I
La secuencia de elecciones presidenciales en América Latina ha continuado en los últimos meses en Perú y Colombia, culminando paralelamente en procesos de segunda vuelta, con resultados muy estrechos. Las interpretaciones que se pueden hacer sobre ellos configuran, junto a otros anteriores, un nuevo cuadro en la realidad latinoamericana, más parecido a la realidad de los tiempos de la Guerra Fría, que a la que predominaba hace poco más de una década.
Para explicar lo ocurrido en estos países, es fácil encontrar argumentos coyunturales. En Perú, basta con anotar la muy baja distancia (50,11% y 49,88%) o el hecho de que la mayoría de Fujimori proviene de electores que votan en el exterior para cuestionar su relevancia. En Colombia, en cambio, el Presidente Petro continúa alegando fraude y compra de votos, mientras sus adversarios (y algunos de sus partidarios) culpan a la agitación creada por él de la derrota (“el voto de derecha no es contra el Pacto Histórico; es contra Petro” alegan no pocos comentaristas)
Con elecciones tan estrechas todo argumento tiene algo de real. Pero la verdad es que, después de lo ocurrido en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y algunos países centroamericanos en los últimos dos años, no hay duda de que la correlación de fuerzas en la escena de esta región ha cambiado en favor de la derecha de manera importante.
II
Varios días después de concluida la votación de la segunda vuelta de la elección presidencial en Perú, la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE) está lista para entregar sus resultados a la Junta Nacional Electoral, que, a su vez debe proclamar un resultado final, declarando electa a Keiko Fujimori Higuchi como Presidente del Perú. La votación en segunda vuelta tuvo lugar el 7 de junio, hace casi tres semanas, pero la definición fue tan estrecha que fue necesario esperar la llegada, primero, de las actas de algunas meses alejadas y luego, de las valijas diplomáticas que traían las actas de votación de los peruanos que sufragaron en el exterior. Mientras ello ocurría, el 98% de las mesas ya estaban escrutadas, pero los datos que faltaban por contar favorecían cada hora a uno y otro candidato, con cifras que apenas indicaban diferencias de pocos cientos de votos, del total de más de 18 millones de ciudadanos que concurrieron a votar.
Ya con el 99,8 % del escrutinio, Fujimori queda con 50,11% de los votos válidos y su rival, Roberto Sánchez tiene el 49,8% y eso es más de lo que quedaba por contar. Por lo tanto, rechazada ya la demanda de Sánchez de anular el voto del exterior, la proclamación de Keiko Fujimori es ya inminente. Era su quinta postulación en 15 años, en todas las elecciones desde 2011 y la última vez había perdido por menos de un 1% de los votos.
Es importante tener en cuenta que en la primera vuelta hubo siete candidatos y todos ellos obtuvieron cantidades interesantes de votos, lo cual da cuenta de la división política que ha aquejado al Perú en los últimos años. Porque a pesar de la masiva votación de primera vuelta, en un país en que el voto es obligatorio, mucha gente permanece alejada de la elección de Presidente: la suma de los votos de Fujimori y Sánchez es apenas el 29% de los emitidos; y los votos nulos y blancos fueron la opción de un 12% de los que fueron a votar.
Además, los estrechos resultados y denuncias no aseguran una transición muy tranquila. Sánchez ya ha anunciado su rechazo a cualquier proclamación que incluya los votos del exterior y podría intentar resistirla en las calles, aunque sus partidarios no están muy unidos al respecto. La reaparición por la izquierda, al lado de Sánchez, de Antauro Humala, hermano del ex Presidente, conocido personaje populista y violentista, condenado hace pocos años por subversión y en libertad desde 2022, augura una movilización de izquierda que podría no ser pacífica.
Problemático también podría ser, el clima que siga a la proclamación de Fujimori. En este proceso electoral también se eligió un nuevo Congreso, que ha dejado de ser unilateral y tendrá nuevamente un Senado, además de la Cámara de Diputados. Fuerza Popular, de Keiko Fujimori, tiene ahora un buen número de senadores y diputados, aunque no suficientes para una completa mayoría, incluso teniendo el apoyo inicial de la extrema derecha de Rafael López-Aliaga, el tercer candidato, del que fue apenas superado por Sánchez en la primera vuelta; además de la buena voluntad del Partido del Buen Gobierno, de centroderecha. Pero esas no son fuerzas propias, sino que se requiere forjar acuerdos. De lo contrario, la inestabilidad que ha vivido el Perú en los años podría prolongarse.
