En un pasaje de La verdad y las formas jurídicas, Michel Foucault recuerda que Nietzsche había afirmado en La ciencia jovial (parágrafo 333), contra Spinoza, que para comprender realmente algo es preciso dejar que afloren tres emociones básicas: reír, deplorar, detestar. 

Este consejo no parece ser el más recomendable, especialmente cuando se trata de entender las cosas políticas, que generalmente suscitan en nosotros reacciones acaloradas. Pero como estos asuntos no nos son indiferentes, ¿hasta qué punto no estaríamos adulterando su conocimiento si no permitimos que esas reacciones naturales también tengan su lugar? No se trata de promover una postura irracional ni de justificar discursos de odio. Se trata más bien de sincerar una actitud espontánea en vistas de una mejor comprensión de lo político. Si cuando nos enteramos de algo que afecta gravemente la realidad política, nuestra primera reacción es emotiva, ¿por qué habríamos de renunciar a esas emociones para una mejor comprensión? Así entonces, y en esa inspiración nietzscheana, veamos muy rápidamente si acaso no está bien reír, deplorar y detestar respectivamente en tres casos concretos muy al alcance la mano: Perú, Chile y Argentina.

Comencemos con Perú. Es imposible no reír cuando vemos en las redes sociales al presidente Pedro Castillo intentando explicar una historia de la antigüedad, en la cual el protagonista es un niño que tiene un pájaro en la mano y pretende burlarse de un sabio. Es muy simple: el niño pensaba preguntar al sabio si el pájaro estaba vivo o muerto. Si el sabio decía que estaba vivo, el niño cerraría su puño hasta asfixiarlo; entonces le diría al sabio que se había equivocado. Y si el sabio decía que estaba muerto, el niño abriría la mano dejándolo escapar. Pero el sabio contestó: la respuesta está en tus manos. Castillo reemplaza el pájaro por un pollo y su relato es tan cantinflesco que termina haciendo reír.

Es imposible no reír cuando aparece con ese sombrero inverosímil en actos protocolares. Da risa cuando declara que él no quiere un medio ambiente, sino un ambiente entero, o cuando afirma que los 1.200 países del mundo saludan a Perú. ¿Cómo no reír cuando propone una industrialización del Perú, de manera que pueda compararse a países como Los Ángeles o California, o cuando habla de la guerra entre Croacia y Rusia? Hace reír cuando, corregido el error de los países actualmente en guerra, dice que la lección más importante del conflicto entre Rusia y Ucrania es que los peruanos tienen que vacunarse contra la COVID. Nos reímos cuando en uno de sus memorables discursos declara que “los peruanos debemos unirnos para saquear el Perú, perdón, para sacar adelante al Perú”. También nos reímos cuando comprobamos que en poco más de un año ha efectuado cerca de 70 cambios de ministros. En fin, nadie ha retrucado la última afirmación de Vargas Llosa en una entrevista que puede verse en YouTube: “Castillo es un analfabeto, es un idiota, es el peor presidente de la historia”. En suma, la mejor forma de comprender la política peruana bajo Castillo, es abordarla desde la risa.

Vayamos ahora a la política chilena. ¿No es acaso deplorable el modo en que se dirige la política exterior? Probablemente la verdadera política es la exterior, pues allí se ve a todo un Estado actuando en unidad. Estos desaguisados comenzaron en la misma asunción gubernamental, cuando el presidente acusó a España del retraso en el comienzo de la ceremonia y ganándose con ello una dura réplica del gobierno español. Se debe deplorar también que el presidente afirme algo en la Asamblea General de las Naciones Unidas, y acto seguido su embajador en España sostenga lo contrario. Es imposible no deplorar la conducta adolescente de dicho embajador tomándose fotos que hacen a su intimidad conyugal, y subiéndolas a las redes sociales. No cabe menos que deplorar que el presidente acuse a EEUU de estar ausente en una reunión sobre cambio climático, cuando John Kerry estaba sentado a menos de tres metros de él. Otro episodio deplorable fue el de la postergación de la recepción de las cartas credenciales del nuevo Embajador de Israel, entrometiéndose ideológicamente en asuntos internos de la política israelí y poniendo al país al borde de una severa crisis diplomática.

Veamos, en honor de la brevedad un rápido inventario de cosas deplorables: el asunto del agregado cultural en la Embajada en España, que decide que su sede será Barcelona y no Madrid. La tergiversación malintencionada del número de traumas oculares en la asonada de octubre 2019. El desprecio por los protocolos de vestuario. El caso Héctor Llaitul. El compromiso con la opción “Apruebo” en el reciente plebiscito de salida, cuando la ley manda neutralidad. La insistencia con el asunto de la desigualdad en Chile contra toda evidencia sociométrica. Las razones que obligaron a pedir la renuncia de la anterior Ministra de Interior, quien debe tener el récord de la mayor cantidad de errores en el menor tiempo. Así entonces, no deberíamos dejar de deplorar lo que actualmente sucede en la política chilena si deseamos comprenderla mejor.

¿Y Argentina? ¿No es acaso detestable que todo un país esté puesto patas arriba, tanto en su institucionalidad como en su vida cotidiana, solamente porque la única preocupación política oficial es que la Vicepresidenta pueda obtener el ansiado sobreseimiento frente a las toneladas de pruebas de corrupción contra ella? No se puede no detestar el uso repugnantemente político del supuesto atentado contra su vida, envuelto en preguntas que es muy difícil responder. ¿Cómo no detestar que las máximas autoridades económicas, agobiadas por el problema de una inflación imparable, convoquen a una reunión de alto nivel porque no se consiguen figuritas para llenar un álbum del próximo mundial de fútbol? Es detestable que el presidente mienta descaradamente al país al asegurar que no se hizo una fiesta de cumpleaños en la residencia oficial de Olivos, cuando la pandemia arreciaba y este tipo de reuniones estaba prohibida. ¿Cabe otra actitud que no sea detestar cuando hoy sabemos que la actual Vicepresidenta utilizaba la flota de aviones presidenciales para trasladar mobiliario, vajilla y ropa de cama a sus hoteles en el sur del país? Se ha conocido en estos días el testimonio de los pilotos y mecánicos de esos aviones, y eso acaba de dar lugar a una nueva acusación de peculado contra ella. Los pilotos acaban de declarar incluso que bajo la presidencia de su esposo, un avión oficial volaba los domingos en que ellos descansaban en El Calafate para llevarles los diarios de ese día. Y por último, pero no menor, es que todo allí funciona con el criterio de la reductio ad Macrium, es decir, el culpable de todos los males que aquejan al país, según el actual gobierno, es Mauricio Macri. Detestable.

En suma, no toda la razón, pero mucha razón tiene Nietzsche. Reír, deplorar y detestar parecen ser las mejores vías para una verdadera comprensión, por lo menos en este caso de la política, en estos rincones del planeta.

*Jorge Martínez Barrera es Doctor en Filosofía y profesor universitario.

Académico Universidad Gabriela Mistral

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