José Joaquín Brunner publicó la semana pasada una columna que hace algo infrecuente: tomarse en serio un adjetivo. Sostiene que la simetría de “a diestra y siniestra” engaña, porque hay una ultraderecha global, nacional y gobernante, mientras la ultraizquierda chilena sobrevive arrinconada en los bordes del mundo letrado. Se puede discutir el reparto. Lo que interesa aquí es otra cosa: un dato que él anota casi al pasar y que vale por toda la discusión. Nadie se declara ultraizquierdista. Nadie firma. El adjetivo existe únicamente en boca ajena, se aplica siempre al de enfrente o al de más allá del pasillo, y un término que jamás se conjuga en primera persona no es una descripción: es una acusación disfrazada de coordenada. De ahí una pregunta que no es retórica sino literal, y que casi nunca se formula. Ultra significa “más allá”. Más allá, ¿de qué? No de quién: de qué. Es lo que se le pregunta a cualquiera que dice estar midiendo: dónde está el cero de su regla.
Interroguemos primero al testigo más humilde, que suele ser el más veraz. El diccionario recoge la locución “a diestro y siniestro” y la define sin piedad: sin tino, sin orden, sin discreción ni miramiento. Es decir, repartir hacia ambos lados no describe una puntería equitativa, sino la ausencia de puntería. El castellano llevaba siglos advirtiéndonos que quien golpea a la derecha y a la izquierda no está apuntando a nada, y lo había dejado escrito con esa terquedad de las lenguas viejas, que conservan la sabiduría en el sótano, aunque los inquilinos hayan mudado de opinión. El título de Brunner es, por eso, más exacto de lo que él mismo quiso: nombra con precisión el modo en que se distribuyen hoy los adjetivos.
El segundo testigo es la partida de nacimiento del vocabulario, y aquí la comedia se pone buena. La división entre derecha e izquierda no procede de la naturaleza de las cosas ni de una meditación sobre el hombre, sino de un plano de butacas: de dónde se sentaron unos y otros en una asamblea francesa de 1789 cuando se discutía el veto del rey. Toda nuestra metafísica política desciende de un mueble. La palabra ultra, por su parte, nació una generación después, en la Restauración, y designaba a los ultrarrealistas, aquellos que se declaraban más monárquicos que el rey. Nótese lo decisivo: la palabra funcionaba porque había un cero explícito y nombrado. Estar “más allá” era estar más allá del trono y de la Carta, dos cosas que cualquiera podía señalar con el dedo. Hemos conservado religiosamente el comparativo y hemos extraviado el término de comparación. Y como la ironía nunca viaja sola, la última vez que “ultra” significó algo preciso, significaba católico y monárquico.
El tercer testigo es nuestro propio mapa, y su declaración es demoledora por lo simple. José Antonio Kast era, en 2017, el ultra marginal del sistema; en 2025 fue el Presidente más votado de la historia de Chile; y hoy el presidente del Partido Nacional Libertario declara en televisión que tiene al gobierno “bailando la música que ponemos nosotros”. El mismo hombre pasó de extremo a moderado sin desplazarse un milímetro: lo que se movió no fue él, fue el observador. Gabriel Boric, en noviembre de 2019, fue durante la misma semana el ultra del estallido para unos y el traidor acomodaticio para los suyos, y hoy encarna para media prensa la moderación institucional.
De estas declaraciones se sigue un teorema que todos practicamos y nadie enuncia: moderado significa cerca de mí, ultra significa lejos de mí, y mí es, por definición, el punto medio. El círculo es perfecto y no tiene salida, porque el observador no está en la escala: es la escala. Por eso las disputas sobre el adjetivo no terminan nunca y no pueden terminar. No son discusiones sobre la realidad, sino sobre la ubicación del que habla, y la ubicación del que habla la fija, con encomiable comodidad, el que habla.
Toca entonces reconocer la paradoja: el único que ocupa una posición estrictamente extrema es el que se proclama centro. Si nadie se declara ultra y todos se declaran moderados, los dos hechos son en realidad uno solo, porque el centrista es el que sostiene, sin advertirlo y con excelentes modales, que el cero de la escala coincide con su propia persona. Existe, pues, un ultracentrismo que consiste en tener el ojo clavado en el propio ombligo y llamar a eso equilibrio, y es la posición más inmodesta del tablero, justamente porque se presenta como la más modesta. Los ingleses, para trazar sus mapas, hicieron pasar el meridiano cero por un observatorio de Greenwich, y tuvieron al menos la decencia de admitir que la elección era suya y de firmarla en un tratado. Nuestros centristas dibujan el mismo mapa haciendo pasar el meridiano por su propia butaca (aunque cambien de asiento), y sostienen a continuación que la geografía les dio la razón.
