Hace poco más de un año Carlos Peña dio una charla notable cuyo repaso es, en mi opinión, del todo conveniente para cualquiera que se dedique hoy a la política, sobre todo en momentos que el gobierno lleva adelante una iniciativa legal de gran calado que se propone recuperar el dinamismo de una economía estancada ya por más de una década.
El rector y columnista inició su exposición con una pregunta acuciante: ¿Por qué importa el crecimiento? Esbozó razones que fueron largamente ignoradas en nuestro país desde la década pasada y hasta no hace mucho, particularmente por la nueva izquierda juvenil que reñía frontalmente con la modernización capitalista y que se dejaba seducir, increíblemente, por el decrecimiento y la oposición a los acuerdos de libre comercio.
Aun resuena la frase del ex Presidente Boric, pronunciada en la cuna del capitalismo con ocasión de la gira que realizó por Europa en 2023, donde dijo que “una parte de mí quiere derrocar al capitalismo en Chile”, aunque a reglón seguido matizó que no creía “que puedas simplemente derrocarlo, si no propones una alternativa que sea viable y que sea mejor para la gente». Es bien sabido que esa alternativa no existe -no hay otro sistema conocido de creación sostenida de riqueza distinto al capitalismo- y, como consecuencia de ello, quien adhiere a la tesis de su derrocamiento se opone en los hechos al crecimiento económico. En otras palabras, sin decirlo abiertamente aboga por el decrecimiento o el estancamiento a que conducen las medidas orientadas a frenar la iniciativa privada, como se ha visto una y otra vez cuando han sido implementadas en el mundo.
El crecimiento económico importa, sobre todo, según el rector Peña, por una razón antropológica. Necesitamos crecer -dijo en la referida charla- porque es la única manera de que cada uno de los seres humanos, las grandes mayorías históricamente excluidas del progreso puedan experimentar su condición de agentes morales, remachando que este ideal, propio de una sociedad liberal, no se puede alcanzar razonablemente sin el crecimiento de la economía. Es la pobreza la que despoja a los seres humanos de su condición moral, no el capitalismo como suelen creer sus detractores. Los priva de lo que es propio de la condición humana: albergar anhelos de superación, perseguir ideales, imaginar el curso de la vida, desplegar esfuerzos para alcanzar aquello que nos interesa como personas abrazando un determinado objetivo.
Lo propio del capitalismo es, entonces, la promesa meritocrática, esto es, la idea que la persona va a poseer tantos recursos y oportunidades en la vida como talentos tenga y esfuerzos haga para recorrer su propia trayectoria vital. Necesitamos crecer, remachó Peña, “para hacer realidad la igualdad moral que es propia de los seres humanos”. El decrecimiento, y la pobreza a la que conduce inexorablemente, lleva entonces a la mayor de las desigualdades: la imposibilidad para grandes mayorías de ciudadanos de realizar sus planes de vida, de emplear sus talentos y de dirigir sus trayectorias vitales hacia los objetivos vitales de su preferencia.
Grande ha de ser la sorpresa para algunos que se diga siquiera que el crecimiento económico posee la cualidad de ser la vía -o la condición de posibilidad- a través de la cual las personas pueden conducir sus vidas en pos de los objetivos de su preferencia y experimentar su condición de agentes morales. Y que, entonces, frenarlo deliberadamente tiene el ominoso efecto de excluir a grandes mayorías de personas del progreso y del bienestar.
Antes que nadie pudiera ver en su disquisición una suerte de reivindicación del capitalismo a la ultranza, Peña aludió en su charla a la necesidad de la solidaridad en una sociedad en la que las personas suelen ser víctimas de la enfermedad o de la calamidad de un desastre natural, o simplemente de eso que a todos nos aguarda cuando alcanzamos la tercera edad, la vejez. Una sociedad solidaria debe ser capaz de proveer lo necesario para afrontar “las pedradas y las flechas del destino” -el rector apeló a las palabras de Shakespeare para referirse a la desgracia que de pronto acaece sobre alguna persona-.
La financiación de esa solidaridad es una de las cuestiones que más interesa al sistema político y no ha de olvidarse que depende críticamente de los recursos que provee el crecimiento económico. Cuando éste decae merma la solidaridad que una sociedad puede disponer para los miembros más desfavorecidos de ella.
Bien lo dijo el ex Presidente de Uruguay José Mujica en una entrevista suya en El Mercurio en 2014: “No se puede renunciar al crecimiento económico, porque nos da los medios para tener políticas sociales y atenuar las injusticias que solo el capitalismo no puede atenuar. Hay que sacarle algo al capitalismo, pero no tanto como para que no siga tirando, ¿verdad?”. Quienes en el progresismo criollo admiraron al gobernante uruguayo no parecen haber internalizado estos dichos, que repitió en no pocas ocasiones hasta su fallecimiento hace un año atrás. El país se beneficiaría si lo hicieran de cara a un nuevo ciclo de crecimiento sostenido que debemos poner en marcha sin demora.

Excelente