El año 2021 será recordado, por lejos, como uno de los años más estresantes que nos ha tocado vivir (y súmele el 2020, y también el 2019, al menos desde octubre). Y aunque el 2022 no se advierte muy distinto, es necesario hacer una pausa, tomarse unas merecidas vacaciones y dejar la contingencia por un momento. Por eso, esta columna —y las del resto del verano— no serán sobre política, comunicaciones o sociología. Me permitiré escribir sobre otros temas, aquellos olvidados, pero que resultan tanto o más importantes para el espíritu que el acontecer nacional.
Y para comenzar este pequeño ciclo, quiero rendir homenaje a quien probablemente sea el autor más importante, más influyente y más respetado de la música latinoamericana de los últimos 50 años. Un argentino que ha pasado por todos los estilos imaginables, desde el blues hasta el rock progresivo, pasando por el folclore, el pop y hasta la música clásica. Siempre con la melodía exacta y la palabra precisa (aunque sin la sonrisa perfecta). Esta va para ti, Carlos Alberto García Moreno. El tipo del bigote bicolor. El astro que se tiró de un noveno piso en Mendoza, a la piscina, y siguió cantando. El genio que cumplió 70 años el 23 de octubre del año pasado. En aquel entonces pensé en escribir esta columna, pero me ganó la política contingente. Por eso, vaya este regalo atrasado.
Es mucho lo que se puede contar de Charly, y una columna no alcanzaría ni siquiera para hacer una breve reseña de su legado cultural, social y artístico. Sabemos que fue un niño que creció con bastantes estímulos musicales, principalmente gracias a su madre, Carmen Moreno, quien trabajaba en una radio AM de folclore en Argentina. Cuenta la historia que un día, acompañando a su madre en una grabación, Carlitos García —de unos cinco o seis años— se dio cuenta que la guitarra del folclorista Eduardo Falú no andaba bien. “El maestro tiene una cuerda desafinada”, le dijo tímidamente a su madre. Ni Falú, ni Carmen Moreno, ni nadie en el estudio se había percatado. Fue entonces cuando supieron que García tenía oído absoluto.
Pero la relación de Charly con la música había comenzado mucho antes. No tenía ni tres años cuando comenzó a interactuar con un piano de juguete que había en su casa. Y como los padres vieron que tenía talento, lo metieron en un Conservatorio para niños. Fue ahí donde —se podría decir— Charly hizo su primera presentación en vivo. Según cuenta Sergio Marchi en el libro “No digas nada”, fue el 6 de octubre de 1956, a las 6 de la tarde. Sin duda, una fecha histórica; para marcarla en el calendario. Carlitos García aún no cumplía cinco años de vida, y ya daba conciertos. Esa vez interpretó dos temas, básicos, por supuesto. Pero no se quedaría allí. Meses más tarde, cuenta el mismo Marchi, en otro concierto del mismo Conservatorio, García se subiría al escenario para tocar una pieza de Chopin. Pero, ya demostrando rasgos de una rebeldía que después desarrollaría con creces, en vez de Chopin se puso a improvisar. Sí, a improvisar. Y todo el mundo pensaba que era Chopin. Sólo su profesora se dio cuenta.
De ahí en adelante, la historia se escribe sola. Formará Sui Géneris con Nito Mestre, el que pasará a la historia como una banda de dulces baladas, pero también con inteligentes incursiones en el blues y el jazz. Charly comenzará a experimentar con nuevos instrumentos como el melotrón y a producir letras cada vez más profundas por un lado, y contestarías por otro (en el último disco del dúo, hubo un par que incluso llegaron a estar censuradas por la dictadura de Lanusse). Al final de este período, Charly se volverá loco con el rock progresivo, el que seguirá desarrollando en otros proyectos como Por Sui Gieco, La Máquina de Hacer Pájaros (con dos tecladistas, ojo ahí), y los comienzos de Serú Girán.
Serú es otra historia, y da para una columna en paralelo. Fueron apodados los Beatles argentinos. Creo que no se ha visto otro nivel de virtuosismo el continente: la agudeza de Pedro Aznar en el bajo, la prestancia de David Lebón en la guitarra, la fuerza de Oscar Moro en la batería, y por cierto, la impecable genialidad de siempre del joven del bigote bicolor. Para los neófitos, es recomendación obligatoria escuchar el himno Seminaré, seguir con Peperina y terminar con Desarma y sangra (qué lujo de música clásica). Alguna vez, creo que en un concierto aniversario de la Fech, Charly interrumpió lo que estaba tocando, paró a sus músicos, y se puso a tocar esta pieza en el piano, señalando que quería recordar “una de sus composiciones más perfectas”.
Tras Serú Girán, Charly comenzará su época más pop, la de solista, con algunas interrupciones en paralelo: dos discos con Aznar, regresos temporales con Sui Géneris y Serú Girán, y su banda alternativa, Cassandra Lange. En los ‘90 perderá el juicio: se cambiará legalmente su segundo apellido a Lange (coimo un homenaje a su abuela Maurine Lange), creará el concepto Say no more, malamente traducible como “no digas nada”, que lo acompañará en sus futuras entregas, y para cerrar la década, caerá desde un noveno piso, “en la Mendoza fatal”, tal como escribe en “Me tiré por vos”. Así lo vimos crecer, fundirse y confundirse. Ir y volver de las drogas. Pero sin nunca jamás dejar de tocar el piano.
Ya perdí la cuenta sobre cuántas veces he visto a Charly García en vivo. Cada vez que venía a Chile (lo digo en pasado, porque no creo que vuelva), consideraba un deber moral ir a verlo. Podía ser que tocara cuatro canciones y se fuera, o un disco entero de principio a fin. Los conciertos de Charly siempre eran una sorpresa en 360º grados. Y siempre existía el riesgo de que fuera el último. Por eso había que ir… aunque así como van las cosas, es posible que él termine por enterrarnos a todos.
Charly cumplió 70 años, y aunque ya apenas se mueve y su voz no es la misma de antes, sigue teniendo una semblanza única. Es un loco lindo, como alguna vez le dijo nuestro Pedro Carcuro, frase que después Charly tomó para su obra autobiográfica (“Vos sos Dios”). Al fin y al cabo, se trata de un músico excepcional que tuvo la suerte, para nosotros, de nacer en Sudamérica. Yo sigo creyendo, y creeré siempre, que si Charly García hubiera nacido en Estados Unidos, estaría a la altura de un Bruce Springsteen o un Jim Morrison. Pero no. Charly es argentino, de la tierra de Borges, Gardel y Maradona. Tenemos esa suerte. Charly es nuestro. Y sufre, al fin y al cabo, el karma de vivir al sur.
