Lula

Imposible no recordar la novela de Giuseppe di Lampedusa al escuchar las palabras de Lula, el presidente de Brasil, intentando describir su visión de la crisis del régimen de Maduro. Curiosamente, ocurren de manera casi paralela a la muerte de Alain Delon, quien junto a Claudia Cardinale y de la mano de Luchino Visconti, popularizaron (viralizaron) la versión cinematográfica de tan espectacular novela.

Lula se ve molesto con el curso de los acontecimientos protagonizados por su antiguo amigo, Nicolás Maduro. Su irritación la ha transmitido por medios de comunicación y redes sociales. Sin embargo, sus declaraciones son alambicadas y algo amaneradas. En el fondo, pretende decir algo. Poco. Quizás, nada.

Que cada quien escuche lo que quiera, pareciera ser su objetivo. En esencia, Lula hace esas declaraciones sólo por cumplir mediáticamente. Nada más. Era inexplicable un silencio demasiado prolongado. Y lo hace de esa manera algo oblicua, pues no aspira a que las cosas cambien mucho. Ojalá nada, debe pensar en su fuero íntimo. Después de todo, ¿a quién le convendría que las cosas cambien efectivamente?, se debe preguntar.

Aunque la expresión gatopardismo ha sido utilizada con extraordinaria frecuencia en el análisis y la praxis política, así como en la vida en general, se suele olvidar que el momento preciso de dar vida al cambio -para que nada cambie- lo brinda, tanto en la novela como en la película, un perro. Se llamaba Bendicó. Era el perro preferido del padre de una de las protagonistas. Por lo mismo, lo habían embalsamado. En un momento clave de la trama lo lanzan por una ventana, como símbolo de un pasado que debe irse. En ese instante adopta la forma de un leopardo jaspeado; de un gatopardo.

La imagen recuerda el emblema de la familia protagonista (los Salina), y que reza con claridad meridiana: “tutto trova pace in un mucchietto di polvere lívida” (“Todo terminó en un montoncito de polvo lívido”). El perro embalsamado, ese símbolo de algo que ya no existe, aparece convertido en un gatopardo; salido de un polvo marchito. Perfecta alegoría a un cambio que no lo es.

Aunque es difícil saber si Lula ha leído la novela o visto la película (muy probable que ni lo uno ni lo otro) debe estar al tanto de la metáfora. Sin embargo, no le debe gustar la asociación con su conducta respecto al escandaloso fraude cometido por su antiguo amigo.

Tener que salir a hablar sobre un fraude tan mal hecho, provoca, obviamente, un disgustinho. Cabe recordar que añadió un comentario aún más tibio: “Venezuela vive un régimen muy desagradable”.

Los simpatizantes de Lula, con seguridad, leyeron y escucharon lo que quisieron. En el fondo, fueron receptores de un deseo. Darle a Maduro, o a quien sea dentro del régimen chavo-madurista, más tiempo para arreglar el entuerto. Quizás repitiendo las elecciones.

Imposible perder de vista que Lula siempre ha sido un defensor pertinaz de Chávez y Maduro. Una de las primeras medidas que adoptó tras su re-elección fue distanciarse de Jair Bolsonaro justamente en el tema de Venezuela. Bolsonaro había roto relaciones con el régimen de Maduro en 2019 y había reconocido al opositor Juan Guaidó como “mandatario encargado” del país.

Aquello es un indicativo de la escasa afinidad que irradia el disgustinho de Lula con el destino de los venezolanos. Es un disgustinho que parece obedecer a otros motivos. Entre ellos, el efecto negativo provocado en las huestes progresistas latinoamericanas. Además, el impacto demoledor en su propio legado.

Esto último incardina con su firme decisión de tomar un rol protagónico en la política regional, y probablemente mundial. En esa línea, Lula necesita desesperadamente una conducta más integradora en todos los frentes que le interesan. Sabe que para jugar en primera división mundial (según su propia experiencia y la propia historia de la política exterior brasileña) debe tener mínimamente ordenado su vecindario. En este marco, el disgustinho es con su amigo por hacer tan mal una triquiñuela.

Es obvio asumir que, para un viejo zorro de la política como él, no se le pasó por la mente la irracionalidad de Maduro de llamar a elecciones sin asegurarse un buen método para la “alquimia electoral”, como suelen llamar los mexicanos a esa vieja práctica de conocer los resultados previamente a la convocatoria.

El experimentado Lula debe haber captado en sus inicios que las aspiraciones de Maduro estaban muy cuesta arriba. Con seguridad la cautela lo llevó a no enviar observadores a la elección presidencial. Sin embargo, para no perder línea directa con los acontecimientos envió a Caracas a su principal asesor (su alter ego en materias internacionales), Celso Amorim.

En definitiva, es un disgustinho poliédrico. No es sólo con Maduro, sino con él mismo. ¿Cómo pudo equivocarse de manera tan rotunda con un personaje secundario y manejable?

El disgustinho se ha acrecentado también porque las últimas maniobras de Maduro han deteriorado todo lo imaginable para Lula. Lo más probable es que el progresismo latinoamericano con escasas excepciones esté muy disgustado en este minuto con un personaje tan descarriado. La narrativa bolivariana se ha vuelto muy difícil de asimilar. La expulsión de ocho millones de ciudadanos y el colapso de la economía hace casi imposible la tarea de solidarizarse con esa causa. Demasiados costos mediáticos.

Sin embargo, mirado con objetividad no se trata sólo de eso. Las desopilantes ideas que nutren al chavo-madurismo han ido acrecentado las críticas entre sus simpatizantes estos últimos años. Es evidente que sólo Fidel Castro estuvo en condiciones de interpretarlas adecuadamente. Es de toda lógica asumir que el ascendiente sicológico, la trayectoria miliciana y el bagaje cultural general de Fidel Castro fueron determinantes en el control cubano sobre estos dos caudillos.

Pero, del mismo modo, es evidente que Lula no está en las mismas condiciones. Carece del manejo sicológico sobre sus contertulios, no tiene la trayectoria guerrillera ni posee background pertinente. Sencillamente se equivocó con ambos. Y con Maduro se metió en un embrollo del que difícilmente saldrá indemne. 

El disgustinho de Lula, y las dudas acerca de cuánto puede cambiar realmente el escenario venezolano tienen que ver en definitiva con el estofado de ideas disparatadas de Maduro. Sus ingredientes -la teología de la liberación, cristianismo de base, aforismos marxistas, alucinaciones con el cacique Guaicaipurú y especulaciones sobre Bolívar- lo hacen indigerible para tirios y troyanos. Las posibilidades de cambio se circunscriben en realidad a las pruebas de fuerza que puedan desatarse de ahora en adelante.

Académico de la Universidad Central e investigador de la ANEPE.

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