Cuando la guía son los adversarios

Los años más admirados de la historia de Chile por parte de la derecha son unos en los que gobernaron sus adversarios. Ahora se dicta cátedra para darle continuidad a un tiempo en el que se colaboró, pero no se condujo.

Así que la derecha termina por decir lo que piensa, solo que se demora algunas décadas en hacerlo. Ya pusieron en un pedestal a Aylwin, desde hace poco han puesto a Frei Ruiz-Tagle en el mismo sitio, sin duda procederán de la misma manera con Lagos, pero habrá que esperar unos años para que hagan lo mismo con los mandatarios más recientes.

El proceso de mimetizarse con logros ajenos, en cuanto a su protagonismo principal, debiera llamar la atención ahora que ha comenzado un debate en profundidad sobre ciclos largos de nuestra economía.

Javier Macaya, presidente de la comisión de Hacienda del Senado, ha defendido las pocas refinadas declaraciones del ministro Quiroz, atribuyendo su cruzada a favor de un “cambio cultural”, explicándolas por la necesidad de que la oposición recuerde “que en su momento fue protagonista de años virtuosos donde el país creció” y “recupere la memoria de lo que hizo que fuéramos admirados”.

No obstante, esta crítica-homenaje es representativa de lo que Macaya piensa, pero no de como Quiroz actúa. No es solo un tema de estilo, sino de perspectiva. El ministro de Hacienda dice que no le pagan por ser simpático, lo que es muy cierto. También es una suerte que no se apliquen descuentos en su remuneración por hacerse el antipático porque, si así fuera, tendría mucho que devolver.

Lo que está ocurriendo con la tramitación de la megarreforma es representativo de lo que ocurre con el oficialismo, porque las diferencias entre sus partidos no se están procesando, sino que se está imponiendo la línea más dura, no obstante, los contantes llamados de parlamentarios RN a conseguir acuerdos más amplios.

Es sorprendente que este tipo de diferencias en la derecha se resuelvan sin diálogo a favor de las posiciones más radicalizadas, cuando, en paralelo, el gobierno ha perdido el apoyo de la mayoría ciudadana en todas las encuestas y sus iniciativas tampoco tienen el respaldo de un público que hasta hace poco le dio su voto. Nada de esto parece afectarlo lo más mínimo.

Del gobierno de emergencias, al gobierno de las coyunturas

Al cumplirse cien días de gobierno, ninguna de las expectativas de las jornadas previas a haber asumido se ha verificado, no obstante, las muchísimas muestras entusiastas de las que han quedado registro en este mismo medio de comunicación.

La oposición no brilla, pero el gobierno no convence. Si hay una víctima que no sobrevivió a estos meses de instalación ese ha sido sin duda el programa.

Aunque se tenía el convencimiento más profundo de que se tomaría la conducción del país con una fuerza y determinación que se extrañaban, lo cierto es que no se consiguió y esto no es banal porque, al entrar con varios ministros desafinando, lejos de tomar la iniciativa, lo que se tuvo que hacer fue enmendar una partida falsa que obligó a reiniciar los ministerios clave de seguridad y vocería.

En el presente, más que de logros, se ha hablado de los protagonistas de las iniciativas que no se pudieron impulsar al principio. El problema principal no se presentó porque inexpertos en el manejo del Estado demostraran su ineptitud, sino por quedar en evidencia que quien los nombraba tenía 25 años de actividad política, todos ellos dedicados a opinar, pero ninguno a gestionar. Como dijo el actor Francisco Reyes, pasamos de jóvenes inexpertos a viejos inexpertos.

Esta ausencia en la conducción del Estado ha entregado un margen amplio a la improvisación en lugares clave donde se jugó la elección y donde se dijo saber lo que se debía hacer. Eso fue lo que frenó el impulso inicial.

Un programa de gobierno muy bien estructurado puede predominar por sobre un desempeño mediocre de sus principales figuras, a condición de que todos sepan perfectamente qué hay que hacer y cómo hacerlo. Pero nada de eso existía.

Por eso el programa de gobierno pereció como guía efectiva de las acciones, no llegó a agosto y lo que ha quedado es la administración de las coyunturas. El proyecto más ambicioso es la megarreforma, en un enfoque muy ideologizado, y lo que ha pasado a un segundo plano son las prioridades explícitas de campaña.

Y a usted, ¿qué se le perdió?

Las prioridades, enfoque y público preferente del oficialismo han cambiado en forma perceptible. Si en un primer momento se pensó en expandir el área de influencia, ahora se está reduciendo a la mantención de su sector más comprometido. Pierde en extensión, pero su acción es más intensa y dedicada a su público de siempre.

Lo que se está alejando a paso regular es la aspiración de interpretar a la mayoría ciudadana. La contabilidad de estos meses es un registro de pérdidas: en apoyo, en confianza ciudadana, en credibilidad de los propósitos originales, en perspectiva de futuro, en respaldo a las políticas prioritarias, en prestigio presidencial.

¿Cómo va a reaccionar el oficialismo ante estas malas nuevas? Muy fácil: al revés de lo que harían los moderados de su sector, es decir, perseverando en el propósito original, sin alteraciones, convencidos que en la recta final será el tiempo de la buena cosecha, mientras que ahora es cuando se tiene que pagar los costos. Hay que afrontarlo todo sin perder confianza. Toca patear pérdidas, pero en la confianza de que el futuro final será esplendoroso.

Imperceptiblemente, el eje ha cambiado de lo social a lo político. Parapetarse en sus convicciones y en sus apuestas más radicales es lo que republicanos sabe hacer mejor. Tal como lo hizo en la convención constitucional, lo hará ahora.

Pero lo que es una reacción natural en republicanos, no lo será en los otros actores y, tarde o temprano, alguien reaccionará buscando orientarse hacia objetivos menos fundamentalistas y que consiga resultados más pragmáticamente verificados.

Tal como ocurrió en el gobierno de Boric en la relación con sus socios de última hora, el Socialismo Democrático, en esta ocasión, lo que se buscará es un reequilibrio de fuerzas y eso solo puede provenir de RN o la UDI. De Renovación, si logra abrir puertas al diálogo parlamentario con una parte de la oposición en la megarreforma, del gremialismo si quien asume la conducción es Longueira.

El gobierno no tiene un contrapeso efectivo en la oposición. Precisamente por eso es por lo que, ante la falta de respaldo y la existencia de errores propios evitables, se hace posible reconsiderar lo que se está haciendo.

Ojalá un reequilibrio de fuerzas vaya de la mano de una RN que aprovecha bien sus posiciones en el Parlamento, y de una UDI que adquiera una conducción que la dote de estrategia y mayor prestancia. Chile necesita una derecha más equilibrada.

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