qatar 2022

¿Cuánta política es inherente a la industria futbolística y cuánta política se le puede insuflar a este deporte, especialmente en momentos de victorias? Son dos grandes preguntas que, cada cierto tiempo, suben a la superficie de la mano de imágenes y de trascendidos, para luego sumergirse en profundidades inalcanzables. La realización de campeonatos mundiales (antes, durante y en los días posteriores a cada evento) son momentos extraordinariamente sensibles a estos temas. Ocurrió ahora en Qatar. 

En materia de imágenes, ello se apreció durante la entusiasta participación del presidente francés, Emmanuel Macron en la final del campeonato, a la cual asistieron, además, varios políticos de todo el orbe y, por supuesto, un buen contingente de jeques qataríes. No estuvieron ahí como simples observadores. Aún más, poco antes se había observado otra faceta política de este deporte, cuando graves desórdenes se produjeron en ciudades belgas y francesas tras los resultados de ciertos partidos en las fases iniciales. 

Sin embargo, las dos preguntas planteadas se remontan a las negociaciones de adjudicación de la sede, hace ya varios años. La de Qatar se negoció junto a la de Moscú y abundaron las acusaciones de excesiva discrecionalidad, de corrupción abierta o encubierta y de privilegiar cuestiones netamente comerciales. Parecen críticas caídas de Marte. La naturaleza de estas competiciones no es sólo deportiva, sino política y comercial. Ello aparte de una constatación obvia. No existen cosas gratis en la vida, ni menos un espectáculo de este calibre.

Pero a propósito de Qatar, las preguntas cobran especial realce. Las críticas fueron mucho más lejos. Se le enrostró no tener tradiciones futboleras (argumento sazonado con un toque indisimulado de arabofobia), mientras que unos cuantos escandalosos presagiaron fiascos monumentales en los estadios, debido a la excesiva temperatura del país. Los fanáticos más ideologizados contaron con generosa atención de aquellos medios de comunicación más tentados con el sensacionalismo y buscaron demonizar estadios con el argumento de estar manchados con la sangre de miles de obreros-esclavos. En esta línea no faltaron las críticas a los jeques por no tener una visión suficientemente amplia en materia de diversidad sexual. Fue evidente que Qatar sufrió un asedio bastante mayor que el de anfitriones anteriores de estos campeonatos.

Sin embargo, los éxitos obtenidos por este país merecen una copa adicional. Pese a todos los malos augurios, el diminuto emirato del Medio Oriente, consiguió realizar un campeonato muy destacable desde el punto de vista organizativo. Fue un verdadero ejemplo de tenacidad y orden. Luego, la diosa Fortuna lo apoyó inyectándole a los jugadores un nivel de competitividad excepcional. Los vencedores de cada partido, de cada fase y, desde luego, de la final, fueron ampliamente reconocidos por su estado físico y sus habilidades en el terreno de juego. Los tumultosos festejos en Argentina, Marruecos y otros lugares, atestiguan la enorme felicidad generada en esta oportunidad.

Por su lado, la familia anfitriona, los Al Thani, demostraron un olfato fuera de serie y, con la realización de este campeonato, pusieron a su país en el escenario internacional. Fue un golpe quizás tan importante como cuando se les ocurrió crear la cadena de TV Al Jazeera. Al apostar por el fútbol, Qatar dio muestras de aquello que se sospecha desde siempre. Que mientras más popular sea un deporte, mayor impacto político tiene. Y mientras más impacto tenga a nivel nacional, o al interior de cada país, mayor resonancia simbólica alcanza. Los deportes, especialmente los más colectivos (aunque no sólo aquellos), despiertan sentimientos ante los cuales es imposible permanecer indiferentes. Por eso, es dable asumir que el propósito de los Al Thani fue popularizar el fútbol en su país y generar un hecho de alcance global. Y quizás soñar con la organización de una super-liga en el futuro. En tales propósitos se confirma que fueron los primeros en esa zona del mundo en detectar al fútbol como industria global, invertir fuerte en ella y tomarla como instrumento político internacional. En eso, su triunfo es categórico.

Aún más. Es probable que Qatar siga impresionando. Dado que no necesita los seis estadios, dejará sólo uno y disminuirá el tamaño de otros dos. El resto será reciclado en nuevas construcciones, probablemente como centros comerciales. Como se sabe. Brasil, Sudáfrica y varios otros países gastan aún hoy enormes recursos en mantener estadios mundialistas en desuso. Impone así Qatar una lógica nueva por entero. Infraestructura on demand. Construir y, una vez cumplido el objetivo, desmantelar.  

