Una mujer mira a ambos lados antes de bajarse del auto. Es de día. Es un barrio acomodado. Calcula la distancia hasta el portón, la llave en la mano, el bolso bien sujeto. No piensa en lo que está haciendo. Lo hace. Hace meses que lo hace.
A diez cuadras, un hombre cierra el almacén una hora antes que el año pasado. No es que tenga prisa. Es que las cosas han cambiado. Un médico, sale de su casa al hospital a las 4 de la mañana, por una emergencia, a 3 km del hospital de Rancagua, y sufre una encerrona. ¿Debería dejar de atender emergencias hasta que esto se calme?
Un niño le pide a su madre quedarse en casa de un amigo. Ella le responde que no. No por capricho. Por la calle, de vuelta. Otros se despiertan escuchando balaceras.
Así, sin titulares, sin ministros, sin discursos, se ha reorganizado la vida cotidiana de millones de chilenos. El miedo no llegó de golpe. Llegó de a poco, ajustando rutinas, recortando salidas, alterando conversaciones. Y llegó desigual, como todo en nuestro país: hay quienes pueden pagar muros, alarmas, choferes, distancias. Y hay quienes no pueden pagar nada y viven, literalmente, en la primera línea.
Es ahí, en esa franja olvidada, donde se decidió una elección.
58% de los chilenos votó por José Antonio Kast. Por muchas razones. Pero una corría por sobre todas: que alguien, por favor, pusiera orden. Patricia Bullrich, senadora argentina, exministra de seguridad, lo dijo sin adornos en una entrevista con Felipe Kast: los tienen adentro. Hablaba del crimen organizado. Y recordó un dato que duele: los homicidios en Chile se duplicaron en una década, llegando a 6,8 por cada cien mil habitantes en 2022. Atroz, ya que detrás de cada decimal hay una madre que no duerme.
Mirémoslo a través de algunos hitos.
Octubre de 2019. Carabineros en el suelo, instituciones en duda, miles de funcionarios renunciando, un país preguntándose en voz alta qué era. Luego la Convención, su proyecto de varias naciones y varios sistemas de justicia, su flirteo con el desmontaje de la República. Y las fronteras, mientras tanto, abriéndose como puertas mal cerradas. Cada uno de esos episodios podía explicarse. Juntos, contaban otra historia: la de un país que estaba dudando de sí mismo. Y nada atrae más al crimen organizado que la incertidumbre. La huele. Se instala donde la encuentra.
Hannah Arendt distinguía entre poder y violencia. El poder —decía— descansa sobre la acción concertada y la legitimidad. La violencia aparece cuando el poder cede, cuando ya no basta la autoridad y hay que reemplazarla por la fuerza. Aplicado a nuestro presente, el avance del narco no es sólo un problema policial. Es un síntoma. Es lo que crece cuando algo más se ha debilitado.
Los narcos leen. No leen libros, leen señales.
Leen cuando dos autoridades discuten en cámara sobre una cárcel. Leen cuando una oposición elige obstruir antes que sumar. Leen cuando en una población no se ve una patrulla en toda la noche. Leen el silencio del Estado mejor que cualquier diario. Y lo interpretan como lo que es: un permiso.
Hay que invertir la ecuación. ¿Los narcos deben temerle a la sociedad? Esa es la regla. No la inventé yo. La probaron otros, antes, y con éxito. El temor no se construye con declaraciones. Se construye con presencia constante de las policías, con drones, persecución que no afloja, inteligencia que sigue el dinero, y una decisión política que no se quiebra a la primera presión.
Algo se ha hecho, y conviene decirlo. La frontera norte ya no es la pasarela abierta de hace tres años. Hay militares, controles, el Plan Escudo. Quien quiere entrar hoy lo piensa dos veces. Eso es real, y es mérito de quienes están trabajando por ese cambio. Pero el problema mayor no está afuera. Está adentro. Está en las redes ya instaladas, en los líderes que despachan órdenes desde las cárceles como ejecutivos desde una oficina, en los barrios donde el Estado llega tarde, mal, o no llega.
Y aquí hay una verdad que cuesta admitir: Chile construyó, por temor a los abusos del pasado, una Agencia Nacional de Inteligencia deliberadamente pequeña. Pocos agentes, poco presupuesto, escasas facultades. Esa decisión fue comprensible al momento de ser adoptada, pero hoy es una mochila pesada. Mientras las mafias se modernizaban como empresas —contabilidad, logística, expansión territorial, lavado en tres continentes—, nosotros las mirábamos con lupa de coleccionista. Necesitamos una ANI fuerte y moderna. Con los mejores efectivos. Con inteligencia financiera real. Con capacidad de anticipar, no solo de registrar. Una agencia de Estado, no de gobierno. Porque cuando cambie el gobierno, el crimen organizado seguirá ahí.
Si no actuamos juntos —gobierno, oposición, instituciones, fiscalía, policías— ya sabemos hacia dónde vamos. La palabra incómoda es narcoestado. Un país cruza ese umbral cuando el crimen ha permeado tanto la administración pública que ya nadie puede controlarlo. Cuando hay élites criminales conviviendo con élites legítimas. Cuando el lavado funciona con cierta normalidad. Cuando hay zonas donde la ley del Estado convive con —o cede frente a— la ley del hampa. México y Centroamérica lo saben. Partes de los Andes lo saben. Nosotros no estamos ahí. Pero estamos más cerca de lo que la conversación pública admite.
Basta encender la televisión cualquier mañana de esta semana. Un homicidio en la madrugada. Una encerrona al mediodía. Un asalto al supermercado de la esquina. Y, en paralelo, un mega operativo, detenciones, despliegues, drogas incautadas. Hay acción. Pero también hay coexistencia. La violencia y la respuesta avanzan en columnas paralelas, sin que ninguna se imponga del todo. Y mientras eso siga así, el miedo se queda. Hace falta más. Más coordinación. Más permanencia. Más inteligencia. Más decisión. Hace falta que la balanza se incline de este lado.
Gobernar implica amar.
Suena a frase de tarjeta, pero no lo es. Amar a un país significa estar dispuesto a tomar las decisiones difíciles, esas que duelen políticamente, las que no se aplauden el lunes siguiente. Amar a un país es proteger a los que no se pueden proteger solos. Toda política es, en último término, una política social. Y la seguridad —esa que devuelve la calle, la noche, la confianza de salir y volver— es la más social de todas. Sin ella no hay dignidad. Sin ella no hay igualdad. Sin ella no hay vida en común.
La hora de decidir.
Cada semana que pasa sin unidad de acción es una semana que ganan ellos. Más redes consolidadas, más barrios capturados, más instituciones tocadas, más miedo instalado en el aire que respiramos. La urgencia no es una figura retórica. Es la temperatura real del país. Es lo que el chileno común, ese que no aparece en las cifras, pero las padece, lleva escrito en el cuerpo cada noche al cerrar con doble llave.
El tiempo es ahora. Sin dilaciones.

Así es pues. Estamos sufriendo la decidia, la cobardía, lo pusilánime y/o lo intencional de las acciones de gobiernos de Bachellet 2, Piñera 2 y del innombrable…….No lloremos ahora, seamos coherentes y apechugemos de ser tan cobardes y despreciables.