Trece años. Es el lapso que el estancamiento económico en Chile se apronta a cumplir al cierre de 2026. Es un período ya demasiado largo en el que el país ha crecido por debajo del promedio mundial y también por debajo del crecimiento de varios países de la región.
Las consecuencias no se han demorado en producirse y no son buenas noticias. Nuestro PIB per cápita (medido por paridad de poder adquisitivo) pasó de ser el primero en América Latina al tercer lugar, detrás de los de Uruguay y Panamá. No debería dejarnos impávidos la brecha que tenemos ahora con el primero: el PIB per cápita de Uruguay es de $41.405, mientras que el de Chile se sitúa US$6.768 más abajo. Al ritmo de nuestro modesto crecimiento tendencial nos tomaría por lo menos seis años alcanzar el nivel de riqueza del país oriental.
Estas comparaciones muestran que avanzamos a paso de tortuga hacia el desarrollo comparados con nuestros vecinos más aventajados -y también con los mejores “30 años” de nuestra historia. Y, no podría ser de otra manera, se expresan crudamente en la vida cotidiana de los chilenos. El bienestar ha comenzado a flaquear para no pocos ciudadanos y las expectativas de los jóvenes respecto a un futuro mejor que el de sus padres se ha deteriorado significativamente. El elevado desempleo que campea en ese grupo de compatriotas -y también en el de las mujeres- es el resultado más dramático de una economía que no ha podido alzar el vuelo ya por más de una década.
¿Ha sobrevenido una severa recesión mundial que explicaría el pobre desempeño de la economía chilena durante un tiempo tan prolongado? Nada de eso. La enorme disrupción que la pandemia causó en 2020 fue resuelta con sorprendente rapidez y eficacia por la mayoría de los países en el mundo, incluido el nuestro. Y, aunque dejó secuelas macroeconómicas no menores, no podría atribuirse a esa inédita turbulencia el estancamiento secular que nos aflige por tanto tiempo.
Definitivamente la causa no vino de afuera, sino que se encuentra aquí entre nosotros, ampliamente difundida en el sistema político que, desde la reforma tributaria de 2014 en adelante, sin perder el paso, ha venido saboteando el proceso de modernización capitalista que puso al país a las puertas del desarrollo. Se llegó al paroxismo político de proponer -la nueva izquierda y el progresismo fueron sus impulsores- una refundación en toda la línea de la que era en su momento la nación más próspera y exitosa de América Latina. Cuando parecía que avanzábamos raudos al desarrollo, de pronto asomó en lontananza el precipicio institucional a cuyos bordes nos acercamos peligrosamente.
Los cultores del estancamiento no han desaparecido ni mucho menos. Su rechazo al proceso de modernización sigue intacto. “El crecimiento se lo llevan los ricos” es la nueva consigna que enarbolan cuando el gobierno intenta reencender sus motores.
El filósofo y escritor francés Régis Debray escribió en 1981 que “una idea no es eficaz porque ella sea verdadera, sino por ser creída como tal”. No es importante entonces la invalidez de una idea, sino que una mayoría la crea cierta, como se creyó en la noción de la “constitución tramposa” que condujo a una masiva votación en favor del reemplazo de nuestra Carta Fundamental en octubre de 2020. Si una mayoría de los chilenos se lo creyera -que el crecimiento solo les llega a los ricos- no será fácil superar el estancamiento, incluso después de la aprobación del proyecto de Ley de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social en el Parlamento. Es indispensable que sepan de la falacia que encierra esa consigna.

Muy bueno. Es hablar de frente con la verdad y dar la lucha cultural en todos los espacios y siempre, ellos no descansan, nosotros tampoco debemos hacerlo.