III
La segunda vuelta de Colombia prometía menos suspenso. La elección del 31 de mayo ya había vivido una sorpresa, cuando el candidato de oposición, Abelardo de la Espriella, alcanzó en esa votación una diferencia a su favor de más de 600.000 votos, un 43,74%, contra el candidato oficialista, Iván Cepeda quien, a pesar de ser favorito en las encuestas hasta el mismo día de la elección, obtuvo sólo un 40,9%. Además, las declaraciones de los candidatos con más de un millón de votos, Paloma Valencia y Sergio Fajardo, la primera apoyando a De La Espriella y el segundo sin definiciones, unidos al hecho de que la segunda vuelta era apenas tres semanas después de la primera, parecían asegurar una mayor victoria a de la Espriella. El extremismo de sus propuestas y sus amenazas a la oposición pueden haber motivado a muchos en el centro a no votar por él. Con un número similar de electores en segunda vuelta, su mayoría se volvió más exigua, apenas alrededor de 200.000 votos, un 1%.
El candidato vencedor tomó nota del aviso y, del tono excesivamente agresivo de su campaña, cambió a uno mucho más conciliador, que incluyó los derechos humanos, la protección de la naturaleza, la superación de la desigualdad, prevenir y enfrentar la violencia armada y hasta a superar “el falso debate entre paz y seguridad”, reconociendo además los derechos del campesinado y los pueblos étnicos, todo ello en un país que ahora aceptó como dividido.
El Pacto Histórico de la izquierda no reconoció el resultado del conteo rápido, por ser la diferencia de votos menor al 1%. Votos en blanco, nulos y no marcados superaron los 675.000 sufragios de diferencia en segunda vuelta, la misma cifra obtenida en la primera. Pero cuando Iván Cepeda declaró que reconoce el triunfo de De La Espriella, anunció su decisión de no presentar más reclamos electorales. Desde luego, el vencedor señaló que su mayoría debía ser respetada; y Cepeda declaró que su oposición no daría “cheques en blanco”. Pero el clima de armonía que había primado durante las votaciones, y que pude presenciar personalmente como observador en la primera vuelta, puede volver a reinar.
El tema más complejo sigue siendo la postura del Presidente Gustavo Petro, quien aún se niega a reconocer los resultados del domingo pasado e insiste en que seguirá cuestionando los escrutinios. Esta discrepancia tiene base en la actitud dura que mantuvo el Presidente durante toda la campaña, denunciando intentos de fraude a cada paso, cuestionando también a la empresa que realizó el conteo rápido y reservando la posibilidad de mantener esas denuncias. Pero también preludia la mantención de una oposición más dura contra el nuevo gobierno, encabezada por el Presidente saliente.
IV
Otros países de América del Sur, como Chile, Ecuador y Argentina, han vivido procesos similares, con segundas vueltas, aunque con resultados menos estrechos; pero también en ellos la radicalización del mundo político se ha extendido a los electorados, donde los términos medios o las posiciones de centro se han reducido a un mínimo, dejando un amplio espacio a la confrontación y la inestabilidad. En un número de países, la mayoría de los gobiernos parece estar en esa posición, aunque no todos tienen las mismas posturas y lo mismo ocurre con las fuerzas de izquierda; las hay de naturaleza más tradicional y más radical; y las que han dominado la escena en los tiempos más recientes son la izquierda y la derecha radical.
Por eso el término “polarización”, que definen como una consigna equivoca, es tan adecuada para describir la realidad de nuestra región. Ayer lo más extremo que existía en la política de Colombia, era el Centro Democrático de Álvaro Uribe. Hoy es superado por Abelardo de la Espriella, que gana el gobierno desde la derecha extrema. Como en Chile los Republicanos de Kast consiguen poner a su líder en un gobierno en el cual están las fuerzas de Chile Vamos, pero se ven subordinadas por la derecha extrema. Y en la izquierda existen también fenómenos similares, que buscan superar y subordinar al centro democrático y la izquierda democrática. Que la centroderecha se vea dominado por la ultraderecha y ocurra lo mismo en la izquierda democrática a manos de una ultraizquierda, es el verdadero riesgo de la democracia.
