23 de diciembre del 2021/SANTIAGO El presidente electo, Gabriel Boric, se encuentra en su oficina, en su nuevo comando en la calle Condell en la comuna de Providencia. FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO

El triunfo de Gabriel Boric el pasado 19 de diciembre fue arrollador. Triunfó la esperanza, al decir de sus seguidores, lo que quedó refrendado con los masivos festejos de esa noche, festejos que recordaron el triunfo del No en el plebiscito de 1988. La distancia con su contendor fue inesperadamente grande, con resultados muy similares también a los de esa vez. Los años que siguieron a la elección del presidente Aylwin, bajo cualquier estándar, fueron años en que se materializó buena parte de la esperanza y la alegría que se manifestó ese mágico 5 de octubre.En su extraordinario gobierno de cuatro años, el presidente y su equipo condujeron una transformación muy importante de las bases económicas y sociales que venían de la dictadura. Se realizó una reforma tributaria que incrementó significativamente los ingresos fiscales, se aprobó una reforma laboral que devolvió a los trabajadores el derecho a la negociación colectiva, la economía creció al 8% anual, y todo ello, en un contexto de recuperación de las libertades y de la democracia. La política y la economía entrelazadas ambas en un proceso virtuoso.

Aunque la coalición triunfadora en esta ocasión nació negando todo este exitoso proceso político-económico, creo es muy relevante para el actual presidente electo y su equipo analizar y descernir las razones que explican ese gobierno de transformación y desarrollo económico y social. Esta columna es un intento por entregar las claves del éxito de esa administración, para lo cual también hago referencia a ese otro momento histórico de Chile en que surgió mucha esperanza, pero que devino rápidamente en una debacle. Me refiero a a septiembre de 1970, con el triunfo de Salvador Allende. ¿Por qué en los años que siguieron a 1970 no se materializó la esperanza y sí lo hizo en los cuatro años que siguieron a 1990?

Una primera clave, muy importante, la entrega el mismo presidente Aylwin al asumir su cargo. Ante enfervorizados seguidores, al mencionar en su discurso inaugural que venía a unir a los chilenos, a civiles y militares, y escuchar las pifias que generó, no dudó un segundo en interpelar a quienes pifiaban: “… sí señores, sí compatriotas, civiles y militares, Chile es uno solo”. Lo hizo con tal energía y convicción, que transformó las pifias en aplausos. Aquí se encuentra la primera clave de un líder que viene a sentar las bases de un nuevo proceso virtuoso. Se requiere una convicción profunda de que se viene a unir, no a confrontar a los chilenos.

Una segunda clave dice relación con la elección de los hombre fuertes de su gestión. Aunque él mismo consideraba “cruel” al mercado y no entraba a un mall comercial, eligió un equipo político y económico que rápidamente dio señales de tranquilidad, tanto a los agentes económicos, como a los representantes de los trabajadores y a la política representada en el Congreso. Cómo se entrelaza la política y la economía, cómo se dan las señales, es esencial. Edgardo Boeninger, Alejandro Foxley y Enrique Correa configuraron un triunvirato que comprendió muy claramente el espacio de lo posible en la política y también en la economía.  Había que buscar acuerdos con la oposición y entregar potentes señales de tranquilidad al mundo empresarial. A poco andar, el exitoso proceso de reformas tributaria y laboral  generaron una explosión de crecimiento en la economía, lo que devino en un proceso de reducción de la pobreza e inclusión social que no tiene parangón en nuestra historia. Bien debieran los hombres y mujeres fuertes del actual pesidenete electo -Giorgio Jackson, Izkia Siches y Camila Vallejo- emular a ese triunvirato. Está pendiente quién será el hombre o la mujer fuerte del equipo económico. Quizá en esa decisión se encuentra la más importante de todas las señales, por el rol que cumple la economía en todo esto. El contraste es evidente con 1970: entonces prometer y proponer la política de Robin Hood generó una creciente confrontación entre chilenos. Cuando la esperanza de cambio no se conduce impulsando la base material que permite ir generando un cambio virtuoso, deviene la debacle.

¿Y cuál es esa base material que permite cimentar la realización de un esperanzador proceso de cambio? El desempeño de la economía. Y aquí el presidente electo y su equipo tienen un problema. A diferencia de Aylwin que prometió libertad y reencuentro, y más parecido a 1970 donde la política era confrontacional -donde se buscaba el apoyo de unos para extraer riqueza de otros-, el presidente electo Gabriel Boric ganó el apoyo de una importante mayoría en una campaña de polarización y confrontación. En ese contexto, la economía no puede entregar las bases materiales para que el próximo gobierno sea exitoso. Conducir ese apoyo, guiarlo hacia un proceso virtuoso de cambio y reencuentro entre los chilenos, requiere una nueva retórica, que solo se ha escuchado desde hace una semana. En las señales que se entregue al mundo de la producción está el secreto del éxito, y los técnicos del Presidente electo parecen no tenerlo muy claro. Olvidar que la economía se alimenta de certezas institucionales y señales claras a la inversión y al empleo es una mala receta. El rol de los técnicos es esencial.

Participé en los equipos técnicos del ministro de Hacienda Alejandro Foxley, y nuestro rol era proveer a la política condiciones objetivas de lo posible. Los técnicos de entonces no estábamos dispuestos a diseñar una política pública donde los números no cuadraban y las proyecciones económicas objetivamente se desbordarían. Y los políticos de entonces escuchaban a los técnicos. No creíamos, como muchos creen hoy, que el crecimiento depende de la equidad o de la redistribución. Al revés, para poder generar equidad y redistribución era esencial crecer, y el crecimiento depende de las señales a la inversión y de las certezas en el campo de las instituciones económicas. Los equilibrios macroeconómicos y el capital institucional de la economía son la base del crecimiento que permite redistribución.

Muchos técnicos de la coalición ganadora no comprenden que la equidad no trae crecimiento, sino que es el crecimiento el que permite aplicar las políticas públicas que traen equidad. Este error de invertir el orden ya lo cometieron los equipos técnicos del segundo gobierno de Michelle Bachelet. Una reforma tributaria inviable y mal diseñada es fatal para la economía. Una reforma tributaria, para no ser inviable, debe ser ampliamente consensuada con la oposición; si se aprueba por el 50% más uno del Congreso, será un fracaso de poca duración. Hay que aprender de la historia para no tropezar por segunda vez con esta piedra. Hemos escuchado técnicos de renombre reconocer que el programa de gobierno no estimula el crecimiento, sino lo perjudica, lo que es evidencia de la confusión en los cuadros técnicos sobre el rol que ellos mismos cumplen. En 1970, los técnicos de entonces -jóvenes muy inteligentes, pero radicalizados- pensaban que era posible cumplir el programa de gobierno imprimiendo billetes. El resultado fue una inflación anual de 800% el año 1973.

La última semana hemos escuchado una retórica muy positiva, de mesura y de moderación de los planteamienos previos.  En mi columna del 25 de noviembre en este mismo medio, expliqué las razones por las cuales no podía apoyar al candidato que triunfó.  En ella expuse sobre mi propia desesperanza con lo propuesto por quienes triunfaron, principalmente porque considero inviable el programa económico de gobierno. Ahora el Presidente electo será el presidente de todos los chilenos y está revestido de la gracia del Estado. Es el momento de comprender las claves materiales del éxito, donde la economía juega un rol central, priorizar y viabilizar las propuestas desbordadas. Quizás, si continúa y reafirma las señales entregadas desde su triunfo,  hasta yo mismo pueda recuperar mi esperanza perdida.

@patricioarrau

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