El título principal podría haber sido el encabezamiento de un artículo periodístico del joven Winston Churchill despachado desde la North West Frontier. Pero no. Se trata de un episodio actual, que sigue en pleno desarrollo y con ramificaciones políticas, estratégicas, económicas y humanitarias, incluso más profundas que las que se perciben a primera vista.
Mucho se ha escrito cerca de los efectos geopolíticos, militares y políticos del apresurado retiro estadounidense de Afganistán en la política mundial. Pero nada, o casi nada, se ha leído de las consecuencias que tal evento podría tener para Chile. Una mirada superficial sugiere que no habría ninguno. La lejanía geográfica, la distancia cultural y una cierta complacencia fundada en una pretendida irrelevancia estratégica parecen amparar al país de las reverberaciones de los eventos de Afganistán.
Sin embargo, una mirada un poco más sutil sugiere algo distinto. Desde luego, Chile no estuvo ajeno a los acontecimientos que dieron origen a todo el proceso en Afganistán: el ataque a las Torres Gemelas y el inicio de la “Guerra contra el Terror” declarada por el presidente Bush. Por lo pronto, Santiago se sumó de inmediato a la repulsa internacional que provocaron los ataques y a la voluntad colectiva de combatir los fenómenos terroristas.
Paralelamente, los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 ocurrieron en pleno periodo de deliberaciones de lo que sería el Libro de la Defensa 2002. Se dedicó una sesión completa, fuera de programa, a discutir sus efectos políticos y estratégicos tanto a nivel global como en una óptica más localista. Hubo hipérboles discursivas, algunos planteamientos un tanto apocalípticos y una que otra catarsis política a propósito de un hipotético neoimperialismo asociado a la reacción estadounidense. Se habló de nuevos paradigmas en la seguridad internacional, de nuevas amenazas y de nóveles formas de conflicto armado. Todo esto fue inevitable dada la alta emocionalidad reinante y la falta de una genuina perspectiva de tiempo para analizar con sobriedad la verdadera significación estratégicas y política de los eventos de esos días. Pero en lo sustancial, el debate fue fructífero, apuntado y racional y sus reflexiones se proyectaron en las siguientes sesiones. Más tarde, el 2002, los resultados de esa sesión se sistematizaron en un seminario complementario, durante la etapa final de preparación del Libro, ahora con mejor perspectiva y mayor profundidad.
En definitiva, es posible argumentar que los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001 y el inicio de la guerra contra el terrorismo influyeron en forma indirecta pero no menos sustancial en el Libro de la Defensa 2002. Desde luego, al estimular el debate se superó una cierta parsimonia intelectual que se había abatido sobre los estudios de defensa luego del Libro 1997, excepto en el tema del servicio militar, abordado exhaustivamente en un seminario el 2000. A su turno, el debate más intenso facilitó un mejor producto final: el Libro 2002 se identificó con los estándares internacionales para este tipo de publicaciones y se definió, por primera vez, una genuina política defensa, ya que el de 1997 había sido solo una aproximación, cuyo mayor valor fue la generación de confianzas entre civiles y militares. El Libro 2002 dio mayor relevancia a las amenazas no tradicionales y afianzó una mirada más holística de la función de defensa. Curiosamente, nada de esto se menciona en el Prólogo del Libro, pero eso no impide identificar los modos y las formas en cuyo mérito los ataques del 11 de septiembre y la guerra al terrorismo incluyeron sobre el Libro 2002 y por su intermedio, en la ejecución de la Función de Defensa en Chile.
Pero los efectos de la “Guerra contra el Terror” sobre el Libro de la Defensa 2002, si bien no son para nada anecdóticos, ocurrieron hace 20 años. Corresponde entonces, analizar en clave actual los episodios de Afganistán y sus eventuales repercusiones en Chile. En esta lógica es posible identificar al menos tres aspectos que tendrían efectos sobre la seguridad del país. El primero es la confianza. Existe amplio consenso que la rápida retirada estadounidense está arrojado dudas sobre la confiabilidad de Washington como aliado. Sabido es que toda alianza descansa en buena medida en la confianza mutua entre quienes la integran, centrada en su voluntad de comprometerse hasta las últimas consecuencias de ser necesario. Solo así cada integrante puede encontrar justificación para alinear sus intereses estratégicos con los de la alianza. No todas las alianzas tienen la misma densidad pero la confianza está presente en todas, en forma proporcional a su consistencia.
