01 DE SEPTIEMBRE DE 2021/VALPARAISO Diputados de oposición, ofrece un punto de prensa, tras la aprobación en la Comisión de Constitución de la Cámara de Diputados, del proyecto de reforma que permite el cuarto retiro de los fondos de pensiones, en medio de la pandemia por el Coronavirus. FOTO: LEONARDO RUBILAR CHANDIA/AGENCIAUNO

Como si se tratase de una versión medio macondiana de “El día de la marmota”, nuevamente estamos en el dilema de un nuevo retiro de los fondos de pensiones. Y a pesar de que el escenario es, hoy, cardinalmente distinto al que había hace más de un año —cuando por primera vez se discutió esta medida— aún hay voces dentro de la clase política que abogan por un “cuarto retiro”, contra la opinión de todos los economistas serios. Así, es difícil saber qué pasará en las próximas semanas con este retiro, pero sí podemos estar seguros de algo: si se llega a aprobar, es obvio que no será el último.

El mero hecho de que esta medida —reconocida como “una mala política pública” por moros y cristianos— esté siendo debatida demuestra que la política nuevamente hace oídos sordos frente a la economía. Fukuyama no podría estar más decepcionado. De nada ha servido el argumento de la inflación, que ya comienza a hacerse realidad, ni la tesis del “recalentamiento” que provocar el cóctel del retiro del 10% sumado a un suculento IFE universal, ni el drama de ciertos rubros que no tienen cómo llenar las vacantes laborales, pues hay gente que ha preferido quedarse en la casa, viviendo literalmente de las ayudas del Estado.

Incluso más: la encuesta Pulso Ciudadano de Activa Research publicada hace pocos días muestra que el 30,5% de la gente declara que no le alcanzan sus ingresos para llegar a fin de mes. Sí, es una cifra durísima, pero a fines del año pasado, cuando se discutía el segundo retiro, dicha cifra era aún más dura: prácticamente el 50% de la población señalaba estar en ese estado. Al mismo tiempo, un 53,6% dice hoy que sus ingresos “le alcanzan al justo”, lo que es positivo, si lo comparamos con el 38,4% que decía lo mismo el año pasado. Es decir, aquellos a los que “les alcanza para ahorrar” se han mantenido estables en el tiempo (subió de 9% a 12%, apenas sobre el margen de error), pero lo que ha aumentado es la cantidad de gente que, por fin, ha logrado llegar a fin de mes.

Ahora, sabiendo que es todavía que hay gente lo está pasando mal, ¿es suficiente este argumento para seguir impulsando una política pública nefasta, que puede provocar estragos en la economía, y que además terminará por destruir las pensiones de miles de personas? Es plausible pensar que no. Llegó el momento de entender que la gente siempre querrá o necesitará más plata, pero la clase política no puede caer en lo absurdo para conseguirlo. Si así fuera, quizás sería más honesto empezar a imprimir billetes y repartirlos a quien lo requiera. Así, al menos, estaríamos salvaguardando las pensiones.

El problema para los candidatos, por supuesto, es la presión de la calle. “Sólo algo todos quieren en común / sólo algo deja bien a casi todo el mundo / quieren dinero” cantaban Los Prisioneros en los ’80, con un pegajoso coro que, 35 años más tarde, sigue intacto. La ciudadanía demanda dinero, y es natural que quienes hoy se dediquen a hacer feria, o casa a casa, se topen con enajenadas hordas de gente inquiriéndolos sobre su postura frente al cuarto retiro. Otra cosa es con guitarra, naturalmente. No dudo que sea difícil resistir a la presión de la calle, pero la política nunca ha sido asunto fácil. Tal como señalé en una anterior columna, necesitamos líderes de opinión que sean eso, líderes, y no borregos de la opinión pública. Que tengan la capacidad de “escuchar a la calle”, pero que también sean capaces de influir en ella.

Esta dialéctica no es nueva y, de hecho, ha estado presente desde el comienzo del populismo, tal como queda de manifiesto en una carta de 1953, escrita por el Presidente de Argentina, Juan Domingo Perón, a su par chileno, Carlos Ibáñez del Campo. Las expresiones de Perón son tan elocuentes que no dejan lugar a dobles lecturas: “Dé al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que pueda. Cuando a usted le parezca que les da mucho, dele más. Verá el efecto. Todos tratarán de asustarlo con el fantasma de la economía. Es todo mentira. Nada hay más elástico que esa economía que todos temen tanto porque no la conocen”. Los comentarios sobran.

Por suerte, para la historia, Ibáñez del Campo no le hizo caso a Perón, sino que por el contrario, contrató a la famosa Misión Klein-Saks para controlar y combatir la inflación. Sin embargo, parece que hoy no corremos con la misma suerte; son muchos los políticos que prefieren escuchar los cantos de sirenas que promueve Perón, antes de optar por el camino de la cordura y la responsabilidad. Al final del día, tienen razón Los Prisioneros cuando cantan “No es chiste ser mayor / paren mi reloj por favor”.

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