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Ha comenzado marzo, y con este mes surgen ciertas situaciones que se repiten cada año: es una época de muchos gastos, las calles se vuelven a llenar de automóviles y las actividades tienden a normalizarse. Entre estas últimas, destaca la educación, porque en marzo comienza el año escolar, tanto en los establecimientos de enseñanza básica y media como en la educación superior. Una vez más, se llenarán las salas de clases y los patios, las canchas y cada lugar donde transcurre la vida apasionante de la docencia y el aprendizaje.

Por lo mismo, vale la pena volver un momento a pensar en la educación, un tema que se vuelve –en los hechos– tan poco relevante en la sociedad chilena y que la mayoría de las veces se trata por sus falencias y fracasos, que ciertamente existen. El Estado tiene un tremendo vacío de liderazgo, orientación y proyectos; el gobierno y la oposición no contemplan a la educación como la prioridad que debe ser; las malas noticias suelen tener mayor impacto que las buenas, siempre escasas y poco notorias. Por otra parte, hay demasiados problemas que confluyen en el desastre de la educación chilena en la actualidad. En primer lugar, durante los últimos lustros hemos vivido una verdadera destrucción de la enseñanza, especialmente de aquella que reciben los que tienen menos recursos, en las escuelas y liceos de Chile. En segundo lugar, nuestro país se ha convertido en una verdadera fábrica de desperdicio de talentos, en buena medida por nuestros problemas educacionales y porque, en la práctica, la mala calidad de la enseñanza, la deserción escolar, la falta de disciplina, los problemas en el magisterio y otros, hacen imposible el despliegue más acabado de la inteligencia, creatividad y talentos de tantos niños y jóvenes.

Sin embargo, marzo no es solamente un mes para recordar los males de la enseñanza chilena, que nos podrían llevar a una depresión inconducente. Creo que estamos en la fecha precisa para que profesores y estudiantes retomemos –con la misma pasión de la primera hora– aquello que nos motivó en su momento a decidir seguir el camino de la educación y a otros a cifrar en los estudios un camino de progreso personal y social. Marzo es el mes más adecuado para encontrarnos, para reivindicar la necesidad de enseñar y de aprender, para volver a estudiar con decisión e involucrarnos intensamente en el proceso educacional.

No nos puede dar lo mismo que haya tantos niños que no aprendan a leer o las operaciones básicas de matemáticas.

Uno de los males más extendidos de la enseñanza –en Chile y el mundo, antes y hoy– es caer en la rutina. Otro, pariente del anterior, es “la lata”, que se expresa desde luego en la actitud con la que volvemos a los establecimientos educacionales. Para el profesor, sería la rutina y la lata de dar clases (y ciertamente de atender alumnos o corregir pruebas); para el estudiante, de asistir a las clases, de estudiar, de tratar de comprender dos preguntas tan torpes como repetidas: ¿para qué sirve esta materia? y ¿es con nota? Para ambos, la rutina y la lata se traduce en hacer como si la actividad educativa tuviera alguna importancia, cuando en realidad, íntimamente, quizá piensan todo lo contrario. Por lo mismo, marzo debe ser el mes en que comencemos a vivir con intención y determinación el fascinante proceso de la enseñanza y el aprendizaje. Para ello, es necesario, y urgente, que los profesores seamos más exigidos y que ocurra lo mismo con los alumnos, lo que no tiene que ver ni con los horarios ni con la cantidad de pruebas, sino con una actitud ante la vida y la educación.

Eso requiere, en el caso de los profesores, que volvamos a creer como cuando decidimos dedicarnos a esta vocación; que estudiemos mucho y preparemos cada clase, que enseñemos con entusiasmo y veamos frente a nosotros no una masa sino a cada estudiante; que procuremos no solo tener claro lo que enseñamos sino lo que aprenden los niños y jóvenes que asisten a nuestras clases. Para los estudiantes la situación también es exigente: deben asistir a clases con la profunda decisión de aprender, de cultivarse y ser más; es necesario dedicar cada día muchas horas al estudio, haya o no haya pruebas; debe existir una inquietud intelectual y un deseo de conocer más, con la convicción de que es un valor en sí; hay que ampliar la cultura personal y saber que el pensamiento crítico requiere conocimientos y razonamientos previos. 

Muchos estudiantes también sufren por clases mal preparadas, respuestas torpes u obvias e incluso la comprobación de que su profesor está enseñando sin pasión, con pocos conocimientos, simplemente por cumplir.

Enseñar y aprender son dos de las cosas más hermosas de la vida. Y en la educación ocurre que todos, de alguna manera, enseñamos y aprendemos, en continua retroalimentación. Por cierto, nada de esto es fácil ni obvio, requiere mucho estudio, trabajo, dedicación y, sobre todo, una “actualización” de la vocación, por decirlo de alguna manera (especialmente en el caso de los profesores). En cuanto a los estudiantes, quizá lo más importante sea rehuir de la oferta inmediatista del mundo contemporáneo: la afición al iPad, al teléfono móvil y las redes sociales, el acostumbramiento a la respuesta instantánea y el olvido de una cuestión histórica básica: la inmensa mayoría de los logros sociales, del progreso de una persona o de un país, han sido fruto de un estudio arduo y un trabajo intenso y sostenido. No se puede esperar que la suerte, algún recurso fácil, el “pituto” u otra circunstancia faciliten las cosas y den respuestas sin costos. Es mejor, inmensamente mejor, estudiar intensamente y aprender con alegría, pero también con el sudor de la frente.

En la educación la mayoría de las actividades se resumen en hábitos positivos o negativos. Por lo mismo, es decisivo que comenzando el año tomemos la decisión, y además asumamos la actitud, de vivir la experiencia de la educación al más alto nivel. No nos puede dar lo mismo que haya tantos niños que no aprendan a leer o las operaciones básicas de matemáticas, es cierto. Pero una situación así se repite en cada curso o carrera, y debemos pensar en lo que nuestros estudiantes deben aprender en cada paso de su proceso educativo. Habrá problemas en el camino, quizá sufriremos con los alumnos pegados al celular, con cara de aburridos y sin interés alguno por nuestras clases. Es verdad. Pero pensemos que muchos estudiantes también sufren por clases mal preparadas, respuestas torpes u obvias e incluso la comprobación de que su profesor está enseñando sin pasión, con pocos conocimientos, simplemente por cumplir. No hay que tirar la toalla, sino que enfrentar las pruebas, revertir la situación y reafirmar la vocación.

Para terminar, una última reflexión. El objetivo de la educación, como de la vida misma, no es acumular conocimientos, sino ser mejores personas, desarrollarnos espiritualmente, cultivar las virtudes y servir a nuestro prójimo y a la sociedad. Pero eso no es excluyente con aprender mucho, sino que –si orientamos nuestras vidas a buenas causas– el estudio nos permite también saber más, comprender mejor y aportar al país con una formación más completa. Este es el compromiso de marzo: tomarnos en serio la educación, saber que es posible dar más, que cualquier mediocridad es camino de decadencia y que debemos vivir la enseñanza y el estudio con pasión. Que todo esto no se quede solo en palabras, sino que sea parte de nuestra vida diaria.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

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1 Comment

  1. Muy buena columna Alejandro ….. Esperemos que este proceso abarque o llegue también a, la que creo, es una generación a la que desgraciadamente le va a costar mucho salir de como está hoy (mencionado por ti) …..

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