Casi una veintena de exconvencionales de la izquierda radical están postulando al Congreso, entre ellos, Bassa, Schounhaut, Achurra, Millabur, Barraza, Loncón, Gutiérrez, Grandón o Woldarsky. El Frente Amplio y el Partido Comunista, líderes en la dirección del proceso constitucional y del actual gobierno, son los partidos que apostaron fuertemente por ellos. La pregunta es: si salen electos, ¿qué harán en el Congreso? ¿Refundar Chile mediante leyes y reformas constitucionales? ¿O fingir amnesia, y hacer borrón y cuenta nueva?
El tema no es menor. ¿Habrán renunciado a las ideas que impulsaron en la Convención? Probablemente, no. ¿Intentarán empujarlas, bajo nuevos disfraces, en el Congreso? Probablemente, sí. ¿Tendrán los votos? No lo sabemos. La izquierda radical puso sobre las cartas sobre la mesa con el proyecto constitucional de la Convención, y todo el proceso de construcción de las normas (discusiones en las comisiones y primeros borradores). Eso es en lo que creen, esa es su visión de Chile y a eso volverán, una y otra vez. No hay espacio para la ingenuidad. La presunción de mala fe respecto a su futuro trabajo legislativo está plenamente justificada.
En el fondo, ¿realmente creemos que Loncón se conformará con un proyecto de ley para promover los derechos lingüísticos de los pueblos indígenas en lugar de buscar vías para, gradualmente, abrir camino a la plurinacionalidad? ¿Que a Bassa le bastará con el umbral del 5% de los partidos a la reforma del sistema político y no avanzará en medidas más radicales? Ya solo el hecho de reabrir esas discusiones es una victoria para ellos.
Desde el aborto libre hasta la plurinacionalidad, desde los sistemas de justicia preferenciales a la inflación del Estado como único garante de los derechos sociales, todas las ideas están disponibles para reabrir discusiones y buscar cambios con el solo objetivo de refundar Chile.
El cambio en los quórums constitucionales dobla el riesgo. El Rechazo no tiene asegurada la elección parlamentaria. Si no alcanza la mayoría, la izquierda radical, capitaneada por los líderes de la Convención, no dudará en cambiar las normas y luego reforzarlas con los mismos candados que tanto criticaron. Y nada asegura que con la actual integración del Tribunal Constitucional se puedan detener estos intentos refundacionales. El constitucionalismo transformador no desapareció el 4S.
¿Se puede separar al autor (y su comportamiento) de su obra? Carlos Peña, al diferenciar entre el comportamiento de los convencionales y el borrador constitucional, creía que sí, puesto que «los textos tienen la rara cualidad de independizarse de sus autores». Sostuvo que para desentrañar el sentido de un texto: «se trata de saber lo que el texto dice, no cómo fue la vida o la conducta de sus autores (…) no [se] entiende … un manual de instrucciones para su automóvil enterándose de quién lo escribió y cómo era». Insiste en que lo importante es: «el sentido del texto, porque se independiza de la voluntad de quienes intervinieron o las circunstancias del medio de las que se produjo».
Peña se equivoca. Incurre en una falsa analogía o equivocación categorial. La Constitución y las leyes no son textos meramente técnicos. No buscan regular un procedimiento eficaz para obtener un resultado, sino ordenar la conducta humana libre conforme a la justicia y el bien común. Peña confunde la praxis con la poiesis. La verdad es la contraria: el carácter moral del legislador influye en sus elecciones de fines y de medios. Las leyes son órdenes a determinados fines. Por tanto, las leyes que promueven son, en gran medida, proyecciones de su propia autobiografía. Nos es exagerado sostener que las leyes -como también un programa de gobierno- son una prolongación del ethos político del gobernante. No se puede prescindir de la historia personal ni del contexto histórico y social para entender un texto jurídico y político. Si hubiese candidatos al Congreso que fueron autores de proyectos de leyes que no han contribuido al bien común y ahora buscan una reelección, ¿no es razonable considerar ese antecedente para no votar por ellos?
La presunción de mala fe está totalmente instalada y plenamente justificada para no votar por los convencionales octubristas que pusieron a Chile al borde del precipicio.

Así es, y los que lleguen serán tan pocos, que da lo mismo los proyectos que presenten, no pasará ningún proyecto de ese tipo