maestros

Estancados. La sensación de inmovilidad ante el panorama social y político es creciente. Y con ella, es creciente la impotencia: frente a la inseguridad, a los casos de corrupción, a la crisis del sistema educativo, y a la banalidad de un mundo político casi estructuralmente incapacitado para responder. El desconcierto toma forma de pregunta: ¿De verdad nadie puede hacer nada? Todos querrían que alguien hiciera algo. Hay llamados a terminar con los diagnósticos y pasar a la acción. Y, pese a la agitación del discurso, parece que nada cambia.

¿Qué hacer? ¿Dónde encontrar fuerzas para salir del estancamiento, de la pasividad? Son preguntas que se nos resisten, para las que no hay respuestas sencillas. No hay, al menos, soluciones político-abstractas: no nos sacará de aquí un nuevo acuerdo nacional sobre seguridad, probidad o crecimiento, ni una reforma al currículum educacional, ni un nuevo partido político. Quizás cabe aventurar un camino político-concreto: necesitamos personas, una nueva generación de jóvenes con ciertas disposiciones, cierta comprensión del contexto, ciertas habilidades prácticas para imaginar futuros posibles y transformar este escenario estático.

¿Dónde encontrarlos? Los atisbos de respuesta a veces vienen de lugares no convencionales. Hace pocos días, en un seminario sobre filosofía y metodología de las ciencias sociales, la destacada socióloga Kathya Araujo describió su trabajo de investigación y docencia como un trabajo artesanal: la ciencia se aprende haciendo y se aprende con un maestro. El profesor es un maestro artesano, que acompaña al estudiante y le va enseñando a hacer: a mirar, a pensar, a ir y venir desde la observación a las conexiones de sentido. Sin impaciencias, tomando sus propias inquietudes, lo ayuda a activar un potencial que no vería la luz sin ese trabajo a fuego lento. Lo pone en condiciones de entender y responder. Le abre posibilidades que no estaban en su horizonte.

La imagen del artesano me hizo pensar en esos otros maestros y maestras anónimos en distintos ámbitos de la vida social, que tampoco son gurúes que transmiten verticalmente diagnósticos o consignas, sino trabajadores con oficio, que acompañan a otros y los ponen en movimiento. Hay maestros artesanos en las organizaciones deportivas, en las familias, en los medios de comunicación, en las iglesias, en las empresas, en diversas iniciativas ciudadanas, en la política. Contribuyen a despertar a quienes están a su alrededor, especialmente a los más jóvenes, a los problemas comunes y los capacitan en la práctica para afrontarlos. No temen el trabajo paciente de acompañar orientando, no se pasman ante su particularidad y su aparente falta de alcance. Continúan, aunque no vean resultados, quizás conscientes de la radicalidad de su tarea.

Es obvio que importan las instituciones, las estructuras políticas, pero nada de eso será transformado con planes en papel y sin el compromiso de gente de carne, de personas vivas con ciertas disposiciones. Si es cierto que esa savia nueva se necesita con urgencia -en los ministerios, las escuelas, el Poder Judicial, la prensa- hará falta muchos más maestros artesanos anónimos que ayuden a los jóvenes a ponerse en condiciones para la tarea. Formar, animar a arriesgar y sostener durante ese camino dará más frutos que lamentarse.

Investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

Deja un comentario

Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.