“Nadie duerma”, como en la ópera “Turandot”, de Puccini, en donde una ciudad entera de la milenaria China no debía dormir en espera de algo excepcional que debía suceder; así en Chile nadie debería dormirse (en sentido figurado) ante el extraordinario momento que vive la nación. Su futuro se está escribiendo aceleradamente en medio de tensiones, alarmas justas o exageradas, y esperanzas que deberán hacer las cuentas con la realidad que no perdona los sueños desmedidos.

Dos acontecimientos sacuden el presente y el futuro próximo de Chile: la nueva Constitución con sabor refundacional y el gobierno de Gabriel Boric, con ímpetus que anuncian una nueva Era. Es una ruptura programada que aún así revela diferencias internas de la nueva clase dirigente, que oscila entre el “aquí y ahora” y la gradualidad que en ocasiones abiertamente exhibe el Presidente. Dos cursos políticos que marchan con el trasfondo de las secuelas del Covid, la inflación que corroe velozmente los ingresos de la gente trabajadora, la obstinada violencia en la Araucanía, la “normalidad” de los viernes de furia (que algunos todavía llaman protestas) en plaza Baquedano, y la fiebre de los fake news en la arena de las redes sociales. Y como silencioso coro, la aparente indiferencia de chilenos que navegan en el “no sé, ni me importa”. 

Hay razones para no dormirse.

No dormirse ante las certezas blindadas –o prejuicios, o dogmas–, aquellas que no admiten la duda benefactora que refresca el diálogo que posibilita tomar conciencia de los propios límites y errores, o derechamente de la personal ignorancia, en el marco de la decisión a la que seremos llamados el 4 de septiembre: ¿Sí o no la nueva Constitución? La palabra trascendental se suele usar con bastante ligereza, para facilitar convocatorias o allegar consensos; pero hoy sí habrá trascendencia en las urnas que se abrirán próximamente. Ya no se trata de elegir autoridades de duración predeterminada, ahora se optará por la matriz que regirá nada menos que la estructura política  de Chile, con todas sus implicancias, las que ordenarán el modo en que los ciudadanos vivirán –y convivirán– en una misma nación. 

Razón hay, pues, para estar despiertos ante las ideologías (o conciencia falsa según Marx, es decir una conciencia ilusoria y mistificadora acerca de la realidad), ideas que recorren la Convención constituyente desde sus inicios y que han permeado buena parte del articulado que será propuesto al pueblo en septiembre.

No dormirse en la propia trinchera, en permanente defensa y conflicto con el “enemigo”, sin tregua alguna que permita saltar el foso y llegar a acuerdos con quienes están en la vereda de enfrente, con ideas e intereses distintos, pero en la misma calle por donde deberán seguir caminando juntos. Desde noviembre de 2019 “la casa de todos” ha sido un estribillo repetido y cansador, pero no menos cierto: la Constitución es el espacio desde donde se condicionan las leyes que deben dar cabida, protección, deberes y derechos a todos por igual, sin odiosas discriminaciones ni expulsiones de la sociedad. En ese entorno ideal y genuinamente democrático, pero difícil y sembrado de trampas y obstáculos, es donde nacen y crecen las grandes y prósperas naciones.

No dormirse en el presente, único e inmanente, que parece guiar el pensamiento y acción de los grupos líderes de los nuevos cambios. El eslogan “No fueron 30 pesos, fueron 30 años”, un verdadero chantaje político, ha penetrado fuertemente en la representación del pasado que ha devenido en algo detestable, sin mayor demora ni análisis. En ese calderón del resentimiento caen personajes e instituciones republicanas, de reciente y antigua data. Allí bullen los símbolos patrios, el Poder Judicial degradado a simple cuestión administrativa, o connotados líderes del reciente pasado democrático posdictadura, entre otros ingredientes del pasado del país. En la abolición del centenario Senado vemos más rencor que justas razones; en la no invitación a los ex presidentes de Chile a la significativa ceremonia de entrega final de la nueva Constitución a la ciudadanía, advertimos más inquina que un honesto balance de sus mandatos. Hay estrechez de perspectiva del tiempo, incapacidad o no voluntad de unir pasado, presente y futuro, la llave maestra de cualquier proceso de transformación social.

Tampoco dormirse en la ligereza de opinión, entregada sin reflexión, sin lecturas previas y, peor aún, sin fuentes fidedignas que sostengan opiniones tan tajantes e intimidantes, que no admiten refutación alguna. La Constitución nacional es una cosa seria, que no depende de tal o cual rostro influencer para decirle Sí o No, que exige atención, que demanda pausas para informarse y pensar, que merece meditación antes de juzgar y, sobre todo, antes de trazar la raya en el próximo plebiscito que decidirá sobre ese magno texto.

Alerta y atención permanente a lo que sucede afuera, más allá de la puerta de casa o de trabajo, no significa obsesión y arranque de la vida cotidiana, con sus quehaceres, alegrías y problemas, sino que participación en los acontecimientos que están esculpiendo el próximo futuro de Chile. ¿Cómo será ese nuevo país? Dependerá en última instancia de cada uno de nosotros, no de convencionales, políticos, grupos o personas ajenas al autónomo albedrío que tenemos las personas libres.

Una buena Constitución no necesita respaldo de facciones o de famosillos, necesita solo el espaldarazo ciudadano representado en las urnas, en donde cada ciudadano y ciudadana depositarán su confianza o su escepticismo, solos en la cabina, sin otra constricción que su propia conciencia. Como debe ser en democracia.

*Fredy Cancino es profesor.

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