panamericanos

¿Qué hará que ciudadanos de este mismo país tengamos un comportamiento tan tranquilo, grato, cooperativo, buena onda respecto a cierto tipo de eventos públicos como fueron los Juegos Panamericanos Santiago 2023, y otro tan opuesto, confrontacional, ansioso, violento, mala onda en otros eventos como puede ser el próximo plebiscito, una elección presidencial, la gestión de gobierno o la política en general?

Son innumerables los reportajes, columnas y editoriales escritos recientemente destacando ese buen clima anímico de los juegos. Me pregunto, ¿habrá lecciones o prácticas que aprender de ellos para transferirlos al ámbito de la política? ¿Qué factores específicos serán los más determinantes en generar un tipo de comportamiento u otro?¿Serán comportamientos diferentes de las mismas personas, o es que son personas distintas las que participan en uno u otro tipo de evento? ¿En qué serán diferentes?

No pretendo tener respuestas para todas esas interrogantes. También es obvio que la competencia deportiva es bien distinta a la competencia política. Pero, ¿en qué? ¿Por qué tanto?

Repasemos primero algo de lo escrito estas semanas. Por ejemplo: “Un Metro que nos dejó deslumbrados por su limpieza, modernidad y seguridad (…) Entrada expedita, sin saltarse la fila (…) Voluntarios que atendían amablemente las dudas (…) Canto de la Canción Nacional de pie y con genuino orgullo”. (Sylvia Eyzaguirre, La Tercera).  “Cómo no llenarnos de entusiasmo (…) Una verdadera inyección de energía para la ciudad (…) Que deportistas panamericanos sean la inspiración de nuestros jóvenes” (en vez de los narcos y campeones de portonazos -mi agregado). (Martín Andrade, La Tercera).

“Produjo un alivio colectivo a los tiempos tan cargados que vivimos, (a pesar) de la mala voluntad con que masivamente se enfrentó el asunto en sus semanas previas”. (C. Urrejola, The Clinic).  “Necesitábamos este paréntesis a la oscuridad en que nos convencimos de vivir hace décadas” (Germán Silva, El Mostrador).

Esas mismas expresiones fueron repetidas por columnistas y periodistas en casi todos los diarios regionales. El mismo Silva resumió el fenómeno diciendo que mientras la encuesta CEP de junio recién pasado mostró que en los chilenos predominaba el pesimismo, la desesperanza y la desconfianza en la democracia y las instituciones, en octubre apareció la confianza, el orgullo en nosotros mismos, el sentimiento de unidad, la alegría y la esperanza. No somos sólo el desastre que veíamos, concluyó.

Eyzaguirre y Silva, en sus brillantes escritos se aventuran en qué parece hacer la diferencia entre organización, gestión y participación en deporte (panamericano al menos) y en política (no tanto con el fútbol profesional, desgraciadamente). La primera sugiere que habría un divorcio entre políticos y ciudadanos porque los partidos están capturados por sus bases, un grupo minúsculo e ideologizado, “cuyo interés no conversa con el de los electores”. Además, agrega, “se han ido convirtiendo en bolsas de trabajo para sus militantes, que por lo general son personas especialmente poco talentosas para el trabajo”.

Silva, por su parte, señala que la diferencia surge del ánimo cooperativo de los organizadores, empezando por la cúpula; el entendimiento entre ejecutivos organizadores (Mayne-Nicholls) y ministro del deporte (Pizarro). Coincido: valiosa observación. Pero lo extendería al respeto entre estos dos estamentos técnicos (funcionarios de gobierno) y políticos (altas autoridades políticas) en no más de unos 400 servicios a nivel regional, comunal y otros.

Agregaría los siguientes factores como demasiado presentes en la política y el gobierno, y que no aparecen tanto en eventos deportivos masivos y en su organización:

1) Los egos: el afán por destacar individualmente, tener la razón, ponerse al servicio de una agenda personal, etc. Lo que no se observó en Mayne-Nicholls ni en el ministro Pizarro. No creo que hayan tenido a priori el plan de hacer carrera política o ser elegidos diputado o senador. 

2) El afán de poder; ese deseo irresistible a ser reconocido por los demás como alguien excepcional y que gracias a eso controla y dirige como él o ella considera mejor. 

3) Los tipos de ambición o pasión subyacentes. Necesarias por cierto, pero hay algunas constructivas, abiertas, convocantes, sanas; y otras de tipo destructiva, egótica y cerrada a unos pocos (los de su partido o ideología). 

4) El dinero; el rol y presencia de ese “gran señor”. En el deporte, casi todo es voluntario y el propósito de los deportistas no tiende a ser enriquecerse. Creo que hay más consciencia que es una actividad temporal o impermanente: no es una carrera para toda la vida.

5) El deseo de figuración, de aparecer en la prensa y en la tele, generalmente criticando a otros, exagerando la confrontación y la pelea, conducta que muchos reporteros animan porque atrae audiencia. Todo esto reduce los espacios de entendimiento y cooperación.

6)  La organización previa, formación o entrenamiento son claves en el deporte, no así en la política. En esta última actividad se cree que basta con tener una opinión formada, haber leído un par de libros, estudiar cierta carrera universitaria para ejercer con competencia como alcalde, parlamentario o gobernante. El ejemplo de los miembros de este gobierno no puede ser más elocuente. Para terminar agrego dos puntos que también puede diferenciar a deportistas y políticos:

7) La condición clave para participar. El deportista está en la cancha o en la pista por un resultado mínimo medible que ha alcanzado; hay un umbral de selección para ser parte del equipo. En el caso del político entra a la contienda por amistades, pertenencia a una tribu, elocuencia, capacidad de seducir sobre sus propias capacidades y de hacer promesas. En uno, resultados medidos; en el otro, emociones y palabras seductoras. Y

8) El tipo de liderazgo: individualista o de equipo. En alguna entrevista leí que Mayne-Nicholls dijo que su mayor esfuerzo y principal trabajo fue que todos los organizadores entendieran que tenían que trabajar en equipo. Si alguien lograra que eso se hiciera más en política y gobierno, seguramente tendríamos un país más parecido al de los Panamericanos.

Si todo lo anterior hiciera sentido, entonces ¿hay lecciones prácticas que aprender? Sí, mucho me atrevo a decir. Por ejemplo que, como ciudadanos, cada uno de nosotros tomemos consciencia de esto y lo apliquemos cuando participemos en lo público y en política, cuando votemos, elijamos gobiernos y candidatos. Observemos con este prisma qué partidos políticos son más serios o tienen muchos vicios. Escojamos personas idóneas y no sólo ideologías. Informémonos más y exijámosla. ¿No podrían establecerse requisitos mínimos para ser candidato a diputado, senador, gobernador o alcalde? ¿O que sea obligatorio que Servel publique un CV de cuatro líneas de cada candidato y su repuesta a tres preguntas claves, por qué se siente calificado, y eso sea publicado antes en web del Servel? 

Y dos cosas muy prácticas: terminemos con los partidos que son agencias de empleo encubiertas. Bajemos los sueldos de las altas autoridades de gobierno y asesores (no necesariamente funcionarios), para que entren a gobernar quienes van a servir por un tiempo limitado como los miles de voluntarios de los Panamericanos (cuatro años no es mucho tiempo). Que los políticos se organicen y formen con tiempo sus equipos para gobernar, como se hizo por más de seis u ocho años para Santiago 2023. Conformar algún tipo de “Gabinete en la sombra” como los ingleses. ¿Por qué no? De hecho, aunque por casualidad, así ocurrió en el caso del Gobierno de la Concertación que dio a Chile su más largo período de paz social y progreso.

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