La encíclica Magnifica Humanitas constituye un hito en la reflexión moral motivada por la revolución tecnológica que sacude nuestros tiempos. León XIV plantea una interrogante crucial que emerge con los avances de la inteligencia artificial: ¿Cómo ha de custodiarse nuestra dignidad humana ante los avances de una tecnología que la rodea de amenazas? Por supuesto, el lugar común: para el Papa no se trata ni de demonizar ni de idolatrar una técnica que no es neutra, sino de encauzarla hacia un bien que la rectifica. ¿Pero cómo hacerlo? ¿Cuál es ese bien? ¿Quién ha de definirlo y protegerlo?
Me enfocaré en lo que constituye una idea central de la encíclica: la dignidad humana no es algo que deba protegerse a través de la eliminación de nuestra fragilidad. Nuestro florecimiento no ocurre “a pesar del límite, sino a menudo a través del límite” (§118), dice el texto. El sufrimiento humano debe enfrentarse con todos los medios que la técnica nos permita. Pero al mismo tiempo, la fragilidad que experimentamos en el límite no ha de entenderse como un lastre que idealmente podríamos eliminar, sino que como un aspecto de nuestra humanidad que se vería mutilada con su erradicación. Es el prospecto de alcanzar la perfección el que nos enfrenta a una curiosa pérdida de humanidad. A esto León XIV lo llama el afán de construir una nueva torre de Babel y lo ve encarnado en el posthumanismo y transhumanismo sobre el que se monta el hype tecno-optimista.
Magnifica Humanitas halla en la fragilidad consustancial a nuestra finitud el necesario sustrato de nuestra magnífica humanidad: “Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso (…). Misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas (…).” (§119)
Pero no es sólo en la posibilidad de experimentar la caridad en donde nuestra finitud increpa el perfeccionismo al que nos empuja el desarrollo de la inteligencia artificial. Hay otra arista de su importancia que hunde sus raíces en el mundo clásico más que en la cristiandad y que, aunque no es abordada en la encíclica, constituye una de las campanas de alerta que hace sonar la inteligencia artificial. Esta dimensión afecta una práctica que recorre nuestra existencia: la celebración y el cultivo de nuestras excelencias. En los esfuerzos virtuosos de la humanidad, en la exhibición de los dones y en el reconocimiento que los rodea, se asienta un aspecto clave de nuestro florecimiento.
Es sobre este pilar de la condición humana en donde la técnica erige una paradoja. Por un lado, el logro técnico es una dimensión más de las excelencias que celebramos. Quienes innovan técnicamente obtienen el reconocimiento de la época. Pero, al mismo tiempo, esos logros amenazan con perfeccionar —y así erradicar— las limitaciones sobre las cuales el cultivo y reconocimiento de nuestras excelencias es posible. Es en la mortalidad alojada en su talón donde el semidivino Aquiles encuentra su acceso a una gloria a la cual un inmortal no puede acceder. Una tecnología que nos aproxime a la condición divina nos privaría de un reconocimiento que sólo podemos alcanzar desde nuestra frágil mortalidad: Babel y Prometeo.
La dificultad para entender por qué ocurre esta paradoja radica en que gran parte de las actividades en donde la celebración de nuestras excelencias tiene importancia no tienen sólo esa importancia. En muchas de ellas tiene igual, mayor o única relevancia las características de la obra que deja la acción humana. Cuando compramos zapatillas deportivas, lo que nos interesa son las características de las zapatillas, no la excelencia humana que las hizo posibles. Friedrich Hayek hizo hincapié en el hecho de que las economías de mercado tienden a recompensar el valor de los productos y servicios en lugar del mérito de quienes lo producen.
Sin embargo, hay algunas prácticas en donde la exhibición de la excelencia humana es lo único importante —como ocurre en los deportes— y que nos permiten entender lo que está en juego. Una parte importante del goce que producen los deportes olímpicos la da el quiebre de récords en lo que sea que una disciplina exhibe: la distancia en el salto largo, los tiempos en el atletismo o una jugada de gol bien armada en el fútbol. La extensión de estos límites llena de gloria a sus artífices y de admiración a quienes los contemplan.
Pero, evidentemente, lo que produce este gozo no es un salto lo más largo posible o un tiempo más corto que el de la competición pasada, sino que cualquiera de estos logros en tanto que resultado de una excelencia genuinamente humana. Las fuentes de esa excelencia son diversas: puede provenir de talentos innatos (como se atribuía al Chino Ríos) o de una performance llena de esfuerzo y coraje (como veíamos en Nicolás Massú). Lo que celebramos en el deporte es a personas que exceden las capacidades del común de los mortales, pero que lo hacen en calidad de mortales, con el esfuerzo que ello implica, a una distancia infinita de la perfección divina.
Es por ello que en los deportes las tecnologías que pudieran mejorar los desempeños son vistas con suspicacia por las comunidades que las practican. En las olimpiadas de Tokio unas “súper-zapatillas” hechas de fibra de carbono y espumas ultra-reactivas que mejoraban la economía de carrera hasta en un 4% fueron objeto de airadas controversias. Se llamó a esto “dopaje tecnológico”. Pero ¿por qué? ¿acaso no queremos ver a estos atletas correr cada vez más rápido? Queda hecho el punto: no queremos nada de esto; lo que buscamos es más bien contemplar cómo lo logran desde su limitada y esforzada humanidad.
La amenaza que produce la inteligencia artificial a nuestra autoestima social radica en que, muchos de quienes habitamos el capitalismo, hemos hecho fuente de esa autoestima actividades que tienen una naturaleza intermedia entre la fabricación de zapatillas y el deporte olímpico. A los artistas, músicos, actores, intelectuales, académicos y profesionales que exhiben destrezas complejas se los valora indirectamente por el valor de la obra que producen. Importa que un académico escriba buenos papers y un artista produzca obras de calidad. Pero al mismo tiempo, cultivamos y celebramos la excelencia humana exhibida en esas prácticas y que emerge desde la finitud.
La amenaza reside en esto: debido a la primera característica de esas prácticas, no hay razones de peso para impedir su colonización por parte de la inteligencia artificial. Si la inteligencia artificial permite escribir mejores papers y hacer mejores obras, no podemos desaprovechar esa oportunidad. Pero al mismo tiempo, esa colonización erosiona la fuente de autoestima social que brinda el cultivo y celebración de las excelencias desde el límite humano. De pronto, intelectuales y creativos empiezan a correr con “súper-zapatillas” mentales y su gloria se disuelve en la perfección de la técnica. La excelencia se deshumaniza y perdemos con ello algo importante para nuestra realización.
La encíclica utiliza una expresión que resuena con lo antedicho: en los productos que hace posible la inteligencia artificial se pierde el rostro humano. Súbitamente, aquello a lo cual antes podíamos asociar un rostro, una autoría vulnerable, ahora es una obra generada por criaturas sin rostro. A mi juicio, esto no es un efecto exclusivo de la inteligencia artificial, sino que una derivada inevitable del progreso técnico, lo cual nos lleva a un juicio que no es ni optimista ni pesimista respecto de la inteligencia artificial, sino que se sitúa en el plano de la inconmensurabilidad: su deriva produce avances que debemos celebrar y apropiar, pero al mismo tiempo nos hace perder cosas valiosas. Y no hay manera de hacer un cálculo de los costos y beneficios para analizar el valor del neto, ni de rectificar su lado oscuro. El progreso tecnológico, oscilando dentro de un rango, habita inevitablemente un claroscuro: hay un rostro humano que se pierde en él.
