Andrés Velasco es uno de los economistas chilenos más distinguidos. Su currículum académico es impresionante y alcanzó una de sus cumbres cuando asumió el decanato de la Escuela de Políticas Públicas de la London School of Economics. Tampoco la política le ha sido ajena. Fue ministro de Hacienda durante el primer gobierno de Michelle Bachelet, cuando ella todavía encabezaba una coalición fiel al espíritu de la Concertación de Partidos por la Democracia. En esos años fue distinguido dos veces como el mejor ministro de Hacienda de América Latina por revistas internacionales de primera línea, fundó posteriormente un partido político (Ciudadanos) y llegó a competir como precandidato presidencial.
Pero lo que interesa destacar aquí no son esos méritos, sino una cualidad menos comentada: su capacidad de decir con claridad aquello que otros prefieren envolver en fórmulas ambiguas. Invitado hace algunos días a reflexionar, desde la centroizquierda, sobre la pregunta “por qué perdimos”, Velasco habría podido recurrir a una larga explicación académica. Optó, en cambio, por la sencillez: mostró las imágenes de Lautaro Carmona y Nicolás Maduro y resumió el punto en una frase: porque nos asociamos con quienes no piensan como nosotros.
Puede parecer muy sencillo y quienes se oponen a lo que él piensa no dudaron en calificar su idea como “pobre” o de ser, él mismo, un “representante de la derecha”. Pero con toda su sencillez, se trata de una idea absolutamente veraz porque, en política, como en la vida, decir con quién se anda es también decir quién se es.
Eso fue lo que entendió y ofreció a Chile la Concertación de Partidos por la Democracia y fue también el momento en que los sectores que hoy se identifican como Socialismo Democrático alcanzaron su mayor fortaleza. Fue entonces cuando lograron consolidar una identidad propia: una centroizquierda reformista, pragmática, moderada en las formas, pero ambiciosa en sus objetivos; una fuerza política capaz de impulsar transformaciones profundas mediante acuerdos amplios y consensos democráticos. Era la política del progreso “en la medida de lo posible” de Patricio Aylwin, que permitió combinar estabilidad institucional, crecimiento económico y avances sociales. Aquella identidad produjo además una generación de dirigentes con alta calificación técnica y política, entre los cuales el propio Andrés Velasco constituye un ejemplo destacado.
Cuando ese mundo político comenzó inexplicablemente a avergonzarse de su propia identidad, empezó también su decadencia. Decidieron preocuparse menos de los millones de chilenos y chilenas que habían contribuido a rescatar de la pobreza y a preocuparse más -o solamente- de los cientos que habían aumentado su riqueza. Al apartarse de la tradición que habían construido, de dirigentes pasaron a dirigidos. A ser seguidores de fuerzas que tenían otro proyecto para Chile.
La única vez que el Socialismo Democrático volvió al gobierno después de ese proceso fue como suplente de titulares (disculpen la referencia futbolística, pero estamos en pleno Mundial). Los titulares eran nuevas generaciones políticas que no les ocultaban su desprecio, convencidos de una auto adjudicada superioridad moral y conducidos por un presidente que mostró cuál era su verdadero pensamiento político y su proyecto para Chile al apoyar sin titubear y poner todo su gobierno al servicio de la opción Apruebo en el plebiscito de 2022. Pero, ya está dicho, cuando fueron llamados a parchar los agujeros que estos jóvenes iban dejando a su paso por la institucionalidad del país, ya no eran conductores, sólo iban a reparar daños, eran conducidos.
Eso es lo que planteó hace algunos días Velasco con abrumadora sencillez. Y reconocerlo no significa abandonar la izquierda ni caer en el anticomunismo, acusación que inevitablemente se enarbola cuando se exhibe esa irrefutable realidad. La identidad de izquierda no depende de la cercanía con el Partido Comunista ni mucho menos de la simpatía hacia dictaduras como las de Maduro en Venezuela, la familia Ortega en Nicaragua o la familia Castro en Cuba. La identidad de izquierda está asociada a la voluntad de cambio social que caracteriza a una fuerza política, así como la identidad de derecha está asociada a una voluntad conservadora.
Pero una misma voluntad de cambio puede expresarse de maneras muy distintas. Y en el Chile de la tercera década del siglo XXI existen visiones muy diferentes respecto de la profundidad, velocidad y mecanismos de esos cambios. Algunas de esas visiones son simplemente incompatibles entre sí. Por eso no existe una sola izquierda. Y si no existe una sola izquierda, tampoco puede existir la unidad de una izquierda única que en realidad nunca ha existido.
Por eso, también, es que quienes han criticado la visión de Andrés Velasco, como Francisco Vidal, se han limitado a usar como argumento que esa unidad es necesaria por razones puramente electorales: “…para recuperar municipios y gobernaciones, y también la mayoría en el Parlamento, y también La Moneda, el único camino posible es la unidad de la centroizquierda con las izquierdas”, dijo. Pero Vidal y quienes piensan como él olvidan que en democracia no se ganan las elecciones sin que se sepa para qué, a menos, claro, que el objetivo único sea el de poder repartir cargos entre los propios seguidores. En democracia se trata de ganar votos para un proyecto, de lograr el poder necesario para impulsar una idea, un objetivo que debe primero hacerse carne en el sentimiento de las mayorías antes de que esa mayoría se manifieste en una elección. Y la posibilidad de mostrar esa idea, su idea, es la que el Socialismo Democrático ha extraviado, confundida con las ideas de otros que han terminado por arrastrarlos a experiencias tan negativas para el país y para ellos mismos como su apoyo a la opción Apruebo en ese plebiscito de 2022.
Hace algunos días se anunció que el Socialismo Democrático presentaría una propuesta propia para modificar el proyecto de Ley de Reconstrucción impulsado por el gobierno. Esa sería una excelente oportunidad para comenzar a reconstruir una identidad diferenciada y reconocible. Sin embargo, en el momento de escribir estas líneas aún no se conoce esa propuesta y en su lugar el Socialismo Democrático parece envuelto en un debate relativo a si rechazar o no la idea de legislar ese proyecto, aunque aparentemente sigan dispuestos a presentar sus propias ideas para modificarlo. Es decir, nuevamente se han dejado llevar a lo accesorio guiados por el influjo de quienes Velasco considera malas compañías.
Si eso no cambia, habrá que concluir que Andrés Velasco no sólo tiene razón al explicar por qué perdieron, sino también al sugerir que quienes se hacen esa pregunta todavía no están dispuestos a abandonar el camino que los llevó precisamente a esa derrota.

Excelente y contundente lo planteado. Gran error como expuso, fue seguir ideas de Maduro y de Carmona, y un error no menor es tener personas como Vidal, cero doctrina, cero convicción, solo las ganas y ansiedad enfermiza de lograr y mantener poder a cómo de lugar.