Falta el testigo más antiguo, y es el que explica a los demás. Hace veinticinco siglos, unos griegos que todavía hacían aritmética con reverencia religiosa dejaron escrita una lista de diez pares de opuestos: lo uno y lo múltiple, lo determinado y lo indeterminado, la luz y las tinieblas, lo recto y lo curvo, el bien y el mal. Y en esa misma lista, en esa misma columna, figuraban la derecha y la izquierda. La derecha del lado del bien, naturalmente; la izquierda del lado de las tinieblas. Lo notable es que la modernidad no derogó jamás esa tabla. Se limitó a cruzar el pasillo y a mudar sus simpatías a la otra columna, dejando el mueble intacto. Y una tabla de dos columnas tiene una propiedad fatal: no admite tercer término. Solo permite oscilar. Cada síntesis se convierte de inmediato en la tesis que suscita la antítesis siguiente, y así indefinidamente, que es exactamente la historia política que llevamos doscientos años relatando como si fuera progreso.
Aquí está la verdad incómoda, y no es política sino metafísica. Esto que practicamos como análisis político tiene un nombre viejo y exacto: maniqueísmo. No el insulto de sobremesa, sino la doctrina literal —dos principios, dos columnas, una guerra sin árbitro—, y da lo mismo que hoy se profese en versión de derecha o en versión de izquierda, porque el error no está en la columna que uno elige sino en el hecho de que haya tabla. Partir el mundo en dos columnas le concede al mal consistencia, lo asciende a principio, le da media realidad en propiedad. Y de paso condena como malas muchas dimensiones enteramente buenas de lo real, por el delito de haber quedado del lado equivocado del pasillo: la autoridad, porque cae a la derecha; la comunidad, porque cae a la izquierda; el orden, la espontaneidad, la ley, la libertad, cada una desacreditada no por lo que es, sino por la compañía que le tocó en la lista. Ningún país piensa bien mientras use un instrumento que le impide considerar las cosas en sí mismas.
Y una ideología, por definición, no se queda quieta donde nació. El prefijo emigró hace rato del Congreso y hoy se adhiere a todo: ultraconservador el que sostiene que a un niño le va mejor con padre y madre; ultraliberal el que cree lo que creía cualquier profesor de economía en 1990; ultracatólico —joya de la corona— el que se limita a repetir el catecismo tal como está impreso.
Bajo este vocabulario, ninguna cuestión se examina: se localiza. Si un plan de seguridad es justo, si un indulto es debido en justicia o es un favor entre amigos, si una ley ampara efectivamente al inocente, son preguntas que tienen respuesta y que exigen trabajo; averiguar dónde se sienta el que las formula no requiere trabajo alguno, y produce la agradable sensación de haber pensado. Peor todavía: gobernar deja de consistir en hacer lo justo y pasa a consistir en no ser rotulado. El propio Brunner observa que a las derechas chilenas parece preocuparles más evitar el calificativo que resolver sus diferencias reales, y tiene razón; pero eso mismo describe a todos. Quien teme el rótulo navega hacia el centro de una línea cuyo centro nadie ha definido jamás, es decir, hacia donde suena más fuerte el ruido. Es una brújula que apunta al griterío.
Brunner cierra su columna con una exigencia honrada: contra los ultrismos no basta con llamarlos ultras, hay que demostrar que existen alternativas que funcionen, y admite que esa demostración sigue pendiente. Añade algo más valiente todavía sobre su propio sector: que un grupo definido por lo que rechaza corre el riesgo de no definirse por nada. Ambas cosas son ciertas, y son la misma. La demostración seguirá pendiente mientras la pregunta sea dónde se sienta uno, porque “funcionar” es palabra de medios y ningún medio se acredita sin un fin declarado. Lo único capaz de dar cero a la línea no es un lugar sino un término: el bien común, lo debido a este hombre concreto, la verdad sobre lo que el hombre es. Con esa medida, moderado y ultra dejan de ser categorías interesantes, porque nada es verdadero por estar al medio ni falso por estar al borde.
Hace medio siglo, a un metafísico catalán llamado Francisco Canals Vidal le preguntaban a menudo si era de derecha o de izquierda. Respondía que no era ni lo uno ni lo otro, y tampoco “ni de derecha ni de izquierda”, que es la tercera casilla de la misma tabla. Y remataba citando a su maestro: que lo único que en definitiva importa es la esperanza de que, en el juicio final, a uno lo sitúen a la derecha del Hijo del Hombre. Hay, pues, una sola derecha que debería quitarnos el sueño. No la fijan las encuestas, y allí no se llega solo ni habiendo sido moderado.

Brillante, muy brillante. Y qué paciencia para leer y más aún contestar al señor Brunner…….
Ferrer formula una perspicaz pregunta y cae exactamente en la trampa que denuncia. Exige saber quién fija el cero de la regla, pero termina fijándolo él: “el bien común” y “la verdad sobre lo que el hombre es”, como si esas categorías no fueran también objeto de disputa.
El problema no es reemplazar el centro político por mi metafísica particular y declararla neutral. En democracia, el límite puede definirse de manera bastante menos pretenciosa: pluralismo, derechos, alternancia y límites al poder.
La paradoja es difícil de eludir: Ferrer acusa al centrista de hacer pasar el meridiano por su propia butaca y termina haciendo exactamente lo mismo. Solo cambia la butaca. Esta vez es la suya.