FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO

Hace mucho que se está luchando por mejorar la calidad, cada gobierno de turno tiene el mismo slogan, ¿slogan?, sí slogan, porque en el papel todos escriben que trabajarán por la calidad, pero las mediciones (y las percepciones) de los resultados tanto nacionales, locales o en el aula, muestran que no avanzamos.

Algunos confunden calidad con la cantidad de contenidos del currículum, mientras más contenido, mayor calidad, sin embargo y según la encargada de liderar la elaboración de la Estrategia Nacional para los próximos 8 años de la Educación Pública, Bernardita Ossandón, “la calidad es un constructo social, donde cada sociedad define lo que desea lograr, por lo que este intangible es observable sólo por las conductas y desempeños de los ciudadanos”.

¿Y qué observamos en nuestros ciudadanos hoy?, grandes problemas en el desarrollo socioemocional,  estudiantes que fácilmente faltan a clases, o se retiran en medio de la jornada escolar o definitivamente desertan del sistema; estudiantes que no logran comprender lo que leen y/o desarrollar un pensamiento crítico, climas de convivencia altamente agresivos, docentes extenuados, clases que no logran motivar el aprendizaje, directivos con asesorías externas que no cumplen el objetivo, asociaciones gremiales que privilegian ideologías políticas e institucionales, gobiernos que cambian las líneas de trabajo cada 4 años, empezando todo de nuevo.

En síntesis, un país que no logra superar el problema central que es, de acuerdo con el diagnóstico realizado al elaborar la hoja de ruta de la Educación Pública, “la calidad y equidad de la educación no logra brindar igualdad de oportunidades a todos los estudiantes”.  El diagnóstico es claro, las líneas de trabajo también. ¿Por qué no salimos adelante? 

Porque es necesario lograr consensos en lo que la sociedad desea de sus futuros ciudadanos, y reconocer con honestidad las necesidades de mejora. Debemos lograr aprendizajes significativos a través del desarrollo de buenas prácticas docentes y directivas. Es necesario focalizarse en las habilidades cognitivas, socioemocionales y de formación ciudadana, que son las bases de un aprendizaje profundo que forja ciudadanos que puedan desempeñarse exitosamente en la educación superior y en el ámbito laboral.

Y para ello son importantes las competencias de los docentes y directivos, así como dejar atrás la dicotomía entre “formación- convivencia y aprendizaje” y trabajar con un plan, evitando la improvisación, en estas habilidades dentro del currículum, en el aula.

No sólo es a través de talleres de autocuidado o del día de la convivencia. A convivir se aprende en el cotidiano y por ello la comunidad completa es la responsable de las formas de interactuar. Es ineludible facilitarles a los estudiantes (y a la comunidad) herramientas para resolver las dificultades, que siempre se van a presentar, ya que cuando se carece de estrategias es más fácil caer en la violencia como nefasto camino para exigir el cumplimiento de demandas. 

Podemos concluir que es preciso desarrollar valores, es decir, ese “bien” que se adquiere por el ejemplo de otro, la costumbre y el hábito o por la comprensión de sus beneficios. Al parecer como sociedad nos falta identificar los valores que queremos lograr y comprender que eso es, en esencia, educar.

Verónica Monsalve es presidenta de la Unión Nacional de Profesionales de la Educación.

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