Curioso como esta segunda vuelta se está convirtiendo en una cuestión de fe para muchos. No se oyen razones o argumentos. Parece primar la confianza en el sujeto frente a la situación pendular que enfrenta el país en la próxima elección. Personas de derecha liberales, como Evelyn Matthei  o el economista José Luis Daza, tienen profundas diferencias en muchas cosas, sobre todo en materia valórica, con el candidato José Antonio Kast, pero confían en él y en sus capacidades. “Creo en José Antonio como persona” (…), “ganó no por el programa, sino por cómo es él. Tiene atributos personales que le jugaron muy a favor”, señala la alcaldesa de Providencia para justificar que partió con permiso sin sueldo a hacer campaña por él, aunque se haya opuesto a legislar el divorcio y el aborto.

Algo parecido le ocurre a Daza, liberal de tomo y lomo, que aunque tiene una visión crítica en muchas áreas, se vino de Nueva York a trabajar con Kast porque cree que es “tolerante” y la persona adecuada “frente a los riesgos que enfrenta la sociedad” el 19 de diciembre. De hecho, asegura que con su experiencia de 40 años trabajando en la intersección de economía y finanzas aplicadas en el mundo, “es imposible no concluir que si intentan aplicar el programa de Boric terminaríamos con mayor pobreza, mayor desigualdad y que se generarían problemas aún mucho más difíciles de resolver”.

Algo parecido, pero más profundo, ocurre con el candidato de la ultra izquierda. Porque al final, los liberales confían en la visión económica de Kast. Comparten con él en que no hay modo de generar bienestar o asegurar derechos sociales sin crecimiento económico y que no hay alternativa al mercado para generar riqueza para todos de manera eficiente. Pero hay de esos mismos liberales que no comparten el programa económico de Gabriel Boric, menos las ideas del socio controlador de su pacto electoral, el Partido Comunista, pero así y todo lo apoyan. No están de acuerdo con la profusión de empresas públicas que quiere fundar el candidato para construir viviendas sociales, para vender materiales de ferretería en regiones, para crear “farmacias populares y también la creación de universidades abiertas, institutos profesionales y centros de formación técnica en todas las regiones del país”, entre las muchas tantas propuestas similares que captura su programa.  Si hasta del desarrollo del litio se hará cargo una empresa nacional, lo cual saben puede terminar como lo que ocurrió con el petróleo en manos del Estado en Venezuela. No hay petróleo. Tampoco, admiten estos liberales, les gustó que Boric se opusiera inicialmente al cuarto retiro e igualmente votara a favor, contrariando incluso la opinión del grupo de economistas que agregó como rostros moderados a su campaña con miras a la segunda vuelta.

Las volteretas inquietan, pero no tanto tampoco frente al aprecio que estos progresistas le tienen a la apertura de Boric a los nuevos tiempos con mucho discurso feminista, por las minorías sexuales, los animalistas, el medio ambiente y la proliferación de entidades particulares que hoy dan sentido de vida a gran parte de la juventud. Además, estos liberales desechan que Boric represente un riesgo refundacional, porque no podrá imponer su programa de cambios profundos así nomás. Por el contrario, confían en que tendrá que negociar con la derecha que controlará la mitad del Senado, la cual le aplicará freno a las transformaciones más riesgosas y de futuro incierto.

Y hay otros que no son nada liberales, sino que muy cristianos, quienes comparten con Kast el derecho a la vida de los niños engendrados. Pero, paradojas de la vida, es la postura conservadora del republicano frente a los LGTB y su pensamiento económico lo que los aleja de él y los lleva a mirar con simpatía al candidato de izquierda. Saben que Boric promueve y promete legalizar el aborto “libre, seguro y gratuito”. A la hora de votar, sin embargo, la defensa de la vida pasa a ser una cuestión menor, como así también, el aval del postulante a La Moneda al uso de la violencia como instrumento de acción política. Le tienen fe a Boric por otras cosas que priorizan o porque les convencen sus últimos giros.

Al final, tenerle fe a un candidato es confiar en él. Y en estos tiempos de desconfianza extrema, eso parece estar por encima de todo lo demás. Los programas no parecen ser lo crucial hoy, sino que formarse la convicción que los candidatos son honestos y no mienten. Y que el que cambió de opinión respecto a eliminar el Ministerio de la Mujer es sincero cuando pide perdón y asegura que no lo hará, aunque crea que la mirada femenina debe impregnar todos los ministerios, como decía su programa original. Y que el que ahora habla de seguridad, crecimiento y migración no está buscando acomodarse a los temas del rival ganador, sino que honestamente trocó la mirada frente a la violencia y sus víctimas, los inmigrantes o la economía. Y que si sale electo, no volverá atrás.

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