Este campeonato dejó, entre tanto, otros ganadores. Por de pronto, la FIFA, al ser capaz de dar un paso más en su esfuerzo por extender este deporte hacia lugares poco asociados a su práctica. Ya no parece lejano el momento en que un campeonato mundial se escenifique en China. Otro gran vencedor también fue Marruecos, país que se alza ahora como gran potencia emergente. En tal razonamiento cabe esperar que aparezca en el horizonte como posible nuevo organizador.

Luego, este último campeonato dejó al descubierto una faceta del fútbol que pocos desean admitir. Es aquella que lo vincula a atmósferas y sentimientos extraños, donde se mezcla de manera desembozada la inclusión con la exclusión, las adherencias con los rechazos, la inocuidad y la toxicidad de los juegos verbales, la santificación de personajes centrales de la actividad. El triunfo argentino dejó en claro que el fútbol es asumido en algunos países como una especie de religión sustituta. Un tema de gran interés, especialmente en países convulsionados con crisis institucionales.  

Maike y Mathias Schäfer han estudiado preliminarmente este tema desde la sociología, logrando establecer circunstancias, apreciaciones y conductas marcadas por impresionantes paralelismos entre feligreses católicos y cualquier hinchada altamente futbolizada. Estos autores distinguen al menos cuatro.

Primero, similitudes de tipo perceptivo espacial entre el estadio y la iglesia. A ambos se les entiende como lugares de culto, especialmente consagrados para actividades litúrgicas. La iglesia y el estadio son vistos como una extensión del hogar y, por ende, un refugio para lo propio, lo íntimo. 

Segundo, el significado perceptivo de los símbolos colectivos. En ambos casos, los símbolos juegan un papel diferenciador respecto a los otros, sean totalmente profanos o bien dotados de una sacralidad distinta. Los emblemas, los gorros, las camisetas, bufandas etc. son como los rosarios. Artilugios sagrados. Y los diseños y colores son comprendidos en clave identitaria, sea del club o de una selección nacional. 

Tercero, en ambos casos, religión y fútbol, hay cuestiones devocionales que se remiten a mitos inescrutables. Es decir, se teje un relato identitario acerca de los orígenes y grandes logros obtenidos por un determinado club o por una selección. En el caso de los clubes, aunque estos tienen un ingrediente identitario territorial, no se oculta una línea diferenciadora dotada de un espesor social muy poco discernible. Esto se aprecia en las eternas e insuperables rivalidades entre el AS Roma y la Lazio, o entre el 1860 München y FC Bayern München, entre River y Boca, o entre Rosario Central y Newell´s, o bien aquí entre Colo Colo y Universidad de Chile. Algo similar se da cuando una persona religiosa explica porqué es católico y no musulmán o pentecostal e, incluso, por qué va a una iglesia y no a otra.

Cuarto, en los cánticos religiosos y del fútbol también se observan paralelismos. En ambos se orientan a reforzar la cohesión y el sentido de pertenencia. Es a través de los cánticos donde exteriorizan emociones compartidas. Es la vía para la que un feligrés o un hincha se sienta parte de un todo. 

Este listado de paralelismos entre fútbol y religión se ve sugerente a la hora de tratar de entender esa fiesta colectiva argentina y los matices allí observados, como la alegría inconmensurable de recibir reconocimiento internacional en momentos en que como sociedad y economía se encuentra en grave crisis. Ello permite comprender ese afán de endiosamiento de una figura provinciana, como Messi, sin lastres domésticos, (pues fue sacado de niño de Argentina), que lo despoja de rabias o animadversiones tan presentes en otros ámbitos de la vida nacional. Messi cruza la sociedad argentina entera. Es a través de él donde se plasma una conducta de trazos religiosos, orientada a la búsqueda casi desesperada de signos identitarios comunes, alejados de las profundas grietas que exhibe la sociedad. ¿Qué irá a ser de Argentina una vez concluida la marea del Mundial?

Ya en un plano ex post, este conjunto de cavilaciones está siendo criticado, por los mismos que presagiaron el fracaso de Qatar. Se las moteja negativamente como sportwashing. Sin embargo, la industria futbolística demostró, una vez más, mantener una vitalidad y un magnetismo muy superior al de sus críticos. Queda abierta en todo caso la pregunta sobre su función como religión sustituta.

*Ivan Witker es académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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