Credit: Pixabay

La pasión por la lectura no es una cuestión heredable, ni fácilmente transmitible. A pesar de eso, es evidente que hay circunstancias que favorecen la lectura y el amor por la literatura y los libros. En esta línea, aparecen especialmente aquellos profesores influyentes, que son capaces de transmitir con entusiasmo su propia pasión por un autor o una obra; muchas veces los padres o los abuelos son los primeros en animar a los hijos o nietos, por haberles leído cuando niños o bien por un regalo o un comentario específico; finalmente, también puede ser un amigo, que nos presta una obra tras comentar el gusto que tuvo por haberla leído. En lo personal, reconozco también la influencia de los comentarios literarios o la recomendación de algún escritor o académico. No obstante, es preciso reconocer que las cosas han ido cambiando y que estas experiencias son excepcionales.

Esta semana los libros nuevamente han estado en el primer plano, por el 23 de abril, día del Libro y la Lectura. Hay más ferias, comentarios, recomendaciones y otras formas de difusión, pero es necesario reconocer una cosa; la situación actual es todavía muy difícil, sea por los cambios en la enseñanza, la proliferación de las redes sociales –más propicias para las imágenes o las lecturas breves– o sencillamente porque hoy leer libros parece cosa de otro tiempo. Por eso, las conmemoraciones parecen efímeras y poco convincentes. La verdad es que resulta difícil pensar en un Chile donde la gente mayoritariamente lea varios libros al año, y que pueda comentarlos eventualmente: más todavía, que disfrute con un libro, que se apasione, difunda una obra y forme parte de ese amplio “club de lectores” que todavía sobrevive a pesar de las circunstancias de la vida y los cambios de los tiempos.

Cuesta explicar en estos tiempos lo que significó para Agustín de Hipona haber leído el Hortensio, de Cicerón: “Semejante libro cambió mis afectos y mudó hacia ti, Señor, mis súplicas e hizo que mis votos y deseos fueran otros. Entonces deseé poseer la sabiduría total”. Es decir, la lectura de un libro fue, entre otras cosas, un factor de conversión de una de las figuras intelectuales más importantes de Occidente. O imaginar lo que implicó para Mario Vargas Llosa haberse sumergido en Los Miserables, de Victor Hugo, en años de contradicciones y dolores de juventud: “hizo que mi vida fuera menos miserable”, aseguró años más tarde el escritor peruano. Hace algunas décadas, un querido profesor me regaló La hora 25, de Virgil Gheorghiu. En su dedicatoria, el inolvidable Luis Flores –fallecido prematuramente– escribió: “Espero que la magnitud de este libro te haga crecer como lo hizo conmigo”. Lo leí muchos años después y no logro transmitir lo que significó para mí esa lectura, de uno de los mejores libros que he leído en la vida, de un autor desconocido, aunque gigante.

Aunque no es el primero de los problemas sociales, me parece que promover la lectura es algo muy valioso en los niveles más diversos. Por lo mismo, no puede ser indiferente que en tercero o cuarto básico haya tantos niños que todavía no saben leer adecuadamente; que en los establecimientos educacionales la lectura no tenga la dimensión que exige su importancia; que en el ámbito público y político muchas veces existan resoluciones burocráticas más que una transmisión clara sobre cómo abordar la lectura, promover ciertas obras fundamentales, leídas y comentadas con interés, con magnanimidad y conocimientos profundos. Esto no se va a lograr de manera formalista o aislada, en forma de currículo educacional bien o mal pensado, en medio de un sistema donde valga más la burocracia que el contenido profundo. No va por ahí la cosa.

Los profesores y los estudiantes debemos pasar de la indiferencia a marcar la diferencia. Es lo que hizo la maestra Gabriela Mistral (Lucila Godoy) con el joven Pablo Neruda (Neftalí Reyes), a quien le recomendaba y prestaba libros en el Liceo de Temuco. Es verdad, eran dos genios. Pero hacer algo análogo, dentro de nuestras posibilidades, no sólo es posible, sino también es necesario y urgente. Debe comenzar desde temprano, en esa etapa fundamental que muchas veces se minusvalora, incluso antes de ingresar a primero básico. Es preciso que seamos más creativos y resueltos, para que ningún niño deje de aprender a leer y a escribir como corresponde. Más adelante es preciso transmitir a los autores y lecturas con pasión y genuina convicción sobre la importancia que tiene leer un buen libro, conocer una gran historia o descubrir algunos personajes inolvidables.

Leer no es, ni de lejos, lo más importante que podemos hacer en la vida. Sin embargo, me parece que es muy valioso, es una cuestión fundamental, que comienza con “aprender a leer”, en un mundo que felizmente ha ido dejando atrás el analfabetismo. Después viene conocer y disfrutar historias, como esas que nos leyeron cuando niños. Finalmente, existe la autonomía personal, para definir gustos, lecturas específicas, áreas del conocimiento y otras formas de acercarse a la literatura. La enseñanza formal puede contribuir o desalentar este gusto literario.

La pasión por la lectura no sólo nos lleva a leer, sino también a promover los libros y autores, a multiplicar una actividad que tiene valor y color, que nos permite vivir otras historias y vidas, transportarnos en el tiempo y el espacio. Esto ocurre porque, a la larga, la lectura de buenos libros no solo es un gusto personal, sino que tiene un gran valor social. En el mundo hay idiomas que se hablan en un solo país o poco más, y tienen desarrollada ampliamente la escritura, con brillantes novelistas y poetas, editoriales y lectores (entre ellos Hungría, Suecia, República Checa y otras naciones). La literatura en español también tiene grandes cultores, como ocurre también en otros países y lenguas.

Un libro nos puede llevar a desear “poseer la sabiduría total”, nos puede permitir que nuestra vida “sea menos miserable” y nos puede “hacer crecer” como lo ha hecho antes con otras personas. O, simplemente, nos puede llevar a disfrutar algunas horas, conocer algún nuevo autor o compartir una buena conversación con los amigos. Todo gracias a un libro, una lectura, una historia digna de conocer. Una maravilla, a la que ojalá muchos puedan acercarse.

Académico Universidad de Tarapacá y coautor de Historia de Chile 1960-2010 (Universidad San Sebastián)

Participa en la conversación

3 Comments

  1. Gran comentario para un excelente líder de un club de lectura q transmite el amor por los libros, la historia y la cultura como pocos. Gracias!

  2. Muy buena columna. Pone de manifiesto la necesidad de la lectura en la formación de la niñez y las personas. El péndulo de la historia parece que ha cambiado su sentido porque las sociedades han empezado a apreciar la importancia de la lectura, por ejemplo Suecia. Un artículo de la Deutsche Welle (DW News) publica que Suecia está revirtiendo la digitalización educativa, priorizando libros físicos, escritura a mano y reduciendo el uso de pantallas en las aulas. Tras años de alta digitalización, el país busca mejorar los niveles de comprensión lectora y frenar la caída en el rendimiento académico. Es de esperar que Chile aproveche el momento y no sólo promueva el dominio de la IA, porque sin razonamiento humano seremos esclavos de la IA.

Deja un comentario
Debes ser miembro Red Líbero para poder comentar. Inicia sesión o hazte miembro aquí.