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Los tiempos en que las iglesias cristianas tomaban partido en los conflictos armados quedaron atrás hace mucho. Por cierto, los clérigos acompañan a los ejércitos, confortan a los soldados y les administran los sacramentos, si ello procede. Pero estas actividades no se presentan como alguna forma de apoyo a quienes combaten contra otros seres humanos, sino que se complementan con una postura negativa al ejercicio de la violencia y con crecientes llamados a evitar la guerra o poner pronto fin a ella, cuando ya se ha producido. Las plegarias por una pronta victoria se transforman ahora para orar por un pronto término del conflicto.

Es natural, entonces, que cuando hay un conflicto armado, las posturas de los gobernantes y las jerarquías religiosas sean distintas, o hasta distantes. Unos quieren ganar la guerra; los otros les piden que, si eso debe ocurrir, los muertos y heridos sean cada vez menos. Y a medida que en las guerras van aumentando las víctimas no militares, esta tendencia es cada vez mayor. Las guerras del último siglo han tenido sus escenarios en lugares poblados, las bajas civiles son más que las militares y las bombas caen cada vez más sobre víctimas inocentes. Y ante esa realidad las iglesias son las primeras en pedir que se terminen las batallas y se busque la paz.

El Presidente Donald Trump parece no haber comprendido estas nuevas realidades, al reaccionar airadamente cuando el Papa León XIV pidió poner pronto fin a la guerra en Irán, evitando más muertes que las que ya se habían producido. A ello Trump respondió en su propia Red Social (Truth Social) que “El Papa tiene que entender que Irán ha matado a más de 42.000 personas en los últimos meses. Eran manifestantes totalmente desarmados… Este es el mundo real, es un mundo desagradable”.

El contexto en el cual se produjeron estas declaraciones había sido creado por las amenazas de Trump advirtiendo que, si Irán no aceptaba desbloquear el estrecho de Ormuz, permitiendo el paso de las naves petroleras, el desencadenaría un ataque que destruiría para siempre a Irán: “Toda una civilización morirá, para no volver jamás. No quiero que esto suceda, pero probablemente ocurrirá”, afirmó desde la Casa Blanca, hace dos semanas. Fue entonces que se produjo la declaración del Papa llamando a terminar la guerra. Y lo hizo León XIV con palabras duras: “Basta de guerra”, “Nunca más la guerra”, en “esta hora dramática de la historia”. No era, en todo caso el primer mensaje papal contra la guerra. Ya había condenado, al igual que su antecesor, la muerte de civiles en guerras. Y en las últimas décadas la formulación de la Iglesia acerca de lo que sería una “Guerra justa”, se han hecho mucho más exigente, a medida que van aumentando, en cada conflicto bélico, las muertes de civiles inocentes y la destrucción.  

Ante ese llamado el gobernante de Estados Unidos fue más allá, calificando al Papa gobernante de ser “débil con el crimen” y “pésimo en la política exterior” y preguntándose si, ante los horrores que ocurren en Irán, Dios no estaría “jugando la carta Trump”. Cuando a estas afirmaciones, siguió la publicación más vista en la prensa, con Trump sanando un enfermo como Jesucristo y luego otra en que aparece el mismo Jesús confortando a un Trump con los ojos cerrados. Todo esto en el chat personal del Presidente de Estados Unidos.

Las reacciones fueron tan negativas que llevaron a retirar las imágenes, aunque Trump se negó a excusarse y fue respaldado por su vicepresidente James Vance, un católico declarado.

Pero ante ello el rechazo de los principales cardenales norteamericanos apoyando al Papa se extendió aún más. Tres cardenales estadounidenses cercanos al Papa (Blase Cupich, de Chicago, Robert McElroy de Washington y Joseph William Tobin de Newark) condenaron las políticas de Trump, calificándolas de destructivas y llamando a mantener una «brújula moral» en su política exterior. Fueron seguidos por numerosos cardenales y obispos en Estados Unidos, en Europa y por conferencias episcopales de America Latina.

Las imágenes del sitio web del Presidente aumentaron mucho más la molestia de la Iglesia, incluyendo ahora a sus seguidores más conservadores. También hay sectores de seguidores del Presidente que le reprochan por incumplir su promesa de que durante su gobierno nunca enviaría fuerzas militares a países lejanos. La protesta de la derecha más radical fue protagonizada por el Obispo Joseph Strickland, de Tyler, Texas, un aliado extremo de Trump, quien había sido antes removido de su sede por el Papa Francisco, por su radicalismo, que lo llevó incluso a participar en las marchas conservadoras, a hablar en la Reunión Anual de IPAC, la mayor organización conservadora del país y a bendecir la mansión de Trump en Mar-a-Lago. Ahora Strickland criticó abiertamente a Trump por sus mensajes e incluso criticó la acción en Irán, diciendo que “no es una guerra justa”, por el sufrimiento de los civiles inocentes.

El uso de las imágenes religiosas y los ataques al Papa también causaron indignación en los líderes europeos. La respuesta que más sorpresa causó fue la airada protesta de la Primera Ministra Giorgia Meloni, quien era vista hasta ahora como la principal aliada de Donald Trump en Europa. El choque entre ambos, inesperado y sin precedente, agregó a la lista de enemigos europeos de Trump a Meloni, quien lo reconoció diciendo que “yo creía que era valiente, pero no lo era”. De los mayores países de Europa, ya los líderes de Alemania, Gran Bretaña y España tienen relaciones negativas con Trump y, por lo tanto, Meloni era una aliada esencial. Y ella salió fortalecida en su país, incluso con el apoyo decidido que le dedicó Elly Schlein, primera secretaria del Partido Democrático, el mayor de la oposición en la Cámara de Diputados. Profundizando la ruptura, Giorgia Meloni suspendió la vigencia de un Acuerdo militar de Italia con Israel, en señal de molestia por los bombardeos al Líbano que han acusado centenares de muertos.

