¿Qué cree Ud. que habría hecho el Partido Comunista de Chile si los insultos de Diosdado Cabello y de Nicolás Maduro hubiesen estado dirigidos a Michelle Bachelet en lugar de Gabriel Boric? ¿Habría guardado silencio como ha hecho hasta ahora o se habría atrevido a repudiarlos? Probablemente nunca lo sabremos, aunque sí podemos suponer que una situación como esa le habría provocado un tremendo problema al partido. Un problema quizás mayor que el que está experimentando ahora: habría debido decidir entre dos alternativas que le resultan igualmente importantes.
De una parte, su opción a favor de cualquier gobierno que estime revolucionario y orientado en la dirección para ellos correcta, esto es aquella que se sitúa en el camino que lleva a un “gobierno de los trabajadores” o, en las inmortales palabras de Marx, a la “dictadura del proletariado”. Y la dictadura de Nicolás Maduro, como la del Partido Comunista Cubano o la indefinible dictadura de Daniel Ortega en Nicaragua, aunque formalmente tienen diferentes orígenes y formas, en el lenguaje y en las intenciones declaradas se muestran como partes del universo “progresista”, tal como lo entiende el Partido Comunista.
Y, de otra parte, su apoyo irrestricto a la expresidenta como la opción que mejor encarna las aspiraciones políticas del PC para Chile. Al grado que ya ha declarado que la prefiere como candidata presidencial en los comicios del próximo año. Más precisamente, el Partido Comunista ha decidido apoyar a Michelle Bachelet porque, con justa razón, piensa que puede agrupar a la izquierda, esto es lograr la “unidad de la izquierda”, y ese puede ser un paso importante en el camino que lo lleva a lograr sus objetivos políticos.
¿Podría ser Michelle Bachelet el factor de unidad de la izquierda chilena? Sin duda que sí y de esa manera lo han planteado personas que le son cercanas. Una unidad de la izquierda que en términos actuales no puede sino expresarse en la unidad del oficialismo -una unidad muy vapuleada por estos días- y que no puede encontrar otra forma de materializarse que no sea una candidatura presidencial única para las elecciones del próximo año. Así, pues, la única pregunta que parece hacerse el oficialismo por estos días es: ¿aceptará Michelle Bachelet ser nuestra candidata presidencial?
Y, a pesar de que anteriormente en este espacio de opinión he planteado que esa posibilidad me parecía improbable, ahora debo decir que me parece que las cosas han cambiado y que la ex Presidenta estaría por aceptar la encomienda.
¿Por qué? Quizás bastaría con decir que las preferencias a su candidatura en las encuestas son las únicas que se acercan a las de Evelyn Matthei y eso es ya un serio argumento. Pero no es el más importante, ni en el ánimo de Bachelet ni en las consideraciones que se hacen los partidos del oficialismo y el propio Presidente Boric. Veamos.
Al Socialismo Democrático y especialmente al Partido Socialista y a su presidenta, le resultaría imposible oponerse a su candidatura, no obstante, todos los esfuerzos que hace Camilo Escalona por presentar una candidatura alternativa (es el único que se atreve a criticar públicamente a su gobierno y ya propuso a Mario Marcel como candidato) o los anhelos de quienes se han ilusionado con la posible candidatura de Óscar Landerretche. Al Partido Comunista por su parte, que como está dicho ya la proclamó con entusiasmo, le solucionaría todos los problemas en que se ha metido recientemente por su apoyo a reconocidas dictaduras, situación que quedaría piadosamente olvidada en los fastos que acompañan el inicio de una epopeya electoral. Y al Frente Amplio y a Gabriel Boric tampoco les vendría mal, porque al levantar a una figura ya conocida y que en una nueva campaña presidencial jugaría sus últimas cartas políticas, eludirían el riesgo de que surja una alternativa joven que, en el futuro, podría hacerle sombra al actual presidente (digamos alguien como Tomás Vodanovic).
Y finalmente, y quizás lo más importante, porque Michelle Bachelet se ha propuesto jugar una baza en el proceso de unidad de la izquierda. Y la suya, sin duda, en una baza transcendental. La ex Presidenta pertenece a un mundo distinto de aquel que encarna la idea de un “socialismo democrático”, tal como éste es entendido en el contexto del gobierno de Gabriel Boric y la coalición bicéfala que lo apoya. Sus sentimientos están más cercanos a las ideas que llevaron al Partido Socialista a declararse marxista-leninista en su XXI Congreso General en 1967. Fue esa declaración la que consolidó la idea de la “unidad de la izquierda” con el PC (que ya había apoyado las candidaturas de Salvador Allende en 1958 y 1964) y abrió paso a la Unidad Popular en 1970. Así lo demuestra, por lo demás, su segundo gobierno en el que impuso la presencia del PC aún a costa de la defección de la Democracia Cristiana y tuvo un marcado tinte anti empresarial, expresado bien en la reforma tributaria que impulsó.
Por ello, si su tercera postulación presidencial es la única carta que puede garantizar la unidad de la izquierda, no sería para nada raro que ella decidiera hacer el sacrificio. Y en su caso sí debería considerarse un sacrificio porque probablemente significaría que el último episodio de su brillante carrera política sería una derrota que tendería una larga sombra sobre su legado. Y junto con ello quedaría fuera de toda opción para volver a ocupar un cargo en la Organización de las Naciones Unidas, particularmente la Secretaría General, posición para la cual su nombre ha sido postulado con cierta insistencia durante los últimos meses.
Pero, ya está dicho, más que en la regeneración de la izquierda -eventualmente con el Partido Socialista ocupando un rol principal- Michelle Bachelet es tributaria de la idea de la unidad de la izquierda y a ese ideal parece estar dispuesta a consagrar su popularidad, el respeto que ha logrado generar entre chilenas y chilenos y su prestigio internacional, es decir, todo. Y tal parece que ya comenzó. Lo hizo el jueves de la semana pasada reuniendo a dirigentes y candidatos de todo el oficialismo -incluida la Democracia Cristiana- en un acto que pareció más una proclamación que aquello para lo que fue citado: oír las proposiciones que, para la campaña electoral que se inicia, fueron elaboradas por un colectivo de centros de estudio que abarcó todo el espectro de esa izquierda.
Así, pues, la suerte parece estar echada y Michel Bachelet se muestra a punto de lanzarse a una nueva batalla por la unidad de la izquierda… y a dar impulso con ello a una paradoja: que esa unidad de la izquierda detrás de su candidatura sea el impulso que necesita la oposición para lograr su propia unidad.

Ummmmm, curioso «analisis»…..
Dios nos libre. Recordando «Bachelet II» y a Murphy, no cabe duda que siempre puede ser peor. Aunque quizás su candidatura ayude a muchos a decidirse por un rechazo, como lo fue el 4 de septiembre.
Oscuro y tenebroso futuro nos espera con un eventual Bachelet 3. Su último gobierno literalmente destruyó todo lo que pudo destruir. Cada día puede ser peor para este pobre país que no aprende nunca de sus propios errores.