El Partido Republicano de Chile ha tenido una relación de amor y odio con el Ministerio de Seguridad Pública. Una verdadera teleserie.
Al principio lo odiaron. Cuando se discutió su creación durante el gobierno anterior, los republicanos votaron en contra. El argumento era simple: “No se justifica”. A su juicio, se trataba de seguir agrandando el Estado, sumando burocracia y aumentando la grasa estatal para hacer algo que perfectamente podía realizarse con las instituciones ya existentes.
Sin embargo, tras el triunfo de José Antonio Kast, la historia cambió. Aun estando en la OPE, el nuevo ministerio pasó a ser la guinda de la torta de un conglomerado que había hecho de la seguridad su principal bandera. Costó mucho dar con un nombre para encabezar dicho ministerio, pero no pocos parlamentarios fueron sondeados (Vial, Bassaletti, Carter), pues muchos de los líderes del Partido Republicano precisamente vienen del mundo de la seguridad.
Finalmente, tal como sabemos —y hoy parece prehistoria— Kast se decidió por una ex fiscal regional que, al menos en el papel, parecía la candidata ideal. Y tal nombramiento fue leído como un espaldarazo y empoderamiento al púber Ministerio de Seguridad Pública. De hecho, la señal fue tan potente que, cuando el Presidente electo presentó oficialmente a su gabinete, comenzó precisamente por la Ministra Steinert y no por el Ministro del Interior, que siempre ha sido una suerte de primus inter pares. Kast se saltó el protocolo para transmitir un mensaje político cual es que el Ministerio de Seguridad tendría un rol preponderante en el gabinete. La señal era evidente: a los republicanos les había empezado a gustar esto de tener un ministerio propio para impulsar su relato y su agenda.
Pero el romance duró poco.
Durante los primeros meses de gestión, Steinert no logró consolidarse y el Ministerio de Seguridad Pública comenzó a transformarse en un dolor de cabeza. Entonces reaparecieron las dudas. “No debimos meternos en esto”, comenzaron a decir algunos en voz baja. “Por algo decíamos que no había que agrandar tanto el Estado”. La tesis original volvió a cobrar fuerza: quizás era más fácil coordinar la agenda de seguridad desde un Ministerio más empoderado, más político y ubicado en el corazón mismo de La Moneda, como es Interior.
Sin embargo, la teleserie volvió a dar un giro inesperado. Un nuevo plot twist. Y floreció nuevamente el amor.
La llegada de Martín Arrau cambió el ánimo. Cercano a Kast y militante republicano, asumió el desafío con un nuevo ímpetu. Como buen ingeniero, entendió que la gestión pública requiere indicadores, metas, objetivos, plazos, responsables y presupuesto. Después de todo, como decía Peter Drucker, lo que no se mide no se puede mejorar.
Desde entonces, ha logrado dar a entender que no sigue el mismo derrotero de Steinert. Y eso le ha gustado al los republicanos. Además, ha reforzado el equipo con dos subsecretarios que conocen bien el Estado y la política: Pilar Giannini y Gonzalo Guerrero. Si bien ninguno de los dos viene del Partido Republicano, esa tienda ha aplaudido el cambio pues la designación de los nuevos subsecretarios ha inyectado mayor energía a los primeros días de gestión de Arrau.
En el nuevo escenario, el Ministerio de Seguridad está llamado a transformarse en una de las principales herramientas del Gobierno para recuperar el relato que perdió durante sus primeros meses. Tal como lo oye: paradójicamente, aquello que Republicanos consideró durante años un error institucional puede terminar siendo su principal activo político. Lo que antes parecía un problema, hoy aparece como un posible salvavidas. Como dice el viejo cliché: nadie sabe para quién trabaja.
