El triste récord de cinco carabineros asesinados en menos de un año ha dejado toneladas de comentarios en redes sociales, medios, institutos, universidades, oficinas, calles y edificios públicos. Pero los más desgarradores y claros son aquellos que nacen del dolor de padres, madres, viudos e hijos de las víctimas… “¿De qué me sirven las palabras de aliento si no hay acciones concretas”, “hagan la pega”, “basta de basureo”, “queremos respaldo legal, no sólo discursivo”.

El Presidente Gabriel Boric tiene hoy una nueva manifestación del principal de sus problemas: si bien su Gobierno alcanzó el poder de la mano de un relato fresco, prometedor y con un ímpetu por momentos seductor, no ha logrado desprenderse de los fundamentos desde las que se fundó dicha narrativa.

Si simbólicamente Boric sedujo al país desde la copa de un árbol, no es tan fácil escapar de las raíces de este y el cómo durante años se fueron regando desde la Fech, la calle y la Cámara Baja.

Es casi un pasatiempo ver cómo para cada acción u omisión del Presidente Boric, existe un tweet del diputado Boric criticando desde el pasado. Dicho ejercicio deja de ser lúdico cuando hay vidas de por medio.

Tras el reciente asesinato de la sargento Rita Olivares, el Presidente ha hablado en exceso, pero se niega a decir lo necesario. Presionado, ha terminado por esbozar que “vale la pena reflexionar respecto a nuestras actuaciones del pasado”, pero tal como ha sido la tónica de este último año, hay una ausencia total de la palabra “perdón”. No hay mejor prueba de esto que su gesto de desprecio cuando el pasado miércoles, a la entrada de La Moneda, un periodista directamente le preguntó si pediría perdón.

Y es que pedir perdón conlleva un coraje que esta generación de políticos no parece dispuesta a asumir. Pedir perdón trae consigo dos grandes pasos: el reconocer arrepentimiento por algo concreto y el asumir la culpa y responsabilidad por el error cometido.

Toda acción política que se haga hoy queda truncada si no existe un acto de contrición auténtico. Por ejemplo, el anuncio de Boric de participar personalmente en futuros operativos de carabineros en el combate contra la delincuencia no es más que pirotecnia que conlleva un resguardo extra para el Mandatario y poco más.

De nada sirve que el Presidente insista en que su administración perseguirá “como perros” a los antisociales si no hay un mea culpa honesto de haber visto como símbolo de lucha y una pieza cultural válida al perro Matapacos. Ni el buenondismo de Brownie soluciona el entuerto.

Boric y su Gobierno no terminan de entender que pedir perdón no es un gesto de debilidad sino de valentía. Requiere coraje, porque el perdón conlleva asumir la responsabilidad y un compromiso real de comenzar a actuar de manera distinta.

¿De qué otro modo podríamos asegurarnos -hasta cierto punto- de que cuando Boric y los suyos vuelvan a ser oposición no retornarán campantes a la comodidad irresponsable de las trincheras twitteras?

Urge pedir perdón. Desde la raíz.

Por Breant, David, Carlos, Alex y Rita.

Doctor en Comunicación Pública. Director de la Escuela de Periodismo de la U. Finis Terrae

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