A menos de dos meses para el Plebiscito de Salida, con el período de campaña legal iniciado, y con el Rechazo sobre el Apruebo en todas las encuestas recientes, no son pocos los que podrían pensar que esto es carrera corrida, y que la propuesta de Nueva Constitución escrita por aquel grupo de 155 constituyentes será desestimada por la ciudadanía. Sin embargo, el Rechazo no puede aún cantar victoria. Y este baño de realismo tiene un solo factor: los indecisos.
En efecto, es tan grande aún el número de personas que no se inclinan ni por el Apruebo ni por el Rechazo, que es imposible dar por definida la contienda. Algunos ejemplos: la última encuesta Criteria (que midió hasta el 4 de julio) le otorga un 48% al Rechazo y un 31% al Apruebo, pero mantiene un poderoso 22% de indecisos; do the math. La última encuesta Activa Research, por su parte, apostó fino al distinguir entre indecisos (15,6%), votantes nulos o blancos (2,9%) y quienes declaran que no votarán (7,2%). Pero todos sumados hacen 25,7%, que es más que la diferencia entre el Rechazo (46,3%) y el Apruebo (28%). Es decir, a pesar de la musculatura del Rechazo, aún no puede cantar victoria.
De hecho, la única encuesta que podría hacer saltar en una pata a los partidarios del Rechazo es la encuesta Cadem, ya que en sus últimas tres versiones —de todas las encuestas citadas es la única semanal—le ha otorgado bonos al Rechazo por sobre el 50%, incluso considerando a los indecisos. Pero esta encuesta aún reconoce que quienes no han tomado una opción representan el 12% del universo y, por ello, aún pueden dar vuelta la tortilla.
Ahora, ¿es normal que, a 60 días de una votación, haya tal número de indecisos?
Veamos qué nos dice la historia reciente: dos meses antes de la primera vuelta del año 2017, la encuesta Cadem reportaba 23% de indecisos, muy similar al 23,5% que consideró Activa Research, aunque esta encuesta también reportó 6,9% de votantes nulos/blancos y 10,6% de ciudadanos que aseguraron que no votarían.
Es decir, no estamos muy lejos.
En todo caso, hoy hay que mirar a los indecisos con otra óptica. Porque no hay uno sino dos marcados grupos de indecisos. Están los que no manifiestan opinión, pues no les entusiasma el proceso, o bien no les asusta la multa, y probablemente no vayan a votar. En ese sentido, se pueden parecer mucho a los indecisos de las últimas votaciones y elecciones. Mal que mal, sabemos que por muy obligatoria que sea la elección, nunca se llegará al 100% de participación.
Pero están los otros indecisos. Aquellos que sí participarán, pero no tienen clara su opción. Y no la tienen clara pues, a pesar de que el texto ya está entregado y afinado, les inunda una profunda duda existencial. En una frase, son los que “no quieren votar Apruebo, pero no pueden votar Rechazo”.
No quieren votar Apruebo porque saben que el texto es malo, y en su fuero interno intuyen que si el Apruebo se impone en las urnas, el PC y los sectores más extremos, como los ex Lista del Pueblo harán lo posible por no cambiar un ápice del texto aprobado. ¿Por qué modificarlo, si la ciudadanía votó por dicho texto?
Pero no pueden votar Rechazo. Nunca han votado con la derecha, y se resisten a comenzar ahora. Se les revuelve la guata antes de estar en el mismo saco que Kast, Marinovic o Cubillos. Sí, es verdad que el hecho de que algunos personajes como Ximena Rincón, Oscar Landerretche o Cristián Warnken hayan cruzado el rubicón les hace cosquillas, pero justo cuando la cabeza está haciendo lo suyo, vuelven a sonar las tripas, y echan pie atrás.
Ese es justamente el dilema, para este grupo de indecisos. Cabeza versus tripas.
¿Qué hacer entonces? Sólo queda dar más espacio a estos personajes independientes o provenientes del mundo de la centroizquierda que, de forma valiente y quemando todas las naves, se han atrevido a expresar lo paupérrima que ha resultado la propuesta constitucional, y lo urgente que es comenzar un nuevo proceso para tener una “Nueva pero Buena Constitución”. Sólo otorgando estas boletas de garantías, se podrá lograr que los últimos indecisos dejen tal condición, y logren, aunque sea en el silencio de la urna, votar por lo que consideran correcto para Chile.
*Roberto Munita es abogado.
