Siento que vuelvo de un funeral. Siempre me ha conmocionado la muerte, a pesar de que soy una creyente en la promesa de vida eterna de nuestro Señor Jesucristo. En la mañana despedí en el aeropuerto a mi hija mayor que partió junto a su linda familia (marido y 4 hijos) a vivir a un país de Europa. Se fue sin pasajes de regreso porque no piensa volver.
No emigró por motivos de trabajo. Ambos son destacados profesionales. No tienen problemas económicos y tampoco con sus hijos. La decisión la motivó el octubrismo. Nunca fueron politizados y, por su edad, vivieron pocos años bajo la dictadura. Creían que la democracia y el desarrollo del país estaba garantizado. También la convivencia nacional. Podría haber problemas de todo tipo, pero el desafío era superarlos, manteniendo siempre lo bueno y la estabilidad.
Pero irrumpió el octubrismo. Disfrazado de inclusión e igualdad social se valió de la violencia, la destrucción de los lugares públicos, el odio social, el miedo y la inseguridad que fue creciendo hasta llegar al paroxismo de hoy.
Ese sentimiento de “no me conformo con que mis hijos crezcan en este país” los convenció de mirar afuera. En algún lugar donde las personas no se dividan en buenos y malos, no se experimente con refundaciones sin fundamento y el Estado cumpla su rol básico de darle protección y seguridad a sus habitantes. En vano fueron los argumentos que hay que luchar, que ellos vivieron 30 años en lo que se erigió como “el modelo de América Latina”, porque sus abuelos se quedaron a pelear contra la Unidad Popular y sus padres contribuyeron a transformar este país pobre en uno de oportunidades.
Pero pronto vino la elección del adalid de los octubristas, Gabriel Boric, con sus promesas revolucionarias que luego apoyó en la Convención Constitucional, la que prometía barrer con Chile y reemplazarlo por un archipiélago de nacionalidades y territorios autónomos. En la propuesta, el ser humano era secundario frente a los animales y los derechos de la naturaleza y toda la confianza estaba puesta en el gran Estado en detrimento de la iniciativa privada. Era una apuesta suicida, pero con todo el apoyo de la izquierda y la otrora Concertación que mutó al ultrismo en vez de moderarlo.
Como en todos los países que no ofrecen certidumbre acerca del futuro, los jóvenes lo buscan en otro lado. En algún lugar donde haya orden, confianza en el futuro y certidumbre en el horizonte. Donde en los colegios se estudie en serio, se respete la propiedad privada y no exista terrorismo que las autoridades disfracen de violencia rural. Donde el lucro no sea un delito y emprender un imposible. Un ambiente libre para desplegar los proyectos personales y familiares, ¡nada más! Si, por otra parte, reciben con las manos abiertas y ofrecen pagar mucho menos impuestos por el trabajo y dar mucho más en retribución, nada más que hablar.
Frente a los gobiernos que llevan a sus naciones al precipicio, primero se va la plata, que son los ahorros y también las inversiones. ¿Cuántos miles de millones de dólares han salido desde el 18 octubre de 2019? En menos de dos años desde la insurrección, a agosto 2021, la cifra informada por el Banco Central ascendía a 25 mil millones de dólares ¿Cuántas personas van ya que han fijado su domicilio tributario en otros países? Y ¿cuántos grupos económicos han situado su domicilio en otras capitales que brindan más certeza jurídica, como lo han hecho los Paulmann, controladores de Cencosud, o Angelini, de Arauco, en Reino Unido?
Pero la parte dolorosa es la que viene luego: cuando se van los afectos y sin plan de retorno, escapando de los arrebatos latinoamericanos de barbarie. Uno quiere desearles suerte y plena adaptación, pero con ello cerramos la esperanza a su retorno y empezamos a transitar el duelo porque no veremos crecer nuestros nietos y no viviremos la cotidianeidad con nuestros hijos. El video del teléfono y los viajes esporádicos no los reemplazan.
Adiós, ¡hija, mía! Aunque la vida es corta, si nuestro país te impide desplegar tus sueños a ti y a tu familia, no seré yo quien se los coarte. Prefiero llorarlos en silencio.

Tristemente emocionante la columna de Pilar Molina.