Ahora bien, a comienzos de los 2000, Chile apostó por una alianza estratégica con Estados Unidos, manifestada entre otros aspectos en las adquisiciones de sistemas de armas, y renovada periódicamente. Ciertamente, fue entonces y ha seguido siendo una decisión correcta. Santiago y Washington comparten valores políticos e intereses estratégicos y existe una tradición de cercanía y confianza entre las instituciones militares de ambos. Es oportuno, en consecuencia, ponderar lo efectos de las dudas sobre la confiabilidad de Estados Unidos como aliado. Desde luego, el asunto no es tan fundamental para Chile como puede serlo para Taiwán o Ucrania, pero tampoco cabe descartarlo del todo. En esto, debe considerase la comunidad de intereses políticos y estratégicos entre ambos países y, paradojalmente, la menor densidad de la alianza. En conjunto, esos factores permitirían presumir que para Chile al menos, la confiabilidad de Washington, cualquiera que haya sido su merma a los ojos de sus aliados cercanos, bien podría no tener efectos demasiado significativos, pero deben tenerse igualmente en cuenta.
Un segundo aspecto del fin de la presencia de Estados Unidos en Afganistán es que le permitirá a Washington concentrarse en su confrontación global con China y Rusia, en los términos en que ya fue esbozado por el Presidente Biden a comienzos del presente año en la Interim National Security Strategy Guidance. No solo podrá dedicar más esfuerzos políticos y diplomáticos a la disputa con Beijing y Moscú, sino fundamentalmente financieros: la guerra en Afganistán tuvo y seguía teniendo un costo enorme para Estados Unidos, que en el corto plazo iba a comprometer seriamente su capacidad de financiar el desarrollo de las capacidades tecnológicas indispensables. Así las cosas, es posible que Washington incremente su interés en América Latina en la lógica de la disputa con China, especialmente considerando los avances de Beijing en la región, ya considerables. Esto tiene consecuencias para Chile: divide lealtades. China es fundamental para la economía chilena, pero Estados Unidos es su más importante aliado estratégico, en realidad el único, y por sólidas razones. Este dilema fue advertido hace algún tiempo por la Cancillería que anunció una política de “neutralidad activa” frente a los dos, sin que resulten completamente claros los contenidos de la misma. Toda neutralidad, sea política o militar, es compleja y exige mucha capacidad de gestión diplomática, además de miradas estratégicas profundas y sofisticadas y esta no será una excepción.
El tercer elemento es de naturaleza eminentemente militar. Existe amplio consenso que la entronización del Taliban en Afganistán puede generar un incremento del terrorismo a nivel mundial. Los acontecimientos de los últimos días ya lo confirman. Esto parece relativamente lejano para Chile pero no puede dejar de considerarse en momentos en que se aproximan definiciones de las misiones de las Fuerzas Armadas, tanto en el debate constitucional como en los acápites de defensa de los programas de gobierno que se agitan en el proceso electoral. Se aprecia aquí una tendencia reduccionista: los uniformados solo tendrían cometidos clásicos de defensa externa, lo que resulta contrario a la experiencia comparada frente a las nuevas formas de conflicto armado, que requieren un involucramiento coordinado de todos los cuerpos armados del Estado.
Todo esto presentará especiales desafíos para las autoridades de Relaciones Exteriores y Defensa y demostrará, una vez más, que, como potencia media, Chile no es estratégicamente irrelevante ni está a cubierto de los avatares de la seguridad internacional. Los acontecimientos de Kabul, lejanos geográficamente, pueden resultar estratégicamente muy próximos para el país.
