Esta semana volvemos a escuchar acusaciones mutuas entre la izquierda y la derecha, el gobierno y la oposición, de que “el otro” no está dispuesto a ceder nada para alcanzar un acuerdo por la reforma del sistema de pensiones chileno. La consecuencia de ello, anticipada por ambas partes, es que se aleja o hace imposible un acuerdo. El Presidente de la República, nada menos, acusa a las AFP vehementemente y acusa a la derecha de no estar dispuesta a ceder. Los otros responden que con esa postura frena el proceso y sólo busca congraciarse con sus partidarios recalcitrantes.
Ni lo uno ni lo otro es lo que esperan los ciudadanos, especialmente después de más de 12 años de intentos con resultados parciales e incompletos, aunque en ningún caso despreciables. Aquí creemos que una primera condición para avanzar otro paso ahora es reconocer lo complejo del desafío para cada parte frente a sus partidarios o electores, y respetar y valorizar los esfuerzos de cada uno.
¿Por qué alcanzar un acuerdo ahora?
Primero, porque el sistema de pensiones actual representa una fisura o fosa que divide profundamente a nuestra sociedad. Ella nos debilita como país e impide el crecimiento económico que necesitamos precisamente para mejorar las pensiones y alcanzar más igualdad y paz social. Postergar otra vez un acuerdo ahora hará más difícil alcanzarlo mañana cuando por falta de ese acuerdo tengamos menos ahorros, inversión, menos recursos fiscales, más desempleo y más endeudamiento por falta del crecimiento suficiente.
En al menos cuatro veces he escrito sobre este tema en este medio en los últimos cinco años. En todas ellas he resaltado que necesitábamos la reforma para que el sistema (especialmente el de las actuales AFP) adquiriera la legitimidad social de la que todavía carece. Necesita una “licencia social para operar”, como llaman las mineras a una aceptación mínima de la comunidad a que realicen sus operaciones en lo que ésta considera su territorio (o el uso de sus fondos, en el caso de las pensiones). No olvidemos el contenido emocional y simbólico de que el actual sistema haya sido impuesto por Pinochet dictatorialmente. Por eso las AFP, como operan hoy día dividen, a pesar de que haya una mayoría de personas que las valoren. Pero eso no basta. Hay que dar un mínimo de satisfacción a las minorías en una democracia real. No alcanza con imponer decisiones aunque sea por mayoría en una votación. Salgamos de esas simplificaciones o ingenuidades juveniles.
En los tiempos en que el Presidente Piñera intentaba reformar el sistema en 2019, el 31 de mayo (casi cinco meses antes del estallido social), escribí aquí (“Dos propuestas para pensiones más altas”) que una manera de lograr eso era con una ley que declarara al sistema de AFP como un “Servicio público esencial” que debe operar con una fijación de precios regulados por el Estado como ocurre con los servicios de agua potable y electricidad, que implican una rentabilidad máxima para las empresas. Fundamenté los diversos beneficios de esta propuesta y entregué una cierta cuantificación de ellos para los pensionados. Semanas después agregué propuesta para reducir las lagunas de cotización que tanto influyen en bajar la pensiones de muchos. (“Pensiones: legitimidad y lagunas”, 14-6-19). Volví con “Pensiones III: experiencias a considerar” (28-6-19), diciendo: “La reforma de pensiones puede ser la madre de todas las reformas de esta década”. Señalé que enfrentábamos la disyuntiva de seguir la experiencia de la reforma Argentina o la de Alemania. La primera, el 2008, consistió en expropiar y cerrar las AFP -lo que contribuyó decisivamente al estancamiento y pobreza que hemos conocido de nuestro vecino. En cambio, Alemania se transformó en el motor de Europa. Ella reformó gradualmente su sistema de jubilación elevando la edad de jubilación de hombres y mujeres (iguales) de 65 a 67 años en ¡25 años! (todavía hoy a razón de dos meses por año). ¡Si nosotros hubiéramos empezado a elevar la edad mínima de jubilación en medio año por año en la Reforma de Bachelet I (2008), habríamos alcanzado los 68 años el 2015!
A igual tasa con las mujeres desde ese año, ellas estarían jubilando hoy a los 65 años con pensiones del orden del 30% a 40% mayores a las actuales. Se habría reducido además la brecha hombre – mujer, ¡sin efectos negativos sobre el desempleo al elevarse sólo lentamente los salarios para las empresas cada año!
Las utilidades excesivas de las actuales AFP deben terminarse. La forma más viable de lograrlo hoy parece ser separar funciones y generar más competencia entre AFP. Formemos además una estatal como BancoEstado. Aceptémoslo entonces, a pesar de ciertas ineficiencias y riesgos. Si no funciona corrijámoslo en el futuro.
No deberíamos postergar esto más. Es el tiempo de la generosidad y la grandeza. Especialmente de la derecha y sus líderes. No pueden repetir error de la segunda parte de reforma constitucional, cuando impidieron una reforma electoral que nos tendría en un nivel muy superior de gobernabilidad.
Esta es de las últimas herencias de Pinochet que todavía dañan al país al polarizarnos en exceso. Es el tiempo de que Evelyn Matthei arriesgue su capital político por un acuerdo equilibrado. Los intereses de las AFP son subalternos al interés común mayor del país. Ellas se han comportado los últimos 20 años con una ceguera y falta de generosidad que no les confiere autoridad, ni técnica ni moral, para influir decisivamente en el acuerdo necesario. Las AFP debieran no sólo aceptar, sino que buscar el cambio del nombre con que son conocidas ahora. Y la derecha no debiera dejarse influir por ellas.
¡Ahora es cuándo! No habrá una mejor oportunidad. No volverán a estar en posiciones de autoridad para alcanzar un acuerdo senadores de la experiencia y el prestigio de Coloma y Galilea. Tampoco de un ministro socialista democrático como Marcel y una comunista como Jara, que llame a sus correligionarios a aceptar un “acuerdo acotado” al menos como lo hizo esta semana. La ciudadanía está expectante y muy atenta.

Lo leí tres veces, pensé que el sueño me hacía leer mal………es increíble, de no creer………..
Me parece que la proposición de fijar las comisiones de las AFP´s o de hablar de utilidades excesivas es un error conceptual inaceptable.
La rentabilidad de una industria depende de su riesgo intrínseco y los participantes exigen una rentabilidad que compense ese riesgo. Por esta razón la rentabilidad de la industria de servicios públicos es baja y la de productos farmacéuticos es alta.
Y que mas riesgoso que la industria de las AFP´s en nuestro país donde una parte importante de las fuerzas políticas quiere solo su estatización. Que inversionista en su sano juicio querría entrar al mercado?
La solución entonces es dejar de demonizar a la industria, aceptar que un sistema de capitalización individual administrado privadamente es la forma mas eficiente de manejar las pensiones en Chile, y facilitar, fomentar la entrada de nuevos participantes. En poco tiempo las comisiones se ajustarán y bajaran para dar a los participantes un rentabilidad consistente con el nuevo riesgo percibido, manteniendo e incluso mejorando el nivel de servicio, lo que difícilmente asegura una fijación de tarifas.