Llegó alguien que no sabe dónde queda Versalles
La derecha está entrando en un escenario que no le acomoda. Ha logrado conformar una coalición en base a una combinación de acuerdos que consigue en espacios controlados y reservados, acompañados de declaraciones públicas que expresan los consensos que alcanzan unos pocos.
Este estilo sutil ha requerido siempre ciertos espacios cerrados de conversación, que procesan las críticas internas, lejos de la vista de los extraños, permitiendo que sea el destilado de los acuerdos lo que se da a conocer hacia fuera.
En la oposición son muchos los que participan del foro público en todo tipo de temas y en los más diversos tonos. Esa es la superficie. Bajo el tráfago cotidiano, cuando las cosas marchan bien, este sistema aristocrático opera. Un cierto barniz versallesco se hace a veces tan presente que uno espera que llegue el día en que el talco para pelucas ceremoniales se declare artículo de primera necesidad.
En este ambiente, sumamente controlado y predecible, llega a la presidencia del Senado un actor disruptivo. El recién llegado es también un representante de un tipo reconocible de derecha más ligada a lo rural que a lo urbano y de indudable efectividad en la acción. El choque será cultural a la vez que político.
Llegará un momento en que la presidencia de García Ruminot será considerada por los liderazgos clásicos de la derecha como un período dorado. Es el tipo de persona que permite que la toma de decisiones se efectúe con la tranquilidad suficiente, mientras una figura apacible le da el rostro adecuado para que todo transcurra como es debido, sin llamar mucho la atención.
Es la opacidad convertida en virtud. A alguno le pueda asombrar que alguien logre jugar un papel tan importante sin apenas notarse. Hasta sus más cercanos podrán forzar la memoria y no lograrán encontrar una sola frase memorable de García. Es una figura traslúcida, lo más cercano que una persona puede estar de un fantasma sin serlo. Se mimetiza con el entorno.
Ahora nos fuimos al otro extremo. Manuel José Ossandón se describe a sí mismo diciendo “soy un hocicón” y, en este caso, es casi una descripción técnica. Ya en su primer día dijo algo que hará que se agiten muchas pelucas simbólicas: “En la derecha todo se hace entre cuatro paredes. No se los voy a aceptar. Y les gané. Así de claro”. Los que lo conocen saben que es exactamente lo que hará.
La chichita con la que se están curando
Lo temible de Ossandón es que dice en público todo lo que los demás dicen en privado, con lo que no queda nada a la imaginación y es difícilmente desmentible. Ante tamaña desgracia muchos en la oposición se contentarán diciendo que, por último, se trata sólo de la presidencia del Senado y eso importa a muy pocos y, además, será por tiempo limitado. Se equivocan profundamente.
El papel que cumple el Senado en la derecha no ha sido percibido en su importancia de puro obvio. Se puede tener mucho poder en todos los ámbitos de una sociedad, sin que sea necesario que los rostros de quienes dirigen se hagan visibles.
En política eso es imposible, el poder necesita hacerse corpóreo, debe tener domicilio conocido y encarnarse en rostros que permiten alcanzar acuerdos aceptables con otros actores y levantar barreras ante lo que no pueden tolerar. Eso es lo que ocurre en el Senado, sin aspavientos, sin alardes, sin estridencias, pero ocurre igual. Muy en el estilo nacional de evitar la ostentación.
La derecha tradicional acaba de tener una derrota humillante en su casa. Como siempre, subestimó a un adversario de sus filas porque no destacaba en las cualidades que más aprecia y se confió demasiado en su propio peso. Llego alguien que los conoce mucho para temerles y, actuando con desplante, los superó en su propio juego. Aparte del orgullo herido, ¿tiene esto importancia? Sí, la tiene.
La derecha es experta en enfrentar a la izquierda, pero es inepta para enfrentar los desafíos que provienen de su interior. Llegó alguien que les desarma el juego.
En Chile Vamos están preocupados por el desempeño de su candidata presidencial, pero morirían antes de confesarlo. Temen el efecto conjunto de Kaiser y Kast y no se les nota. Han empezado a dirigir la acción del comando entregando directrices más claras y todos hacen como que provinieran de la candidata. Notable.
Entonces llega Ossandón y lo primero que dice es que Matthei “tiene que armar equipo con los partidos, pero si quiere ganar la que dirige el equipo es ella”, que es lo mismo que decir que no ha estado pasando.
Para el nuevo presidente de la Cámara Alta no hay temas vedados: “¿Hasta cuándo la derecha económica es la que maneja esto? Eso no puede ser”. Tanta sinceridad no es compatible con el pudor y con tanta transparencia no se puede trabajar tranquilo.
¿Se acuerdan de lo que me dijeron?
En la derecha se suele decir que la unidad es muy posible porque hay una gran aproximación en cuanto a las propuestas, mientras que las diferencias son más bien de estilos. Este es un error.
No se trata de combinar dos textos en un ambiente académico, sino de hacer compatibles comportamientos políticos que pueden llegar a ser muy divergentes, por mucho que se los ubique al lado en el espectro político.
Lo que hemos visto es que la decisión más importante de los últimos meses, la reforma previsional, concitó el acuerdo entre adversarios y enemistó entre sí a actores importantes de la derecha, todos ellos con candidatos presidenciales. Es que el estilo se expresa en opciones estratégicas que divergen en vez de converger.
La presidencia de la Cámara Alta dura poco tiempo, pero se trata del tiempo en que se disputa el poder y la real conducción política opositora quedó sin cara visible.
A cambio, lo que tendremos será alguien que dirá muchas verdades, será celoso de sus atribuciones y, si la reacción a sus propias palabras lo permite, podrá allanar acuerdos posibles entre gobierno y oposición, particularmente en materias de seguridad, donde ya ha hecho aportes poco reconocidos.
No sé si Ossandón sea una persona vengativa, pero tiene una particular buena memoria para acordarse de las ofensas recibidas. La UDI ya sabe que no cuenta con su cariño y ha rememorado cuando el gremialismo pactó con la izquierda cuando “al estilo Coloma, no le preguntaron a nadie”. Hoy la tortilla se dio vuelta.
Con un presidente que siente que no le debe nada a Chile Vamos y Ricardo Lagos Weber en la testera, los acuerdos son posibles, pero las combinaciones no tienen por qué ser las de bloques cerrados. Para el oficialismo se instala una incertidumbre para bien (no tienen nada que perder y algo que ganar), para la oposición empieza una incertidumbre para mal.

Una vez más lo traiciona su corazón, sus deseos, sus sueños políticos, muy voluntarioso, nadie es tan tonto, no menosprecie ni sea soberbio. Se dio una situación muy particular, o apoyar a un travesti político, elegido al mal usar su apellido o a un llanero solitario, con cero capacidad de trabajar en equipo……..