Un libro clásico sobre el comienzo de la Primera Guerra Mundial se titula, precisamente Los cañones de agosto (Barcelona, RBA, 2012, con una primera edición en inglés de 1962). Su autora, la prolífica y brillante Barbara W. Tuchman analiza el primer mes de aquel tremendo conflicto bélico que estalló en Europa, y por eso el subtítulo es Treinta y un días de 1914 que cambiaron la faz del mundo.
Este mes se cumplen ciento diez años desde ese acontecimiento, y sin duda es un buen momento para recordar y pensar, leer libros y ver documentales, así como analizar aquella guerra que cambió la historia de Europa y del mundo para siempre. Después del asesinato del príncipe heredero del Imperio Austro-Húngaro Francisco Fernando y de su mujer Sofía, rápidamente comenzaron los movimientos de las distintas potencias, que cruzaron demandas, advertencias y ultimátums, que tendían a fortalecer las alianzas y consolidar enemistades. De esta manera Alemania, el Imperio Austro-Húngaro y el Imperio Otomano se enfrentaron a Francia, el Imperio Ruso, el Imperio Británico e Italia, a quienes se sumaría posteriormente Estados Unidos de Norteamérica. Por cierto, hubo también otros países que se comprometieron con uno u otro bando, lo que hizo que la crisis adquiriera dimensiones insospechadas.
Originalmente, a este conflicto bélico se le llamaba la Gran Guerra o Guerra Mundial, pero con el estallido de la guerra de 1939, la de 1914 pasó a ser la Primera Guerra Mundial y la que inició Hitler fue la Segunda. Lo anterior, sin duda, era una verdadera locura en términos humanos, considerando los daños personales y materiales que significó el drama de 1914, donde millones de personas asistieron a luchar en la convicción de que nunca más habría guerras. ¡Qué lejos estaban de la realidad!, como se probaría solo un par de décadas después, cuando numerosos hijos de los combatientes partieron al frente de batalla como antes lo hicieran sus padres.
Suele recordarse la batalla del Somme –terrible y difícil de explicar–, por lo costosa y dramática que fue y muchos piensan que el primer día de ese enfrentamiento de 1916 fue el más sangriento del conflicto. Sin embargo, como recuerda Max Hastings en 1914. El año de la catástrofe (Barcelona, Crítica, 2013), fueron precisamente los primeros cinco meses de la guerra los más destructivos y que tuvieron más bajas, entre heridos y fallecidos. Con todo, el tema es más profundo: en los cuatro años y tres meses que duró la guerra se calcula que hubo cerca de diez millones de muertos y casi el doble de heridos. Además existieron víctimas del mundo civil e incontables daños materiales.
Por cierto, también hubo consecuencias en otros planos, de carácter político. Para empezar, se produjo el fin de algunos de los grandes imperios históricos, como eran los casos del Austro-Húngaro, el Otomano y el de los Zares, en Rusia. Las consecuencias de ello fueron abundantes y en algunos casos, desastrosas, con manifestaciones que iban desde lo político a lo geográfico, además de las dimensiones culturales del cambio histórico. No es posible detenerse en cada caso, pero el triunfo de la Revolución Bolchevique en octubre de 1917 es una consecuencia impensada de la Guerra Mundial y sin duda marcó el siglo XX, tras el establecimiento del primer régimen comunista de la historia.
El final de la guerra también dejó abiertos muchos conflictos. No cabe duda que el Tratado de Versalles, mirado retrospectivamente, tenía los gérmenes de un potencial quiebre futuro. En este sentido, fue interpretado más por su dimensión de venganza que por la justicia que pretendía representar. Por lo mismo, se puede decir que las secuelas de la Primera Guerra Mundial se extendieron mucho más allá de los límites de su duración. Así lo prueban los regímenes políticos de la posguerra y el nuevo mapa de las naciones que se instaló a partir de 1918. Todo ello generaba nostalgias y contradicciones, especialmente por ese pasado que se añoraba y que –así lo sabrían los europeos– nunca volvería.
Las páginas del libro El mundo de Ayer (Barcelona, Acantilado, 2006), de Stefan Zweig, no solo están escritas con pasión y dolor –además de una brillantez admirable–, sino que representan una apasionante lectura sobre aquella historia de Europa que se fue para siempre. La obra avanza de manera rápida y permite conocer ese continente que era todo cultura e historia. Zweig reconoce una sensación dominante en los años previos al conflicto: era el ambiente de seguridad que parecía representar el Imperio Austro Húngaro, prácticamente inmutable. La situación cambió radicalmente con la guerra y pronto se verían transformaciones profundas en los más diversos ámbitos.
Como suele ocurrir en este tipo de sucesos, el asunto es complejo y requiere una revisión profunda. Al cumplirse ciento diez años del estallido de la Guerra Mundial me parece que es necesario volver a dicho conflicto internacional e intentar conocerlo y comprenderlo de la mejor manera posible. Después de todo, la historia tiene cierto carácter pedagógico y puede enseñarnos con claridad aquello que hay que fortalecer y lo que es necesario evitar, aunque la generación siguiente volviera a equivocarse de manera tan clara, dramática y mortal. Nosotros, los herederos del siglo XXI, hemos visto correr demasiada agua bajo el puente –y demasiada sangre bajo el cielo– y es probable que lo que hemos aprendido con dolor logre darnos alguna lección que logre ser aprobada con grandeza y proyectada con humildad y paz, con un profundo sentido humano y la conciencia de que es necesario cumplir con nuestro deber.

Es difícil que se aprueben lecciones con grandeza en un mundo que en los siglos XX y XXI observa que el comunismo no trepida en esclavizar a pueblos completos en aras de mantener cúpulas de poder.
Concuerdo con Alejandro San Francisco en la conveniencia de repasar los orígenes de la guerra que se suponía pondría fin a todas las guerras. La historia no se repite pero, a menudo, hay causas que sí presentan similares características y que debieran alertar a los estadistas respecto a la alta probabilidad de otro conflicto más destructivo que los anteriores, a fin de que limiten sus demandas. Son los maximalistas el mayor peligro, tanto en lo internacionl como en lo interno.