educación
FOTO: FERNANDO LAVOZ /AGENClAUNO.

Leyendo una Carta al Director de El Mercurio, de un concejal de Vitacura, no pude menos que concluir que el vapuleado y enterrado voucher tiene que ser reivindicado.

Vitacura, una de las comunas más ricas de Chile, duplica la subvención mensual que pone el Estado por alumno que estudia en escuelas municipales. Es decir, agrega 300 mil a los 150 mil del fisco, totalizando 450 mil. A pesar de la magnitud del gasto, ninguno de sus colegios alcanza a estar entre los top 100.

Lo que ocurre es que la calidad de la educación pública no está directamente vinculada con su financiamiento, como nos ha pretendido hacer creer la izquierda. Creyeron que sacándole los patines a los alumnos de los recintos particulares subvencionados y relegando a estos al patio de atrás, con menores ingresos, prohibición del lucro (y, en consecuencia, de inversión) y llenos de trabas administrativas, iba a mejorar la pública. La señora Bachelet tuvo la genial idea de que para que fuera “inclusiva, gratuita y de calidad”, había que además terminar con la selección en los liceos que eran emblema de la meritocracia y poner fin a la posibilidad de los padres de elegir establecimientos, reemplazando su decisión por una tómbola centralizada. 

Otra medida lumbrera fue cambiar la dependencia municipal (que tenía problemas en algunas comunas) por una más centralizada, los famosos SLEP, cualquiera fuera su situación y sus resultados. El último manotazo lo dieron a la educación superior, convirtiendo la gratuidad en un mantra de equidad y, por supuesto, de calidad.

¿Qué ha pasado después del experimento socialista?  Nada no anunciado: los liceos emblemáticos cambiaron los estudios por los overoles blancos y las bombas molotov y la calidad no ha mejorado en absoluto en la educación pública, a pesar de la inyección de recursos estatales. Al contrario. Y los famosos SLEP se han convertido en un experimento de cómo hacer las cosas mal. El ejemplo emblemático es Atacama, donde sobre el 70% de la matricula es pública y no habiendo competencia subvencionada (como quiere el socialismo) los profesores por razones atendibles algunas e injustificables la mayoría, mantuvieron los niños fuera de las aulas por más de 80 días. Como en la época de la pandemia, cuando los más vulnerables fueron condenados a no estudiar, reabrieron tarde sus puertas, pero sólo parcialmente, con dos días de cinco dedicados a asuntos de los docentes. ¡Ah!, y muchos de ellos utilizaron el largo receso -porque esta vez no hubo ni aprendizajes on line- para impartirle clases pagadas a los mismos alumnos que se negaron a enseñar en sus escuelas.

Sólo nos enteramos de esta vergüenza porque lo denunciaron los mismos políticos que se disputaban el control del SLEP, donde afloraron, por supuesto, muchas más irregularidades. 

Nada bueno para los escolares, porque ellos no son el foco. Tampoco los padres, que cuando no pueden ir a trabajar para no dejarlos solos, es su problema, de nadie más.  Como en los jardines infantiles de la Junji que se supone facilitan el trabajo de las madres, pero me consta que, al menos en algunos, hay días administrativos cada 15 días, donde cierran sus puertas a los infantes.

Pero los malos profesores debieran estar agradecidos porque se ha ido reconstituyendo un sistema donde sus ingresos, ahora mucho más altos, no están vinculados directamente a su desempeño. Nadie los mueve de donde están y ponen en jaque la enseñanza cuando tienen el poder de paralizar un colegio, una comuna, varias comunas y luego, un país.  Como ocurría antes, cuando éramos uno más entre los de Latam y África. 

Algo similar ha ocurrido con la gratuidad en la educación superior, convirtiendo la promesa de acceso y calidad en una camisa de fuerza que jibariza el financiamiento de las universidades que antes obtenían más recursos con el CAE. Pero la izquierda prefiere eliminar el crédito, que ha sido la oportunidad de cientos de miles, antes que legislar para mejorar su forma de devolución.

“Educación de consumo”, “voucher”, “discriminación”, “los pobres nunca pueden elegir”, fueron los eslóganes que acomplejaron a la derecha para bregar por la libertad y optó por sumarse al coro igualitarista. Pero todas estas monsergas son mentiras. Los pobres sí pueden elegir y es deber del Estado crear las condiciones para que ejerzan ese derecho porque saben mejor que un funcionario estatal lo que les conviene a ellos y a sus hijos. Y lo mismo ocurre con la previsión, donde les quieren expropiar parte de su sueldo a cambio de una promesa de pago adicional de pensión que no se concretará nunca, como ocurría antes, cuando la mitad de los trabajadores no podía jubilarse. O con la salud, donde la centralización estatal los condena al mal trato y al peor servicio, con abyectas listas de espera, a pesar de la fuerte inyección de recursos por décadas.

La manera de romper esa cadena de indignidad y de tiempo perdido es que haya competencia. Es romper la tranquilidad del sistema estatal, permitiendo el libre juego a los privados para ofrecer un mejor servicio en salud y educación y, no menor, mejor trato. En pensiones hay hoy libertad para elegir quién da el servicio, pero la quieren terminar y centralizar y estatizar. Porque al socialismo extremo que tenemos en Chile (el democrático + el Frente Amplio y el PC) no le interesa liberar a los más vulnerables de esa subordinación.  Por el contrario, en su nombre e invocando los derechos de los más pobres, los condenan a la mediocridad y sacrificando sus sueños, los convencen de que requieren el yugo estatal.

¡Viva el voucher, la libertad de elegir!

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1 Comment

  1. De acuerdo, la ausencia de competencia es la principal generadora de mediocridad para cualquier servicio.

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