gabinete

La suerte está echada. El Presidente electo ya ha definido el núcleo central del próximo gobierno (al menos para el primer tiempo) y el 11 de marzo está a la vuelta de la esquina. Convertir a un grupo heterogéneo de ministros en un auténtico equipo constituye todo un desafío y parte importante del éxito de Kast dependerá de su capacidad de amalgamar lo diverso, de convocar en torno a un proyecto común a personas con sensibilidades y trayectorias muy distintas. La posibilidad de integración tiene que ver con elementos humanos y técnicos, pero sobre todo con una visión compartida sobre lo que están haciendo juntos, indispensable para dotar al gabinete de cohesión y consistencia verdaderamente política.

Como era de esperar, la elección de los nuevos ministros y los otros cargos centrales ha despertado intenso debate, y es indudable que su composición -libre y distante de los partidos- entraña no pocos riesgos, vinculados a la inexperiencia pública y a la dificultad de articulación con el Congreso (aunque no digamos que éste se ha caracterizado por la disciplina partidaria en los últimos años). A la vez, la apuesta de Kast oxigena de un modo inédito un panorama político desgastado, que lloraba por renovación y perspectiva. Ante un sistema de partidos extraordinariamente debilitado y una crisis de representación severa, un diseño alternativo, conducido con cuidado y talento, podría favorecer una reconfiguración que introduzca aire y dinamismo en un escenario políticamente deprimido.

Ahora bien, como se ha dicho estos días, el éxito de este arriesgado diseño descansa en la capacidad de lograr un equipo articulado, de evitar el riesgo de convertirse en una yuxtaposición de individualidades discordantes, y adquirir una mirada común capaz de aunar la pluralidad de perfiles y visiones sectoriales. Es difícil exigir esa cohesión antes de que el gobierno asuma -más aún si uno celebra la transversalidad del gabinete que el Presidente electo se atrevió a conformar- pero urge conseguirla en algún grado dentro del plazo breve de unos pocos meses, o cualquier intento de auténtica conducción no pasará de ser una utopía (y el desperdicio de una oportunidad excepcional de contribuir a superar la crisis de los últimos años).

¿Qué podría favorecer la integración del equipo gobernante? Por de pronto, el foco común en ciertas urgencias sociales y la comunicación fluida al interior del gabinete de cara a esas cuestiones, unido a la capacidad de dar pronto señales de que se trabaja de manera coordinada y eficaz por enfrentarlas. Junto a lo anterior, la coherencia de todos los ministros -en sus distintos estilos- con el tono sobrio que ha sostenido Kast las últimas semanas, esto es, el afán deliberado de alejarse de toda forma de espectáculo y el esfuerzo por cultivar una veracidad compartida que pueda reconstruir la confianza pública. Y, en el trasfondo de todo esto, una visión común de lo que significa gobernar: una idea de autoridad distante de todo paternalismo, una que busque activamente la participación, que no subestime a los ciudadanos, sino que se oriente a contar con ellos, a rescatar las energías sociales en favor de problemas compartidos que ningún presidente ni ministro estará en condiciones de enfrentar solo.  

Lo que requiere el gobierno para cumplir su misión no es la cerrazón hermética de quienes se entienden entre sí y van adelante con sus banderas propias a cualquier precio. No se trata de empujar un conjunto de “causas” ni de intentar rediseñar unilateralmente un país, como se ha pretendido tantas veces en el pasado. La cohesión que puede ser eficazmente transformadora sólo puede venir de la captación atenta de algo que trasciende al reducido grupo de quienes desde marzo tendrán la misión de representarnos a todos. No se trata de renunciar a las propias convicciones, sino de tomarse en serio el proyecto común como el corazón de todas ellas.

El Presidente electo ha dado señales fuertes en esta dirección en las últimas semanas. Está por verse si, a partir del 11 de marzo, el equipo que ha formado se fragua en esa visión política compartida y es capaz de traducirla en una práctica.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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