia.
Una señal preocupante en estos días es la que ha dado el presidente de la UDI, Guillermo Ramírez, con su intempestivo giro en corto lapso.
El movimiento de péndulo nunca ha prestigiado en política. Arturo Squella, presidente de Republicanos, enfrentó a su par de la UDI por la aceptación del “reparto” en pensiones al referirse a la compensación del 0,5% destinado a igualar lo entregado a hombres y mujeres. Ramírez alegó un malentendido, Squella lo siguió considerando “una vuelta de carnero”. Las reacciones fueron muy diferentes en claridad y contundencia.
El punto importa porque la actual oposición quiere obtener mayoría de la Cámara de Diputados y el Senado. Pero muy correctamente, para Republicanos lo que importa es el para qué se constituya esa mayoría y no dejan de percibirse a sí mismos como garantías de no claudicación ante el oficialismo. Para el partido de Kast está claro que el gremialismo no da esas garantías, porque les falta “una visión clara y fuerte de derecha”.
Puede que en la oposición se vean como socios, pero no siempre se entienden como aliados que representen un mismo proyecto político.
¿Cuál es la mayoría que se busca?
Para las posiciones más radicales todos los temas pasan a ser un asunto de principios y, por lo tanto, intransables. Para los demás, los asuntos de interés nacional se resuelven por confluencia en puntos de acuerdos y se vuelven un asunto de grados, etapas, evaluaciones e integración de perspectivas.
Pero no se puede ser radical y dialogante día por medio. Necesariamente hay que optar y quien opta es la candidata presidencial. Si no lo hace, igual termina asumiendo la duda como opción final, con lo que conseguirá el rechazo cruzado de todos. Como la política consiste en priorizar y escoger, corresponde decidir y aún no se hace. Sin ninguna duda un acuerdo en pensiones inclinará la balanza por una de las alternativas en disputa y de allí su relevancia.
La derecha no está tomando las determinaciones fundamentales que pueden definir el futuro del próximo gobierno, pero sí está discutiendo temas menos importantes pero que tienen mucho interés para sus dirigencias partidarias.
Es optativo tener una primaria presidencial cuando no se tiene una duda razonable sobre su utilidad. No depende del deseo de los protagonistas de tener una difusión garantizada de su figura por motivos distintos de competir con Matthei.
Lo que es imprescindible es conectar una candidatura que puede ganar con una forma de ejercer el poder que le de gobernabilidad democrática al país. Lo primero es un asunto de votos, lo segundo es un ejercicio de responsabilidad política.
Si en Chile los sectores políticos están ganando elección por medio es porque se dedican a conseguir en las urnas la oportunidad que después desperdician al decepcionar en el desempeño del poder. Esta historia se ha repetido ya demasiadas veces. Los ciclos cortos son productos de ideas y visiones de corto alcance.
La gobernabilidad de Chile se identifica con la cooperación entre moderados, sin considerar las muchas diferencias que han de expresarse normalmente. Esperar que un mismo sector se constituya en mayoría estable para no depender de la otra coalición importante es un error o está condenada a tener muy breve duración.

Así se venía haciendo, hasta que en 2019 hubo una asonada golpista violenta para derribar al gobierno democraticamente elegido, y de paso destruyó los barrios cívicos de todo Chile, e intentó la conquista del poder total con el.proyecto mamarracho de CPR. O se le olvidó???? O nos quiere engañar???? O piensa que somos idiotas?????