La dicotomía “pueblo-élite” será uno de los ejes de la elección presidencial este 2025, según han comenzado a argumentar algunos dirigentes. En términos prácticos y muy orientados a la situación electoral, es una forma de distinguir a una candidata que, habiendo nacido en sectores populares y teniendo una atractiva historia personal, hoy tiene la posibilidad de llegar a la primera magistratura. En buena medida, ello está relacionado con el contraste que representarían otras figuras que son parte de la élite y que también participan de la competencia política, sea al interior de la izquierda o frente a alternativas de derecha.
Como es obvio, en cada campaña los diferentes candidatos deben potenciar sus virtudes o características personales que tengan mayor aceptación, así como pueden relevar los problemas que presenten los adversarios. Además, tienen que exponer sus ideas, proyectos e iniciativas que puedan hacer sentido a la ciudadanía, y contrastarlo con aquellos que plantean sus adversarios. Dependiendo de la correlación de fuerzas, algunas cosas podrán hacerse al llegar a La Moneda con gran ilusión y otras quedarán hasta nuevo aviso. Sin embargo, es distinto cuando se entiende que parece necesario extremar las diferencias sociales y se plantea la lucha política como una manifestación de una disputa social permanente.
En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels sostenían que la historia de todas las sociedades hasta el presente era la historia de luchas de clases, cuestión que se había potenciado en el contexto de la sociedad burguesa, en la cual se producía el enfrentamiento entre la burguesía y el proletariado. A la larga, este último triunfaría mediante la subversión violenta del orden social existente, y daría paso a una nueva historia. Desde 1848 hasta hoy ha corrido mucha agua bajo el puente. Ha habido avances en la sociedad, mejoramiento en las condiciones de vida, renovación y complementos en el pensamiento de la izquierda, aprendizajes en las derechas, cambios en el desarrollo económico y resultados en el progreso social. El mundo cambió, Chile también y la realidad actual es muy diferente a la que existió hace más de 175 años.
A pesar de lo anterior hay cosas que se mantienen, tanto social como políticamente. Una de ellas es la dicotomía pueblo/élite, los de abajo y los de arriba, los pobres y los ricos. Hoy la fórmula de contradicción entre burgueses y proletarios está casi desaparecida, pues han cambiado tanto los conceptos como la realidad. Y, cada cierto tiempo, reaparecen tanto la doctrina como la sensación de lucha de clases, o de disputa entre distintos sectores de la sociedad, de imposibilidad de lograr acuerdos o la “conciliación” que tantas veces se ha criticado como oportunista o traidora.
El tema ha vuelto a estar presente en los últimos años, tanto en la teoría política como en la realidad. Las corrientes populistas de fines del siglo XX y comienzos del XXI han hecho de la díada pueblo/élite una de las bases de su comprensión de la realidad y de reafirmación de su proyecto político. Así aparece en los escritos de algunas figuras políticas relevantes en América Latina o en España, así como en las teorías de pensadores como Ernesto Laclau o Chantal Mouffe. Por todo ello, no es raro que en un proceso electoral resurja el asunto, aunque en este caso se refiere a la identidad social y política, más que a las tradicionales fórmulas de división entre clases sociales y las luchas que desarrollarían unas contra otras.
Estamos en el año 2025, con una larga experiencia acumulada de aciertos y errores. Por lo mismo, es bueno plantearse qué necesita Chile hacia el futuro. Como en otras ocasiones, pensamos que nuevamente la lucha social será un factor de división, aunque no quizá de enfrentamiento, y menos todavía en la expresión de “lucha de clases”. Pero sí veremos repetidos comentarios despectivos hacia la “élite política”, quizá frente a los ricos o quienes han tenido mejores oportunidades a lo largo de su vida. Eso se pudo apreciar en las primarias de la izquierda desde la candidata del PC hacia sus compañeros de coalición y ha emergido también en las últimas semanas. Si la discusión se amplía y se transforma en doctrina, la división social y alguna versión aguada de la lucha de clases serán parte de la realidad de la política y de la vida social del país.
La realidad debe ser otra. Chile requiere, de manera urgente y consistente, un proyecto nacional serio, coherente, ambicioso, con un profundo sentido de integración social. Chile es un país notable, tanto por sus riquezas naturales como por la calidad de su gente; por los logros de su historia y por las posibilidades presentes. Es verdad que el país ha vivido años difíciles, que durante la revolución de octubre de 2019 se agudizaron muchos traumas y la división se entronizó en la sociedad y la política. Desde entonces hasta hoy ha habido muchos momentos en que la polarización ha estado presente, que han fracasado sucesivos proyectos constitucionales y que la sensación de decadencia parece haberse instalado en muchos ambientes. La situación de crisis, el malestar de la política, el crecimiento de la delincuencia, un deterioro en el ritmo del progreso, el aumento de los campamentos y tantos otros temas -muchas veces olvidados- nos llevan a pensar que el futuro será peor y que está cargado de nubarrones.
Por lo anterior, es necesario enfrentar la división social con unidad, fortalecer el conjunto del país sin que nadie se quede atrás, mejorar la educación sin ambigüedades ni mediocridad, ser capaces de retomar el ritmo del crecimiento económico, de ampliar la clase media y de mantener la decisión de enfrentar el problema de la pobreza. En términos personales, la solidaridad debe ser más fuerte que el individualismo, el compromiso debe derrotar cualquier apatía y la confianza en el futuro de Chile debe aplastar el pesimismo. La unidad social no sólo debe ser una aspiración, sino también debe ser el camino. Debemos estar conscientes que ello no será fácil, tanto por la historia reciente como por la situación actual. Sin embargo, parece claro que al menos es necesario tener ciertas convicciones básicas para enfrentar el futuro, de lo contrario lo haremos con la confusión que ha dominado la vida del país en los últimos años.
Cada uno de nosotros debe tener un legítimo orgullo de ser provinciano o capitalino; hombre o mujer; con ancestros europeos, de pueblos originarios o de larga data nacional; o bien de un origen más modesto o más acomodado. Pero todo eso pasa a ser un simple dato cuando se aprecia con sabiduría y convicción la inmensa tarea que tiene Chile por delante, frente a lo cual la división social está condenada al fracaso, mientras el espíritu unitario representa el signo de una recuperación tan necesaria como urgente.