Otros europeos dieron muestras de su decisión de apartarse de un conflicto que parece a todas luces insensato. El Primer Ministro británico Keir Starmer, quien inicialmente había accedido a facilitar instalaciones militares británicas alrededor de la zona de crisis ha cambiado su postura, para afirmar que Inglaterra no participará en ninguna operación, a pesar de las presiones por hacerlo; algo similar había manifestado también el Presidente de Francia. Tal vez la postura más transparente sea la del Canciller de Alemania, al declarar hace unos días: “Por encima de todo, lo que se necesita es un acuerdo viable que garantice la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Alemania está dispuesta, tras un acuerdo de paz, a ayudar a garantizar la libre navegación, siempre que haya un mandato y un concepto viable”. Para los gobiernos, a diferencia de las Iglesias, no se trata de paz justa o no justa, sino del daño económico que la guerra está produciendo en las economías. 

La mayor derrota política, sin embargo, tuvo lugar en Hungría. Hacía meses que se veía venir una derrota electoral del más permanente aliado de Donald Trump y Vladimir Putin, el Primer Ministro húngaro Viktor Orbán, quien ha gobernado sin contrapeso su país por 16 años y provocado numerosos problemas al interior de la Unión Europea, no sólo bloqueando acuerdos que exigen unanimidad, sino también generando un clima de hostilidad hacia la alianza que hoy dirige la Unión Europea, acompañado de otros países del Este, como Eslovaquia y Rumania y debilitando también la acción común en la OTAN. En medio del actual conflicto la elección de Hungría pasó a ser un objetivo central de las fuerzas de ultraderecha. Orbán fue apoyado por mensajes en Europa y el mundo. Fue visitado por el vicepresidente de Estados Unidos, quien hizo campaña con él; el propio Presidente Kast le dedicó un mensaje grabado y traducido en los días previos a la elección. Pero la derrota de Orbán ni siquiera fue estrecha; fue un cambio grande en el Parlamento húngaro, a manos de una alianza entre todas las fuerzas restantes, incluyendo a fuerzas conservadoras más moderadas.

El retroceso de la derecha extrema europea -y el giro de Meloni- probablemente signifiquen una mayor estabilidad de la amplia alianza que hoy gobierna Europa y debería ser seguida por otros realineamientos similares. Trump no hizo comentarios sobre lo ocurrido, aunque reconoció el resultado, pero sus criticas a la falta de apoyo europeo en su esfuerzo contra Irán se han mantenido.

El daño causado fue evidente. Trump tuvo en la elección pasada una importante mayoría de votantes católicos, especialmente blancos, pero luego sus políticas extremadamente duras en materias de inmigración provocaron una separación con las jerarquías de la Iglesia. Aun así, en la base católica Trump mantenía un apoyo. Es ese segmento donde parece verse ahora debilitado, ante los ataques del Presidente al primer Papa estadounidense.

Los efectos de la guerra en la política interna de los Estados Unidos no podían esquivarse. Con los precios de la gasolina pasados de 4 dólares por galón, cuando hace pocos meses (en su discurso sobre el Estado de la Unión) proclamaba un precio de dólares; la pérdida de apoyo incluso entre sus seguidores del movimiento MAGA; la molestia ciudadana por una guerra sin destino; y las encuestas nacionales que pronostican su derrota el 3 de noviembre; tuvieron un efecto.

Es en ese marco que se abre paso a las negociaciones en Pakistán, cuyo gobierno mantiene buenas relaciones con Estados Unidos e Irán y es, por consiguiente, un buen mediador. Aunque los primeros esfuerzos fracasaron y los plazos están por vencerse, las negociaciones parecen haber avanzado. El punto de discordia sigue siendo el límite y control del enriquecimiento de uranio, al que Irán no está dispuesto a renunciar. Mantener la capacidad de fabricar unos pocos artefactos nucleares es la única garantía que los ayatolas tienen de que no habrá nuevas invasiones, en un Medio Oriente que es muy hostil contra ellos.

Pero la guerra contra Irán se ha hecho claramente impopular y ya no se trata de ganarla, sino de terminarla pronto. Los mercados mandan y, salvo que Donald Trump escale de su retórica a una acción mucho más violenta, que la mayor parte del mundo y de su propio país condenarían, es probable que termine en un acuerdo parecido al que todas las potencias suscribieron con Irán en 2013 (Acuerdo de Ginebra o Acuerdo de 1 más 6), del cual Trump se retiró en su primer gobierno.  

*Al cierre de esta edición se podría llega a un acuerdo del conflicto.

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1 Comment

  1. Lamentablemente ex senador, dado lo expuesto, tengo que ser super claro y directo. La columna es una retórica de gran hipocresía o ignorancia, dada su basta experiencia, me inclino por la primera opción. En primer lugar la guerra la ordenan políticos como ud, los militares la ejecutan, no la declaran ni inician. Segundo, las víctimas como consecuencia de la orden de políticos, serian según su texto de dos clases, militares y civiles, y a usted solo le duelen las de civiles, que pueden ser terroristas o subhumanos, pero sin uniformes. Toda vida humana vale por si misma, sin diferencias. Tercero, usted se quiere erigir , como buen políticos, en custodio del papá, de la Iglesia, no he visto esa defensoria suya ni de su sector en lo referido a no al aborto y sí a protección de la familia. Están desesperados y perdiendo la compostura, los tienen acorralado, les llegó su apriete en todo el mundo, sus robos y poca democracia han quedado en evidencia.

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