En Cien años de soledad, la peste del insomnio no mata a nadie, pero hace algo peor: borra la memoria. Para defenderse, los Buendía marcan cada objeto con su nombre -mesa, silla, reloj, puerta- y a la vaca le cuelgan un letrero que explica para qué sirve. Pero García Márquez advierte el límite del remedio: llegaría el día en que olvidarían también el valor de la letra escrita, y los letreros quedarían colgados sin decir nada.
Algo parecido nos ocurre con el vocabulario de la protesta. El jueves 1 de octubre, la Confech marchó por la Alameda contra el Presupuesto 2027. Los incidentes más graves ocurrieron frente a la Casa Central de la UC, donde un grupo atacó a estudiantes que se oponían a la movilización. Hubo golpes cobardes contra jóvenes que se expresaban con ideas distintas. Diez de ellos fueron atendidos en la propia universidad y cuatro terminaron en el hospital. La paradoja es evidente: entre las convocantes de la marcha estaba la presidenta de la Feuc, la federación que representa a esos mismos estudiantes. Otra vocera de la Confech, Laura Mlynarz, condenó lo ocurrido, pero lo llamó «ese tipo de enfrentamiento entre estudiantes».
Ahí está el letrero de Macondo. «Enfrentamiento» supone dos bandos que chocan en condiciones parecidas. Una golpiza no es eso: tiene agresores y agredidos. Pero la palabra hace su trabajo silencioso y reparte la culpa en partes iguales. Lo extraordinario -un grupo golpeando a otro por pensar distinto- queda narrado con la naturalidad de un trámite. García Márquez convirtió esa técnica en literatura; nosotros, en costumbre.
El diccionario opera distinto en la otra dirección. Cuando Carabineros dispersa una marcha, la palabra es «represión», que sí tiene sujeto, culpable y adjetivos: la misma vocera denunció a miles de estudiantes «gaseados, mojados». Cuando la violencia viene desde dentro de la marcha, la gramática se vuelve impersonal: «se registraron incidentes», «hubo enfrentamientos». El verbo pierde al autor. Orwell lo advirtió en 1946: el lenguaje político sirve muchas veces para nombrar las cosas sin que el lector vea su imagen.
No es un episodio aislado.
Hay un segundo letrero. El proyecto de Presupuesto llegó al Congreso la tarde del 30 de septiembre, y esa noche el Presidente presentó sus líneas generales en cadena nacional. La Confech marchó a la mañana siguiente, cuando se conocían los énfasis, pero no las partidas: el detalle por programa se conoció en los días siguientes. Se marchó contra recortes cuyas cifras aún no estaban sobre la mesa. Cuando la protesta precede al documento, deja de ser argumento y pasa a ser política identitaria.
Es una lástima, porque hay discusión que dar. En Educación, en Salud, en Seguridad, en muchos otros temas. Son materias y decisiones que el Congreso debe examinar con lupa y -respecto de la Educación-, un movimiento estudiantil serio puede expresar sus opiniones y aportar al análisis y examen. Pero para hacerlo necesita algo que hoy le falta: la autoridad que da nombrar las cosas como son.
Conviene ser justos. No toda la marcha fue violenta, y la actuación policial debe estar siempre sometida a escrutinio. El punto no es cambiar un letrero por otro. La exigencia de precisión no tiene dueño político: quien pide llamar «represión» a lo que hace la policía debe llamar «golpiza» a lo que hacen los suyos.
En Macondo, la peste no se curó con más letreros, sino cuando Melquíades volvió con un remedio que devolvió la memoria. Chile no tiene a Melquíades, pero tiene un remedio más modesto y exigente: volver a usar las palabras para lo que sirven. La pregunta es si el movimiento estudiantil quiere debatir el presupuesto con letreros que ya no dicen nada, o con palabras que vuelvan a coincidir con las cosas.
