indigenismo

“Todo era una farsa, un fraude, una ficción; era un sistema que nunca evolucionó”, dijo el popular cineasta y músico serbio, Emir Kusturica cuando le pidieron describir el régimen de Tito en Yugoslavia. Palabras muy fuertes de un hombre de las artes, reconocidamente de izquierda, para con ese líder que parecía haber descubierto un tercer camino; una veta promisoria entre el capitalismo y el comunismo. Lo interesante es que sus palabras calzan hoy en día de forma perfecta con el experimento plurinacionalista boliviano.

Son palabras interesantes, porque los bolivianos, de la mano de Evo y de Luis, parecían haber encontrado también un camino propio y promisorio. No pocos intelectuales y políticos progre alababan lo que veían como un proyecto consensuado y genuinamente identitario. Y, más aún, alcanzado por la vía democrática. Parecía un tremendo ingrediente en la batalla de las ideas. Era el etno-socialismo.

Los más fanáticos se mostraban impresionados con el manejo impecable que decían tener de las finanzas. Decían estar ante un auténtico “milagro económico”.

No es un misterio que la arcadia aymará se convirtió en la joya de la corona para el llamado progresismo latinoamericano. Al interior de éste, se podían aceptar algunas contradicciones y diferendos, pero nadie osaba criticar la indofanía boliviana.

Su líder, Evo Morales, era buscado por artistas que veían en él un dirigente del futuro. En el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata de 2022 se estrenó “Seremos millones”, un documental que narra la trayectoria del dirigente cocalero.

Pero resultó que el etno-socialismo no es más que una visión museal de la sociedad. En los hechos, una farsa, un fraude y una ficción, en palabras de Kusturica.

El quiebre al interior del MAS, hace ya algunos meses, dejó en evidencia que había exageradas esperanzas depositadas en ese proyecto. Pero aún así, los más febriles seguían creyendo que se trataba de una “crisis de crecimiento” y que la “riqueza ancestral” del MAS pondría las cosas en su lugar.

Hace un par de semanas todo se derrumbó de manera definitiva. El desencantamiento llegó a su clímax. Un bizarro despliegue de militares en torno al palacio presidencial fue recibido con asombro y perplejidad en Bolivia y en el extranjero. Un despliegue confuso. Indescifrable.

Nadie encontraba respuestas a esas maniobras tan enigmáticas. ¿Quién pudo haber mandado a esos soldados a movilizarse de esa manera?

Ocupar la plaza, sin ocuparla. Tomarse el palacio de gobierno, sin tomárselo. Anunciar un nuevo gabinete sin deponer al Presidente. Un aparente rompecabezas.

¿Golpe?, ¿autogolpe?, ¿narcogolpe?, ¿intromisión del imperialismo?, ¿fin de la democracia?, ¿asonada militar?, ¿retorno al gorilismo?, ¿levantamiento castrense similar a un Plan Cóndor para apoderarse de los recursos regionales? Se escucharon y leyeron infinitas apreciaciones. Cuál de todas más delirante.

El sainete vivido el 26 de junio indica tres cosas.

En primer lugar, el fracaso estrepitoso del plurinacionalismo. Como resultado de todo esto, lo más probable es un cambio de rumbo y afianzamiento de una línea algo más pragmática. Por ende, menos pachamámica. Más criterios geopolíticos que pureza ideológica indígena. Eso explica tanto el apoyo inmediato brindado por Maduro a Luis Arce como un viaje del Presidente Arce a Europa, considerado clave para los años venideros, y realizado poco antes del despliegue militar.

En segundo lugar, inevitable será un recrudecimiento de la lucha intestina entre los “hermanos” Evo y Lucho. La disputa por el poder, entre dirigentes con tales niveles de narcisismo, seguirá su espiral de violencia y sangre. Una dinámica nada alejada de la propia historia del país.

Se suele olvidar, por ejemplo, que el Palacio Presidencial recibe su curioso nombre de un hecho bastante brutal. En 1875 fue incendiado por turbas que querían deponer al presidente Tomás Frías. Pero las turbulencias venían desde antes. En los años previos a aquel infausto suceso, en el mismo palacio había sido asesinado Manuel I. Belzú. Fue una disputa a balazos por la Presidencia con Mariano Melgarejo, ese pintoresco dictadorzuelo que regaló, en estado de intemperancia, enormes territorios a Brasil. Tampoco debe olvidarse la larga lista de sucesos sangrientos ocurridos allí décadas más tarde, a lo largo del siglo XX. El Presidente Villarroel, por ejemplo, fue arrastrado malherido y ahorcado en un farol frente al palacio Presidencial.

En tercer lugar, y aunque suene paradójico, el MAS debería superar su actual etapa agónica. Ese partido, que fuera por largos años el gran instrumento de poder, ha terminado en un hervidero de calamidades. Sin embargo, su existencia es imprescindible para una recomposición de largo plazo sobre criterios geopolíticos. Bolivia no es un cantón suizo y su trayectoria demuestra ser un país ingobernable sin una amplia estructura partidista para el control territorial-electoral. Eso Arce lo sabe.

En definitiva, el ejercicio militar urdido en Plaza Murillo, enfrente del palacio Presidencial fue un sainete tosco. Una artimaña rebuscada. Sin embargo, explicable en un plan destinado a cambiar el eje de la discusión política nacional. La lucha por el espíritu boliviano posiblemente necesitaba un remezón de tales características. Un no-golpe.

Hasta hace muy poco, el ambiente era de un gran lamento fúnebre. No sólo se habían secado las arcas presupuestarias con la falta absoluta de dólares. Había un inocultable empantanamiento de la vida política. Hasta había desaparecido el boato y la pompa que suelen tener las posiciones de poder.

En consecuencia, el sainete debe ser entendido como un paso más hacia el final del experimento plurinacionalista. El evismo, con su irreductible postura indigenista, su imposibilidad de generar un proyecto político y con una agresiva línea frente a sus vecinos, sólo fue una de las tantas materializaciones del progresismo latinoamericano.

La economía en estado de completa quiebra es el mejor indicador que la lucha por el poder sigue siendo una cuestión más bien raquítica. Por eso, las palabras de Kusturica retumban ahora también en el altiplano. Farsa, fraude y ficción.

No se ve otro camino que inaugurar de a poco una etapa nueva. Una especie de post-indigenismo.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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